Realismo estratégico, disuasión creíble y los peligros de una narrativa de guerra total en el pulso entre EE.UU. e Irán

» Por Bryan Acuña Obando - Máster en Diplomacia, profesor universitario y analista internacional.

La situación actual entre Estados Unidos e Irán ha devuelto al centro del debate una pregunta que suele abordarse con más emoción que análisis: ¿hasta qué punto Teherán representa hoy una amenaza nuclear real y qué tipo de respuesta conviene para contenerla sin empujar a Medio Oriente hacia una ruptura estratégica de largo plazo?

En el discurso público, voces influyentes han planteado marcos binarios entre la diplomacia fracasada, donde Irán se mueve inevitablemente hacia el arma nuclear y la única solución definitiva pasa por destruir al régimen. Sin embargo, el problema no es que algunas de estas premisas carezcan de base, algunas están sustentadas en hechos, sino que el salto desde esos hechos hacia una confrontación total ignora dinámicas técnicas, regionales y estratégicas que pueden convertir una crisis manejable en una transformación desestabilizadora del orden de seguridad en Medio Oriente.

Por esta razón, para comprender el contexto actual es importante separar tres dimensiones que suelen mezclarse en el debate político. La capacidad material, la capacidad de entrega y la credibilidad estratégica de uso.

En el plano material, Irán ha avanzado de forma innegable. El enriquecimiento de uranio a niveles cercanos al umbral armamentístico y la acumulación de reservas muy por encima de los límites del acuerdo de 2015 reducen significativamente el tiempo técnico necesario para producir material de grado militar si se toma la decisión política de hacerlo. A esto se suma el deterioro del sistema de verificación internacional, que ha limitado la visibilidad sobre segmentos críticos del programa.

En términos estrictos, Irán se ha acercado a lo que en los círculos estratégicos se denomina una capacidad de latencia nuclear avanzada: no necesariamente un arsenal operativo, pero sí la posibilidad de alcanzarlo en un horizonte relativamente corto. Pero, donde el discurso alarmista comienza a exagerar es al presentar a Irán como una potencia nuclear estratégica comparable a Estados que poseen triadas nucleares reales, consolidadas.

Actualmente, el gobierno de Teherán posee una sola pata verdaderamente robusta a nivel militar de las tres que implica esa triada nuclear, se trata de la terrestre regional, donde su arsenal de misiles balísticos le permite amenazar con credibilidad a Israel, a bases estadounidenses en el Golfo y a buena parte del entorno regional. Esta capacidad es real, operativa y constituye uno de los principales instrumentos de disuasión iraní.

Sin embargo, hoy Irán no dispone de un misil balístico intercontinental probado y desplegado capaz de alcanzar de manera fiable el territorio continental estadounidense. Los análisis más serios señalan que su programa espacial podría, a muy largo plazo, aportar conocimientos útiles para esa clase de vector, pero eso pertenece a horizontes de desarrollo, no a capacidades actuales.

Tampoco cuenta con una fuerza marítima de disuasión nuclear. Posee submarinos y medios navales asimétricos eficaces para hostigar tráfico regional, pero no una flota de submarinos lanzamisiles balísticos que garantice una segunda capacidad de golpe estratégico. Su fuerza aérea, se encuentra limitada en plataformas modernas y en supervivencia frente a defensas avanzadas, no constituye una pata aérea nuclear al estilo de las grandes potencias.

En otras palabras, Irán podría aspirar a una capacidad nuclear limitada con vectores regionales, pero está lejos de ser una amenaza estratégica global tipo triada. Confundir ambas cosas no solo distorsiona el análisis, sino que empuja a respuestas desproporcionadas.

Aun así, más preocupante que una hipotética Irán con decenas de ojivas intercontinentales, lo realmente probable sea la proliferación de capacidades nucleares latentes en potencias regionales clave. En este sentido, por ejemplo, Arabia Saudita ha sido explícita durante años, si Irán obtiene el arma nuclear, Riad buscará igualar esa capacidad. Incluso sin construir inmediatamente una ojiva, desarrollar infraestructura de enriquecimiento, cadenas de suministro de combustible y cuadros técnicos especializados ya crea una disuasión de umbral. En un entorno de desconfianza, esa latencia se convierte en una forma de seguro estratégico.

El debate reciente sobre acuerdos nucleares civiles con Estados Unidos, que podrían incluir componentes sensibles como el enriquecimiento doméstico bajo supervisión, eleva aún más las alarmas de proliferación. La tecnología de doble uso es, por definición, reversible si el contexto político se deteriora.

Por otro lado, Turquía ha comenzado a expresar abiertamente que una nuclearización iraní podría arrastrar a la región a una carrera armamentística de la que Ankara no podría permanecer al margen. No se trata de una amenaza inmediata de construcción de bombas, sino de una señal estratégica donde Turquía no aceptará una asimetría permanente si Irán cruza el umbral.

Debido al nivel industrial, científico y tecnológico turco, su transición hacia una capacidad de umbral (si existiera voluntad política) sería mucho más rápida que la de muchos otros actores regionales. Por lo tanto, este es el riesgo real de la etapa actual, un Medio Oriente donde tres o cuatro potencias operen al borde de la capacidad armamentística, erosionando décadas de esfuerzos de no proliferación y multiplicando las posibilidades de crisis mal gestionadas.

