Costa Rica enfrenta hoy un reto impostergable: generar empleo, reducir la desigualdad y fortalecer su competitividad. Para lograrlo, el país no necesita inventar nuevas herramientas. Ya cuenta con una de las más valiosas: el Sistema de Banca para el Desarrollo (SBD). El problema no es su existencia, sino la falta de liderazgo para convertirlo en una verdadera política de Estado.
El SBD nació para democratizar el crédito, apoyar a las micro, pequeñas y medianas empresas y fomentar el desarrollo productivo. Su misión era clara: llevar financiamiento y acompañamiento a quienes históricamente han estado excluidos del sistema financiero tradicional. Sin embargo, más de quince años después, su impacto sigue siendo limitado, no por falta de recursos, sino por falta de dirección estratégica.
Los informes de la Contraloría General de la República y de Mideplan han sido contundentes. El SBD presenta una débil supervisión, una deficiente focalización de los recursos, alta concentración del crédito en pocos deudores y elevados niveles de morosidad. La propia Contraloría lo describió con una metáfora elocuente: un sistema de “baldes con fugas”, donde el dinero existe, pero el impacto se pierde.
Cuando el SBD falla, no falla una institución: falla el país. Falla el emprendedor que no logra financiar su idea. Falla la mipyme que no puede crecer. Falla el joven que migra por falta de oportunidades. Falla la región que sigue esperando desarrollo. Sectores estratégicos como la agroindustria, la producción inteligente, la tecnología y el turismo rural pierden dinamismo, mientras regiones como Brunca, Limón y Guanacaste continúan rezagadas.
El SBD debería ser el principal aliado del emprendedor, especialmente del emprendedor rural. No solo financiando, sino acompañando, conectando y fortaleciendo capacidades productivas. Sin embargo, hoy muchos lo perciben como un sistema lejano, complejo y poco sensible a la realidad de quienes quieren producir y generar empleo.
Un SBD bien orientado puede transformar comunidades, impulsar cooperativas, integrar a las mipymes a cadenas de valor y convertir el crédito en una verdadera inversión social con retorno económico. No se trata de repartir dinero, sino de construir desarrollo sostenible.
Por eso, este mensaje es directo para quienes aspiran a gobernar Costa Rica. Administrar el SBD es mantenerlo igual. Liderarlo es transformarlo. Y el país necesita transformación, no inercia.
El próximo gobierno debe asumir el SBD como prioridad nacional, con una reforma estratégica que garantice gobernanza clara, criterios rigurosos de selección, evaluación real de impacto económico y social, y presencia activa en las regiones. No se trata de crear más programas, sino de hacer que el SBD cumpla, por fin, su razón de ser.
Costa Rica no necesita más diagnósticos. Necesita decisiones. Y una de las más urgentes es convertir al Sistema de Banca para el Desarrollo en el motor real del progreso nacional.