En las últimas semanas, los llamados “Therians” se han convertido en tema recurrente de discusión en redes sociales. Creadores de contenido nacionales como Pandora y Darwin Mesén han abordado el fenómeno, algunos burlándose (el tema lo amerita) y otros desde la preocupación por las implicaciones culturales que podría tener esta tendencia, vinculada completamente progresismo y a la agenda woke.
Directo al punto. El wokismo es una corriente ideológica que afirma luchar contra distintas “injusticias sociales”, racismo, desigualdad de género y derechos de la comunidad LGBTI. Bajo su lógica, la identidad deja de estar anclada a la realidad biológica o a parámetros objetivos y pasa a depender exclusivamente de la autopercepción individual. Así, se normaliza que un hombre se autoperciba mujer, que un adulto afirme tener la edad de un niño, o que una persona sostenga que su identidad es la de un animal, exigiendo que la sociedad valide y adopte esa percepción sin cuestionamientos.
En ese contexto surgen los llamados “Therians”, personas que aseguran identificarse parcial o totalmente como animales no humanos. La pregunta no es solo qué significa esto a nivel individual, sino qué consecuencias culturales y sociales puede traer cuando se busca su validación institucional.
No se trata de caricaturizar el debate, sino de advertir una tendencia que para muchos puede pasar desapercibida. Si la identidad se convierte en un terreno sin límites, donde cualquier autopercepción exige reconocimiento legal y social inmediato, la convivencia se vuelve frágil. Lo que hoy parece un chiste puede mañana convertirse en anécdota. Tiempos fáciles crean hombres débiles, y los hombres débiles crean tiempos difíciles.
Resulta obvio que sectores de la Asamblea Legislativa asuman la defensa de estas corrientes bajo el argumento de la “inclusión”, el Frente Amplio ha impulsado en el pasado iniciativas alineadas con la agenda progresista internacional: propuestas sobre cambios de identidad de género en menores, posturas contrarias a reformas como la Ley 4×3, posiciones polémicas en materia penal oponiéndose a proyectos como penas más severas ante el sicariato con discursos de “derechos humandos” y afinidades ideológicas con regímenes como el de Nicolás Maduro. Para muchos ciudadanos, estos antecedentes no son hechos aislados, sino parte de una visión de sociedad que pretende destruir conceptos conservadores y liberales básicos como familia, autoridad, propiedad privada, biología humana y falta de sentido común.
El problema de fondo no es la burla fácil ni la exageración. Es la progresiva normalización de planteamientos que distorsionan los límites entre realidad y subjetividad. Cuando todo es identidad y nada es naturaleza, la sociedad pierde referentes comunes. Y sin la defensa de nuestra cultura y los referentes comunes, el pensamiento racional y crítico se debilita.
Imaginemos una escena cotidiana en el Parque Metropolitano La Sabana: familias compartiendo, niños jugando, abuelos conversando. De pronto, varias personas caminan en cuatro patas con máscaras de animales, exigiendo reconocimiento como tales. Más allá de la anécdota, la pregunta es legítima: ¿qué mensaje recibe un niño frente a esa escena? ¿Qué marco de comprensión se le ofrece cuando la lógica y la biología se presentan como meras opiniones?
La verdadera batalla cultural
Lo que vivimos no es un debate superficial en redes sociales; es una batalla cultural profunda. Una confrontación entre dos visiones de mundo: una que sostiene que la verdad, la naturaleza humana y la familia son pilares objetivos que deben protegerse; y otra que afirma que toda estructura puede deconstruirse en nombre de la autonomía y auto percepción individual. Esta disputa no se libra solo en el ámbito político, sino en las aulas, en los medios de comunicación, en las leyes y en la conversación cotidiana.
Quienes creemos en la dignidad humana anclada en la realidad, en la familia como núcleo de la sociedad y en el sentido común como guía mínima de convivencia, no podemos permanecer indiferentes. La batalla cultural hoy debe estar más presente que nunca.
Un llamado final
Costa Rica enfrenta desafíos enormes: seguridad, empleo, educación… En medio de esas urgencias, no podemos permitir que la confusión ideológica sustituya el debate serio sobre el bien común. Defender principios no es odiar, es defender a nuestra nación y nuestros valores.
Que nuestras decisiones públicas estén guiadas por la prudencia, la verdad y la valentía. Y que pongamos el futuro de nuestra nación en manos de Dios, pidiendo sabiduría para discernir y firmeza para defender aquello que ha sostenido a nuestro país por generaciones: fe, patria, familia y libertad.