Durante años, el gobierno estadounidense utilizó despliegues militares como herramientas de señalización política, los movimientos visibles para disuadir, presionar o tranquilizar aliados. Lo que se observa hoy es diferente en escala y composición. El aumento sostenido de activos navales, aéreos y logísticos en la región, incluyendo grupos de portaaviones, escoltas, aviación táctica y capacidades de apoyo prolongado, sugiere una postura diseñada no solo para mostrar presencia, sino para sostener operaciones reales durante semanas si fuera necesario.

A esto se suman medidas típicas de escenarios de alto riesgo:

  • evacuaciones parciales de personal diplomático,
  • refuerzo de defensas de fuerzas desplegadas
  • y ajustes en alertas de seguridad regional.

Este tipo de arquitectura militar no se construye únicamente para enviar mensajes. Se construye cuando se desea mantener una opción de acción creíble en el corto plazo. Lo cual no significa que un ataque sea inevitable. Pero sí que el paso entre lo psicológico de la disuasión simbólica y preparación operativa se ha estrechado peligrosamente.

Cualquier incidente con milicias aliadas de Irán, ataques a activos regionales o errores de cálculo puede empujar rápidamente a una escalada directa que ninguno de los actores diga haber buscado.

En este punto es donde el discurso maximalista de algunos analistas se vuelve más problemático. Porque, es legítimo afirmar que Irán ha erosionado el marco de control nuclear, también sostener que la diplomacia de 2015 ya no basta para lograr persuadir las acciones del gobierno en Teherán, por lo mismo es legítimo exigir mecanismos mucho más intrusivos y presión creíble.

Pero, lo que no es analíticamente sólido es presentar el conflicto como una lucha civilizacional entre una supuesta racionalidad (e incluso superioridad moral) occidental y la irracionalidad (e inferioridad moral) de una teocracia. Irán ha demostrado, una y otra vez, que sabe calibrar riesgos, retroceder cuando el costo es excesivo y negociar cuando su supervivencia económica o política está en juego, no actúa por impulsos necesariamente y esto le ha permitido transformarse en un actor relevante y de quiebre en la región desde hace varias décadas.

Sin embargo, tampoco es estratégico convertir escenarios extremos, como una futura Irán con arsenales masivos, en destinos inevitables y apocalípticos. Las proyecciones de peor caso sirven para evaluar riesgos, no para justificar automáticamente guerras preventivas. Cuando esas proyecciones se transforman en narrativa política dominante, la política exterior deja de gestionar amenazas y comienza a cruzar límites por temor.

Debido a esto, la idea de que la única solución real pasa por eliminar al régimen gobernante en Irán puede tener consecuencias profundas que suelen subestimarse. Si se opta por una agresión contra Irán, en lugar de generar simpatías entre los disidentes al régimen podría unificar las posiciones contra las intervenciones extranjeras y justificar una cohesión nacional de diversas fuerzas políticas actuales.

La lógica racional pasa a ser resistir por todos los medios disponibles, aplicar una escalada indirecta, presión sobre rutas energéticas, ataques a aliados regionales y utilización máxima de redes aliadas. Este tipo de conflictos rara vez se mantienen contenidos.

Además, la experiencia reciente demuestra que derribar regímenes no equivale a crear estabilidad. Los vacíos de poder en Irak, Libia o Afganistán produjeron sistemas de inseguridad más complejos y costosos que los que existían antes o con altos riesgos futuros como el caso sirio actual bajo el poder de islamistas.

Aplicar esa lógica a un país de más de 85 millones de habitantes, con profundas redes regionales y capacidad militar significativa, implicaría una reconfiguración caótica del equilibrio de Medio Oriente.

Irán representa un desafío real y creciente. Minimizarlo sería irresponsable. Pero sobredimensionar lo que representa como amenaza casi apocalíptica inmediata es igual de peligroso. La respuesta estratégica más sólida no pasa por ingenuidad diplomática ni por guerras de transformación regional, sino por una combinación dura de:

  • presión económica coherente,
  • contención militar creíble,
  • verificación reforzada,
  • y gestión de escaladas indirectas

Cerrar ese espacio intermedio con discursos de cruzada moral reduce opciones, eleva riesgos y aumenta la probabilidad de una ruptura regional que nadie podrá controlar plenamente.

Irán se acerca a una capacidad nuclear importante y posee vectores regionales potentes. Eso es un hecho no de ahora, sino desde hace varios años, hay que entender que la idea de la nuclearización de Irán es un proyecto que antecede a la República Islámica como parte de su política nacional, con la diferencia de que en la actualidad amenaza con usarla para fines no civiles necesariamente.

Un Irán nuclear representa un riesgo sin duda bajo estos parámetros, pero no por la posibilidad de que tome forma una triada nuclear, sino que el peligro más inmediato es un Medio Oriente nuclearmente latente, donde Turquía, Arabia Saudita e Irán operen en una lógica de desconfianza estructural permanente y donde ya hay un país como Israel del que se sospecha posee o no este tipo de armas desde hace varias décadas, algo que no se comprueba y sobre lo que se especula constantemente.

Por esto, el riesgo mayor de la actual retórica belicista es convertir una crisis compleja pero manejable en una confrontación regional de consecuencias históricas. La historia de Medio Oriente no está llena de conflictos por falta de firmeza, sino de guerras que comenzaron cuando el miedo sustituyó al cálculo estratégico y provocaron resultados peores que la supuesta amenaza inicial.

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