
Sumba es una isla pequeña en el Océano Pacífico, que pertenece a la República de Indonesia, cuya tradición; muy frecuente, son las carreras de caballos, cuyos jinetes de seguro, únicos en todo el mundo; son unos niños de escasos cuatro años, quienes conviven con unos caballos criollos salvajes que aman y montan a pelo, sin vestir los uniformes de rígor, solamente están abrigados con unas prendas livianas y un trapo de tela que les protege los ojos del polvo de las pistas, algo empíricas. Nacen con una habilidad digna de nota en la conducción de los corceles, los cuales brincan sin la ayuda de unas tablas sobre los Pick Up que los transportan al “Hipódromo”.
Los jinetes en miniatura compiten sin ser explotados y menos obligados por los adultos, simplemente montan por el gusto de ganar; cuando lo logran, nada fácil.
El contraste del evento y por ende la novedad consiste en la aplicación de un partidor automático moderno de donde arrancan los competidores, además de una ambulancia siempre disponible para cualquier emergencia. Los caballos, antes de correr, son pesados, medidos en sus alzadas y; conforme al control de las edades, debidamente registrados en un libro.
Pese a estar prohibidas las apuestas corren y; los jinetes ganadores reciben un dinerillo para ayudar a sus familias, las cuales con mucho cariño los alimentan, los abrigan y los cuidan a tal punto de que una curandera, pues el médico es muy caro, les da masajes después de las carreras, en definitiva y; en buen tico, los “chinean”. La escuela es obligatoria y los educandos acuden, felices, también por el hecho, de que los docentes no los castigan y los consienten, jugando en los recreos con ellos, lo mismo que sus madres con quienes juegan la mejenga en el barro.
A nadie cabe la menor duda de que los infantes son felices, lo mismo que nosotros, gracias a un excelente documental de la televisión Alemana, sin fines comerciales además de propagandísticos. Reiteramos nuestra felicidad, porque, aunque sea por un tiempo muy breve, volvimos a ser “humanos”.
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