Sobre la «ideología de género» y demás disparates conservadores

  • Por Ariel Mata-Williams - Analista político

Palabras y frases como «ideología de género», «marxismo cultural», «cristianofobia», «heterofobia», «feminazi», entre otras, son comunes en el repertorio discursivo de una persona conservadora. La mayoría corresponden a una falacia conocida como strawman u hombre de paja. Esta consiste en tergiversar la postura contraria, para de esa forma debatir contra una versión caricaturizada de esta. Un ejemplo de strawman es el siguiente:

A: Pienso que los horarios de trabajo deberían ser más cortos.

B (refutación falaz): Fomentar la vagancia en las personas, es perjudicial.

Tal como se puede apreciar, hay una exageración de la premisa inicial. Yo puedo considerar que trabajar de 8 a 12 horas es demasiado extenso y eso no implica que sea una persona vaga. En Alemania, el promedio de trabajo es de 5,2 horas al día según OCDE y su productividad es elevada, mientras que México es el país que labora más horas en promedio con 8.6 horas al día y su productividad está estancada. Por tanto, la refutación poco se ajusta al primer enunciado.

Igual sucede con la mayoría de los «argumentos» conservadores. Son hombres de paja hechos para no tener que lidiar con cuestiones teórico-empíricas más complejas. El concepto de marxismo cultural, por ejemplo, originalmente era un término que se acuñó para hacer referencia a los estudios académicos de la Escuela de Frankfurt de la década de los 30. Frankfurt le daba un importante lugar a la cultura dentro del análisis político marxista y de allí el nombre. No obstante, en la actualidad, este término se ha transformado en una teoría conspirativa que aduce que una fuerza amorfa y maléfica busca un nuevo orden mundial. Los valores e instituciones tradicionales son el objetivo a destruir por estas «fuerzas neomarxistas». En algunas ocasiones este conspiracionismo lleva a los ultraderechistas a incluir a los judíos como «titiriteros» del maléfico movimiento que amenaza la sociedad occidental.

Lo anterior es un hombre de paja ideal, pues difícilmente una persona conservadora irá a leer a Adorno, Marcusse, Habermas o al mismo Gramsci en sus seis tomos de los Cuadernos de la Cárcel. Es más sencillo repetir lo que dice una infografía de Agustín Laje que leer a tus oponentes para cuestionarlos con criterio. Igual sucede con términos como «ideología de género» o «feminazi». ¿Qué es más sencillo? Analizar a Foucault, Laclau, Chantal Mouffe, Judith Butler, Simone de Beauvoir, entre otros autores y autoras feministas y/o neomarxistas (e incluso a autores liberales como Martha Nussbaum y Amarya Sen), o reducirlo todo a una conspiración maligna, para tener un oponente más sencillo de combatir? Evidentemente lo segundo representa menos esfuerzo.

Es más fácil descalificar al feminismo y decir que «las anteriores olas de feminismo eran mejores, porque no defendían privilegios», que sentarse a leer historia y observar que aún en la primera ola del feminismo existía el término «feminazi» (les decían suffragette para descalificarlas), y que la oposición a los derechos femeninos repetía las mismas cantaletas actuales. Es decir, quienes estaban en contra de los derechos de la mujer apelaban al orden natural, también las descalificaban diciendo que defendían «privilegios», etc. La segunda ola que trascendió el ámbito electoral y se extendió a los planos cotidiano, sexual, afectivo, laboral y familiar también fue combatida con los mismos alegatos trillados. La constante histórica es que hombre de paja ahorra todo ese trabajo de análisis y permite reproducir premisas sencillas y pegadizas.

Es importante aclarar que no hay fobia generalizada a los grupos históricamente dominantes (personas blancas, heterosexuales, cristianos), eso sería absurdo. Lo que hay es una respuesta generalizada de sectores que habían estado bajo el zapato y que ahora tienen la posibilidad de ser escuchados. No es que ahora “todo es machismo», es que las conductas machistas siempre han existido, pero antes, si una mujer protestaba recibía «sopa de muñeca». No es que ahora se «presuma de la diversidad»; siempre han existido personas diversas, solo que antes la sociedad era más cerrada a esos temas y se tenían que esconder.

En lo único que le doy quizá un poco de crédito a los conspiranoicos, -sin que me deje de parecer exagerado el tono en que lo afirman- es cuando dicen que queremos subvertir el orden dominante. Ahí con toda sinceridad (y algo de cinismo) digo que tienen razón. La hegemonía conservadora es el oponente, pero querer instaurar una nueva hegemonía (consenso colectivo sobre el funcionamiento del Estado) no es malo. Los liberales, socialcristianos, socialdemócratas e inclusive los mismos conservadores lo hacen también. Todos y todas luchamos en el terreno de las ideas para que nuestras visiones ganen aceptación. Lo político consiste en buscar un orden más acorde a nuestras ideas. Sino no existirían partidos políticos. Por algo David Easton definió la política como la asignación arbitraria de valores. No obstante, este antagonismo no es malo, en ello consiste la democracia. Un sistema en que no exista el disenso generalmente marca el camino al autoritarismo.

Finalmente, es importante señalar que un orden inclusivo para las minorías no tiene porqué ser excluyente del derecho de los demás individuos a vivir con sus respectivos valores. Que haya consenso colectivo sobre el respeto a los Derechos Humanos, no implica afectar los derechos de quienes no comparten dichas nociones. Es decir, el individuo A puede ir a la iglesia y el individuo B ser gay; ninguna afecta a la otra, y en cuanto al tipo de alegatos del conservadurismo, valdría la pena invitar a las personas de este sector del espectro a que los revisen, pues a toda democracia le beneficia que haya debates con argumentos de calidad.

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