La delgada línea entre opinión y argumentación
En la actualidad, la libre expresión y la opinión se encuentran separadas por una línea sumamente delgada, que con frecuencia es cruzada sin la menor consideración. Se han desdibujado los límites entre lo que constituye una opinión y lo que representa una argumentación. Esta confusión surge, en gran medida, de la renuncia a la profundidad y al tiempo dedicado a la reflexión. Un claro ejemplo de esta situación fue el reciente periodo electoral en nuestro país, donde las redes sociales se transformaron en un tribunal y en una especie de facultad de opinólogos. En estos espacios virtuales se exigía profundidad y análisis, aunque quienes lo hacían no los practicaban realmente. Se exaltaban los debates como fuentes de información, aunque el formato mismo de dichos debates no lo permitía. Además, los juicios de valor muchas veces estaban condicionados por la moral particular de cada quien y no por el funcionamiento real del sector público o la institucionalidad. Surge entonces la pregunta: ¿debemos ser expertos para poder opinar? La respuesta es no; la opinión es subjetiva y no refleja necesariamente la realidad, sino la idea del individuo. Sin embargo, la argumentación pertenece a otra categoría, y es precisamente esta la que ha sido transgredida. Hoy abundan afirmaciones gratuitas, ataques personales e insultos disfrazados de opinión, lo que evidencia la ambigüedad en la que vivimos y la falta de compromiso con la formación de un verdadero criterio y de ese famoso diálogo del que tanto se habla.
El rol de las redes y el algoritmo en la validación
Al momento de argumentar, debe quedar claro que quien presenta un argumento es responsable de la carga de la prueba. Sin embargo, en el entorno de las redes sociales, el algoritmo sustituye esa responsabilidad: la viralidad se convierte en el método de validación. Es el video más popular en TikTok o el reel con más “me gusta” el que gradúa a los nuevos expertos en opinión, perpetuando afirmaciones sin sustento y errores lógicos en la argumentación. Esto ocurre porque estos canales priorizan el entretenimiento, no lo que pensamos sino lo que sentimos. No se trata de caer en un elitismo intelectual, sino de reconocer que, si aspiramos a ser críticos y a ejercer una oposición y crítica sanas hacia los políticos, debemos distinguir claramente entre opinión y argumentación.
Política, emociones y juicios morales
La política no debería fundamentarse en emociones ni en juicios morales; la función pública es precisamente eso: función, y su propósito es proteger instituciones, no personas. Pese a esto, los ataques y críticas se vuelven personales, lo que da pie a la polarización y a que la crítica se diluya entre insultos y descalificaciones.
Ética, virtud y resultados electorales
Si bien la política debe regirse por buenas prácticas, ética y virtud, no puede ser juzgada exclusivamente desde esas categorías. Este fue, en mi opinión, uno de los errores de la oposición, que condujo a una derrota contundente en las elecciones. La viralidad de las emociones se convirtió en caldo de cultivo para aquellos votantes indecisos que, aunque no apoyaban abiertamente al oficialismo, tampoco se sintieron atraídos por la estrategia de la oposición. Aunque esta última proclamaba contar con mejores argumentos y una estructura de ideas más clara, eso no se reflejó finalmente en las urnas.
El valor del debate constructivo y la información
No pretendo abogar por ninguna persona, sino por las ideas. El sano debate y el intercambio de ideas deben estar mediados por buenas prácticas, evitando las descalificaciones y los ataques personales. Es necesario evaluar los datos y argumentar con respeto y claridad. Hoy la información está más disponible que nunca y la tecnología nos permite ahorrar tiempo en muchas tareas, pero esa misma tecnología ha reducido el tiempo que dedicamos a pensar y reflexionar. Una sociedad democrática no puede caer en simplificaciones peligrosas; los diagnósticos mal hechos pueden ser tan o más peligrosos que la ausencia de análisis.
Oposición responsable y crítica democrática
La oposición no debe concebirse como una guerra emocional ni como una declaración de enemistades personales. Aunque las elecciones han concluido, el proceso democrático continúa. Si realmente queremos que la crítica y ciertas ideas funcionen como contrapeso democrático, debemos dedicar horas a la investigación y la lectura, evitando la trampa del algoritmo.
Libre expresión, opinión y argumentación en el debate público
La libre expresión es una bendición y no se trata aquí de promover censura. La opinión, por su naturaleza, no requiere de argumentos, datos ni articulación de ideas; se basa en la subjetividad. Sin embargo, al evaluar la función pública, la construcción del discurso debe fundamentarse en argumentos, con el fin de promover una discusión sana y alcanzar resultados reales, no enemistades. Un ejemplo negativo de esto fue el infructuoso movimiento “cualquiera menos Por Laura”, adoptado como estrategia en redes por muchos.
Ética y uso responsable de la palabra
Espero que quienes hoy se consideran oposición realmente lo sean y participen con la intención correcta. Reconozco la importancia de las categorías éticas en el pensamiento y no propongo un utilitarismo rampante, sino el buen uso de las palabras y la responsabilidad en su empleo.
Democracia como participación y diálogo
No podemos reducir la democracia al simple ejercicio del sufragio. Como planteaba Aristóteles, la política es la participación en los asuntos de la polis, la ciudad y la comunidad. La auténtica participación democrática se garantiza cuando el concepto abstracto de Rousseau cobra vida en ciudadanos comprometidos con el diálogo y la apertura a conversaciones motivadas no solo por el deseo de opinar, sino por la genuina búsqueda de la virtud y el beneficio colectivo.
Reconocimiento del sesgo y fiscalización ciudadana
Todos somos portadores de algún sesgo y de una ideología. Reconocerlo fortalece el diálogo, pero ninguno debe reducir su identidad a una ideología, sino al intercambio de ideas. La autocrítica es fundamental en este proceso. Como votante del oficialismo, reconozco que la autocrítica nunca debe abandonarse. Así como hemos sido oposición, también debemos ser fiscalizadores, porque eso también es democracia. Existen canales para informarse sobre lo que sucede en la asamblea legislativa, conferencias de prensa diarias; esa es nuestra trinchera, no el algoritmo.