En San Vito llevamos más de una década atrapados en un problema que parece no tener fin: el agua. Si no se paga, se corta; si se paga, nunca llega. Es un absurdo que golpea a todos por igual, un tema de nunca acabar que ya no sorprende, pero sí indigna. Desde hace quince años, las familias denuncian cortes constantes y, en los últimos cinco, la crisis se ha profundizado hasta el extremo de que en algunos sectores apenas reciben dos horas de agua al día. No es que falte el recurso, lo que falta es infraestructura, planificación y voluntad.
La Sala Constitucional ha sido clara y ha ordenado al AyA que construya un nuevo acueducto para garantizar el servicio, pero la historia siempre se repite: planes que se anuncian, promesas que se hacen, respuestas que nunca llegan. El propio sindicato del AyA lo ha dicho sin rodeos: agua hay, lo que no hay son tuberías para llevarla. Es decir, el problema no es natural, es humano, es político y es administrativo. Y mientras tanto, la población sigue pagando por un servicio que nunca recibe.
Es cierto que la ley permite cortar el suministro por falta de pago, pero también es cierto que reconoce el agua como un derecho fundamental. Lo ha dicho la Sala IV en resoluciones pasadas: cortar el agua indiscriminadamente es atentar contra la vida misma. Aquí en San Vito, sin embargo, la realidad se impone de la peor manera. Ni el pago asegura el servicio ni los recursos de amparo, que abundan, logran cambiar la historia. Todo queda en papeles, sentencias y promesas, pero la gente sigue cargando baldes, madrugando para llenar tanques, sobreviviendo con lo mínimo.
Este es un círculo vicioso que solo se rompe con inversión seria, con gestión transparente y con una decisión política firme de acabar con la precariedad hídrica que nos condena. San Vito no necesita más discursos ni más excusas, necesita agua en los grifos. Lo que tenemos hoy es un pueblo que paga por nada y que vive sin el recurso más básico, mientras las instituciones se lavan las manos. Y esa es la verdadera tragedia: que el derecho humano al agua se quedó en la teoría, pero aquí en San Vito nunca se hizo realidad.