Reflexión refutatoria a Lucía acerca de Charlie Kirk

Fotografía de Wikimedia Commons.

La muerte, por donde venga será siempre una tragedia si no se vuelve, lo que decía la frase célebre, bella. Hasta el acto más deplorable en la humanidad puede ser recontado y enmarcado de modo que pueda darse espacio a que se convierta en bello, justo o que al mismo tiempo busque esa belleza y represente una justicia dada o recibida. La muerte de una figura de influencia, da oportunidad a la construcción del mito del mártir. Esta categoría de entrega existe en todas las religiones, ideologías, culturas.

Juan Rafael Mora Porras, se le considera mártir y héroe, cuando estaba en su momento en realidad dentro de un juego intestino de una oligarquía cuyos intereses y esfuerzos ya no nos son significativos. A pesar de ello igualmente se le ha construido una capilla ardiente eterna dentro del Museo Histórico Juan Santamaría en Alajuela. A los mártires se les borra su humanidad y se les difumina el contexto, al darles el aura de la aspiración espiritual de un colectivo que los eleva.

La bella muerte, era una aspiración griega clásica que permitía al héroe poder trascender llevándose consigo lo que fue. El guerrero celebrado lo era por cuando usaba su fuerza para acabar con su enemigo y en ello, en la guerra, la destrucción del cuerpo del enemigo se volvía la eliminación de su tránsito al más allá deseado.

La guerra, como la que provocó la oligarquía peleando las ambiciones políticas de un miembro de esa élite (Juan Mora) contra otro (Montealegre), se vuelve un escenario de constante degradación humana. De la opinión que se vuelve insulto. Este se convierte más adelante en una afrenta y al final, en nuestra sociedad fracturada solo nos anuncia la guerra misma que viene como el ángel judeo musulmán de la muerte: Azrael. Listo para recoger el fruto de la discordia, de la sed de sangre que inunda los ojos, enciende las voces y que diferencia a las personas quitándoles su condición de tales.

Ese es uno de los grandes pecados de nuestra mal llamada civilización occidental. Que en los últimos cien años hemos pasado de entendernos como diferentes desde todos los ámbitos a buscar volvernos semejantes y ahora, coqueteamos con el colapso de dicha civilización al eliminarnos entre nosotros… En pensamiento, palabra, acción y omisión. La civilización occidental es la evolución de las ideas que surgen de su seno y que se han ido en cocimiento lento en estos últimos 100 años de los cuales el tiempo reciente ha lavado de la oportunidad de resoluciones pacíficas o tendientes al diálogo. En ello al atender el reciente comentario de opinión siento que Lucía se equivoca y la ejecución de una visión beligerante afecta el significado último de la república y la democracia.

¿Para quién tocan las campanas? En nuestra sociedad hiper individualista, el odio se vuelve una herramienta para el accionar político. Se justifica en la visión de un conflicto que se enmarca en una aspiración cuasi divina y el radicalismo es el estandarte que no solo lleva a la gente a la muerte en casos aislados, sino al deseo de matar. No se puede permitir que la adaptación de las ideas y los discursos se vuelvan las llamas que caigan sobre la mente de los jóvenes y les infunden no un sentido heróico de entrega, pero una pérdida de la autopreservación, incluso volverse vándalos o antisociales.

Cualquier exceso debe siempre ser condenado y tanto Kirk, en mayor o menor medida, así como sus contrarios ideológicos en Estados Unidos se aprovechan del lanzamiento de consignas que generan polarización, alimentan la justificación del antiacademicismo y se enmarcan en el desconocimiento del contrario. ¿Es aquel un país que va camino a una guerra civil? No lo sé, parece pero no hay duda que está inmerso en un conflicto civil… Lo que se identifica como discurso de odio es una tipología, codificada en razón de sensibilidades específicas, pero el análisis que debe ser priorizado aquí sobre ello es la condición de las ideas subversivas y el modo en que estas se proyectan, desestabilizando. En forma sencilla un pecado realizado por acción u omisión.

Hay muchas personas que se sienten poderosas solo por construir comentarios hirientes y justifican sus faltas éticas en el ampliamente conocido y discutido beneficio de la lejanía digital. Es fácil insultar a quién no se tiene al frente, nuevamente nos deshumanizamos mutuamente al hacerlo. El diálogo técnico y académico muchas veces se ve ausente de la discusión en las calles pero desde ellas es que salen pensados profetas, héroes y eventualmente mártires.

Cuando la guerra es el llamamiento de las masas, la paz es el deber de los líderes.

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