El triunfo electoral de Donald Trump sin duda alguna representó un remezón para el mundo. Se trató del triunfo de la antipolítica de la mano de una polémica pero mediática figura que basó su discurso en la intolerancia y el irrespeto a las más elementales formas de la diplomacia, pero también representó el fin de las campañas tradicionales en la política estadounidense.
Para sus fervientes electores, estos primeros días al frente de la mayor potencia global pueden ser de tranquilidad. Para sus críticos, una pesadilla que apenas inicia. Pero más allá de puntos de vista, Donald Trump parece estar haciendo algo atípico para cualquier Presidente tradicional: cumplir sus promesas a un ritmo acelerado.
Pero ciertamente no hay nada de qué sorprenderse y sí mucho de qué preocuparse. Sesenta y dos millones de norteamericanos optaron por un estilo de liderazgo nunca antes visto en un candidato con posibilidades reales de optar por la Presidencia de los Estados Unidos.
Un magnate de bienes raíces que difícilmente podría identificarse con políticas de corte socialista, conquistó a la clase obrera norteamericana con un discurso que apelaba a la disconformidad de los trabajadores con la política. Casi 7 de cada 10 seguidores de Trump dijeron estar inconformes con la forma en que funciona el gobierno y rechazaron de plano el neoliberalismo económico y la apertura de mercados. Nada distinto de lo que sucede con la izquierda chavista latinoamericana o el ascenso de grupos ultraderechistas en Europa, en donde los extremos, como dice el dicho popular, se juntan.
Sin duda estamos ante corrientes populistas de izquierdas y derechas, del norte o del sur que recorren la misma ruta. Se muestran a la ciudadanía bajo estilos particulares de liderazgo y una hábil estrategia de representación y comunicación, lanzándose a la “caza” de una ciudadanía descontenta y desconfiada de las instituciones y sus representantes, de un Estado poco eficiente, de partidos políticos poco o nada articulados, de un sistema de justicia miope que alimenta una sensación de impunidad, de grandes temas nacionales que se abordan solamente de manera tangencial y del temor ante cuestiones estructurales que generan resentimientos y extremismos particularmente vinculados en la actualidad con el empleo y la inmigración.
La exaltación de un líder con absoluto desprecio por la institucionalidad o cualquier cosa que se asemeje al establishment, el menosprecio de cualquier acontecimiento histórico pasado, la utilización vacía y permanente del vocablo “cambio”, una concepción divisionista de la sociedad entre buenos y malos, un proteccionismo económico a ultranza, la búsqueda de culpas más que de soluciones y una alta dosis emotiva antes que racional, son la tónica que escuchamos cada vez con mayor frecuencia.
Pero debemos saber que el populismo y los extremismos no ocurren en el vacío: Son el resultado de debilidades estructurales, de mecanismos de representación obsoletos, del desprestigio de la clase política y de los medios de comunicación, de la pobreza, la inequidad y la corrupción. Son consecuencia del cansancio, de la ineficiencia y sobre todo de la indiferencia de una parte importante de la población que considera que involucrarse en la política es indecoroso.
En algunos casos, el problema se agrava por el permanente temor a tomar decisiones que por ser dolorosas o impopulares, se posponen por años o se dejan en manos de sectores interesados que, forzando la decisión de no tomar decisiones, están de hecho suplantando el poder formal electo popularmente.
Ninguna democracia y mucho menos la nuestra está ajena a estos fenómenos. El ascenso de liderazgos individuales o gremiales que pretenden limitar la discusión política al amparo del descontento de grupos interesados, constituyen una señal de alerta que no podemos ignorar, especialmente en momentos en que las redes sociales se convierten en un mecanismo ideal para la difusión de mensajes que se propagan sin ningún respaldo o comprobación de veracidad.
Definitivamente, sobre advertencia no hay engaño.