Ricardo Jiménez Oreamuno: la política como deber moral y arte irónico del bien gobernar

» Por Dr. Fernando Villalobos Chacón - Historiador y analista político

En la historia constitucional de Costa Rica hay nombres que superan el tiempo y la circunstancia, no por el boato de sus gestos, sino por la sobriedad de sus principios. Tal es el caso de Ricardo Jiménez Oreamuno (1859–1945), quien gobernó el país en tres ocasiones (1910–1914, 1924–1928 y 1932–1936), todas ellas dentro del marco de la legalidad, y cuya estatura cívica lo convirtió en un referente moral más que en un caudillo.

Hombre de letras, jurista respetado, parlamentario brillante y periodista incisivo, don Ricardo fue también un presidente que hizo del poder una plataforma para ejercer la austeridad republicana, la crítica con altura y el pensamiento irónico como instrumento de claridad política. Sus frases, aún recordadas en el imaginario nacional, no son meros aforismos: son destilados de una visión ética de la política y una conciencia aguda de los límites estructurales del país.

El rigor de la virtud pública

Una de sus frases más recordadas —y probablemente más citadas en las aulas de administración pública— es: “Gobernar es gastar con honradez el dinero del pueblo”. En esa breve sentencia se resume su visión del Estado: una entidad al servicio del bien común, donde el gobernante es, antes que figura de mando, cuidador de la hacienda pública y vigilante de la moral administrativa (Chinchilla, 1983).

La frase no fue retórica. En 1932, al iniciar su tercer mandato presidencial, don Ricardo renunció a su salario, afirmando con serenidad: “Yo no necesito salario: tengo donde caerme muerto”. Ese gesto, en medio de una profunda crisis económica, lo convirtió en símbolo viviente de una ética política que hoy parecería utópica. “No era solo un presidente: era un ejemplo de sobriedad cívica y de deber silencioso”, escribe Iván Molina en su crónica sobre los presidentes republicanos (Molina, 2001, p. 57).

El estadista que hablaba con ironía

Jiménez Oreamuno no solo se distinguió por su virtud personal, sino también por su estilo discursivo: afilado, culto, irónico, pero nunca vulgar. En una ocasión, ante las quejas de las élites que pedían más obras, pero resistían todo intento de reforma fiscal, sentenció con mordacidad:

“Los costarricenses tienen gusto de ron y bolsillos de agua dulce.”

La frase, más allá de su sabor anecdótico, revela una crítica estructural: la contradicción entre las aspiraciones modernas del país y su resistencia a asumir los costos de la ciudadanía fiscal (Martínez, 2015).

Esa misma lógica irónica reapareció cuando, en plena campaña electoral, se le preguntó a quién pondría en el Ministerio de Hacienda. Su respuesta fue tan exacta como demoledora:

“El mejor ministro de Hacienda es una buena cosecha de café.”

Con esa sentencia, don Ricardo expuso la vulnerabilidad económica de Costa Rica, entonces profundamente dependiente de un solo cultivo de exportación. La frase es un retrato fiel del país agroexportador, donde las finanzas públicas oscilaban al vaivén de los precios internacionales del café.

Pensar con la historia, actuar con la conciencia

Don Ricardo no era un revolucionario, pero tampoco un conservador ciego. Fue, sobre todo, un republicano convencido de que el poder se justifica solo si sirve con dignidad y legalidad. Decía con frecuencia:

“Prefiero el juicio de la historia al aplauso del momento.”

Esta frase resume su visión de largo plazo y su renuncia al populismo fácil. Como señala el historiador Vladimir De la Cruz, “Ricardo Jiménez representa la madurez del régimen liberal costarricense, donde el presidente no es dueño del país, sino su primer servidor” (De la Cruz, 1999, p. 104).

De hecho, cuando fue elegido por tercera vez, no hizo campaña. Fue el Congreso quien lo eligió para salvar al país de la inestabilidad económica y política. Su respuesta fue una frase seca, casi estoica:

“No he buscado el poder, el poder me ha buscado a mí.”

Un legado vigente

Hoy, cuando Costa Rica enfrenta desafíos éticos y fiscales tan profundos como los de su época, el legado de Ricardo Jiménez Oreamuno adquiere un valor pedagógico ineludible. Su vida demuestra que es posible ejercer el poder sin servirse de él, que la ironía bien utilizada puede ser una forma de pedagogía cívica, y que el compromiso con la legalidad no está reñido con la lucidez crítica.

En tiempos donde el desencanto político se disfraza de cinismo, conviene recordar que hubo presidentes que no prometían milagros, pero sí ofrecían principios. Y don Ricardo, con su léxico agudo y su carácter sobrio, fue uno de ellos.

Referencias:

  • Chinchilla, C. (1983). Ricardo Jiménez: Ética y política en la Costa Rica liberal. Editorial Costa Rica.
  • De la Cruz, V. (1999). Historia política de Costa Rica: De la independencia al siglo XXI. Editorial UNED.
  • Martínez, E. (2015). Frases que construyeron la República. San José: Editorial Investigatio.
  • Molina, I. (2001). El republicanismo en Costa Rica: 1870–1940. San José: Editorial de la UCR.

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