Rodrigo Chaves Robles pasará a la historia política de Costa Rica como el presidente que sobrevivió a un cerco múltiple, feroz y sostenido, levantado no por una oposición democrática sana, sino por una conjunción de intereses heridos, élites desplazadas, aparatos mediáticos beligerantes y operadores institucionales empeñados en impedir que gobernara. Lo atacaron antes de llegar. Lo atacaron al asumir. Lo atacaron durante cada tramo de su mandato. Lo quisieron desgastar, aislar, desacreditar, inmovilizar y reducir a una anomalía pasajera. ¡Fracasaron!
Y fracasaron de la forma que más duele en política. No solo no lograron destruirlo, sino que lo convirtieron en un fenómeno de resistencia y consolidación. Chaves cierra su mandato con un respaldo del 74,9 por ciento según la encuesta de OPol Consultores de marzo de 2026 (el más alto de su cuatrienio), y con un dato todavía más demoledor para sus adversarios: la continuidad de su fuerza política en el poder. Laura Fernández ganó la Presidencia en primera ronda con el 48,3 por ciento de los votos, y el Partido Pueblo Soberano obtuvo 31 de 57 escaños legislativos, asegurando mayoría absoluta en la Asamblea. Eso no es casualidad ni accidente estadístico. Es una derrota histórica para la casta que pasó cuatro años vendiendo la fantasía de un presidente aislado, acorralado y terminal.
La primera trinchera del asedio fue la “prensa canalla”. Y conviene decirlo sin eufemismos de salón, porque los eufemismos son la cobardía con saco. La Nación, CRHoy y Teletica dejaron de comportarse como prensa fiscalizadora para actuar como actores políticos de desgaste, instalando un marco narrativo según el cual el presidente debía ser leído todos los días como problema, amenaza o anomalía. Cuando el periodismo abandona la vigilancia crítica y asume militancia editorial obsesiva, deja de informar para intentar disciplinar. La maquinaria mediática no actuó sola, la acompañó una Asamblea Legislativa convertida en cabaret de obstrucción con pretensiones republicanas. Comisiones investigadoras para casi todo, escándalos manufacturados, sobreactuación moralista y una incontinencia verbal digna de actores frustrados más que de estadistas. El “Circo de Moras” no mostró la fortaleza del control político, mostró la impotencia de los grandes perdedores de esta nación.
A ese cuadro se sumó el frente institucional, donde la palabra lawfare deja de ser consigna y adquiere interés analítico. Cuando un liderazgo disruptivo irrumpe y amenaza el reparto histórico del poder, ciertos sectores activan todos los dispositivos posibles para someterlo a presión continua, y es aquí donde se judicializa, se administrativiza, se sobrerregula, se normaliza la sospecha y se espera que el cansancio haga el resto. No siempre hay una sala de mando central; a veces basta una convergencia de intereses entre quienes no soportan perder control. Y el efecto terminó siendo el inverso del buscado. Cuanto más intentaban arrinconarlo, más reforzaban en la ciudadanía la percepción de que el presidente enfrentaba no a críticos honestos, sino a una casta rabiosa decidida a impedir que un outsider siguiera desordenando su finca privada.
La gran tragedia de las élites anquilosadas fue su incapacidad para entender el momento político. Creyeron que el país seguía siendo administrable a punta de editorial, comisión especial y sermón tecnocrático. No entendieron que la ciudadanía estaba harta del pacto tácito entre partidos tradicionales, burocracias autorreferenciales y guardianes de una institucionalidad selectiva, complaciente con los de siempre y severa con los que desafiaban el libreto. Chaves leyó ese malestar y lo convirtió en lenguaje político. Lo que ellos llamaban escándalo, muchos ciudadanos lo veían como ataque concertado. Lo que ellos vendían como moralidad pública, mucha gente lo olía como hipocresía vieja, reciclada y perfumada.
Lo más devastador para el relato anti-Chaves es que los números no acompañaron la narrativa apocalíptica. El FMI afirmó en 2025 que Costa Rica había logrado un progreso económico notable: crecimiento promedio del PIB superior al 5 por ciento anual desde 2021, deuda pública por debajo del 60 por ciento del PIB, inflación convergiendo hacia la meta y fundamentos macroeconómicos sólidos. La pobreza cayó al 15,2 por ciento, su nivel más bajo en quince años, con reducción de la pobreza extrema y mejoras en empleo y desigualdad. Dicho en castellano limpio, el país no terminó en ruinas ni colapsó por culpa del populismo que denunciaban los guardianes del catecismo oficial. Terminó con estabilidad macroeconómica, con validación internacional y con un balance social que contrasta brutalmente con la impotencia ejecutiva del gobierno de Carlos Alvarado.
Por supuesto, no corresponde escribir una hagiografía tropical. El gran lunar del período fue la seguridad: 873 homicidios en 2025, la tercera cifra más alta de la historia. Pero antes de que los detractores profesionales y opinólogos de teclado, salten sobre el número como buitres sobre carroña, conviene recordar que los homicidios venían en escalada como fenómeno regional y que fue precisamente Chaves quien instaló escáneres de carga en puertos, aprobó la extradición de narcotraficantes, forjó alianzas internacionales y desmanteló decenas de estructuras criminales. El héroe no es quien ignora el problema; es quien lo enfrenta cuando los anteriores solo administraban discursos. Y aun bajo ese entorno adverso, Chaves no se desplomó. Resistió. Y no solo resistió, transfirió poder.
Desde la ciencia política, su presidencia mostró que el viejo monopolio de intermediación entre poder y ciudadanía se rompió. Los grandes medios ya no deciden por sí solos quién vive o quién muere políticamente. Los partidos tradicionales ya no pueden asumir que su mera existencia les garantiza centralidad. Y ciertas instituciones ya no consiguen envolver en respetabilidad incuestionable cualquier maniobra de contención. El chavismo, con todos sus excesos y asperezas, probó que existe una mayoría cansada de la corrección hipócrita, de la componenda entre élites y del secuestro aristocrático de la voluntad popular.
Por eso Rodrigo Chaves Robles no será recordado solo como un presidente popular. Será recordado como el hombre que sobrevivió al pantano. Sobrevivió a la prensa canalla, a la Asamblea convertida en escenario de la venganza y vergüenza, a los partidos moribundos, a la izquierda doctrinaria-woke, al aparato del desgaste y al reflejo oligárquico de una Costa Rica que todavía se cree moralmente superior mientras encubre demasiada podredumbre bajo la alfombra. Quisieron quebrarlo y lo fortalecieron. Quisieron aislarlo y lo conectaron más con el pueblo. Quisieron enterrarlo políticamente y terminaron enterrando, una vez más, su propia credibilidad.
Ese es el hecho maldito que no soportan sus adversarios. Rodrigo Chaves no salió del poder pidiendo permiso ni ofreciendo disculpas. Salió con un 75 por ciento de respaldo, con legado político, con continuidad y con una presidenta electa que llevará su proyecto al siguiente cuatrienio. En una república donde tantas veces las élites logran domesticar, expulsar o triturar al disidente, eso no es un detalle menor. Es una victoria de poder real. Y también una humillación histórica para quienes apostaron todos sus recursos, todas sus plataformas y toda su mala leche para impedirlo.