Hace apenas cinco años, Juan Carlos Hidalgo era conocido únicamente como un analista político y comentarista en medios de comunicación. Desde esa posición opinaba sobre los asuntos públicos sin participar directamente en ellos. Su incursión en la política electoral se dio gracias a la invitación del entonces diputado y precandidato presidencial Pedro Muñoz, quien lo fue a traer desde Washington, D.C. para integrarlo al Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) y abrirle la puerta para postularse como su candidato a diputado.
No obstante, Juan Carlos pronto tomó otro rumbo. Hidalgo optó por traicionar a Muñoz y alinearse con el grupo de Rosibel Ramos, figura de gran influencia en Pérez Zeledón y la Zona de los Santos, apostando a fortalecer su carrera bajo su tutela. Esa decisión evidenció un cálculo político orientado más por conveniencia que por lealtad o coherencia ideológica.
A lo largo de estos últimos años, Hidalgo ha mostrado una marcada dependencia de otros liderazgos para avanzar. No se le conoce un historial firme en el sector público ni en el sector privado que respalde una experiencia gerencial sólida. Su carrera ha estado sostenida, casi exclusivamente, por su actividad política y analítica.
El caso de Hidalgo es también un reflejo de la crisis de liderazgo que ha atravesado el PUSC desde las elecciones internas del 2021. La falta de interés y voluntad de muchos caciques socialcristianos, así como la fuga de talento, permitió que un excandidato diputado por el tercer lugar de San José, sin verdadera experiencia de gestión ni cargos públicos previos, terminara presidiendo el partido (bastante extraño si se compara con sus predecesores). Ese vacío de poder fue aprovechado oportunísimamente por el grupo de Rosibel Ramos para favorecer sus intereses partidarios.
La falta de liderazgo se refleja también en los recientes conflictos internos. La decisión de solicitar la separación del diputado Leslye Bojorges de la Fracción Unidad, por diferencias de criterio, ha generado desconcierto incluso entre sus propios correligionarios. Las fracciones legislativas no están subordinadas a presidentes de partido y menos a candidatos presidenciales. Lo que en principio debía ser un proceso de cohesión interna, se ha convertido en un escenario de tensiones que debilita aún más la imagen del partido.
El episodio reciente con los legisladores que votaron en contra de levantar la inmunidad presidencial es un claro ejemplo. La decisión de Juan Carlos Hidalgo de marginar a casi la mitad de la fracción por una diferencia de criterio demuestra una falta de madurez política y de comprensión del rol institucional de la Asamblea Legislativa. Esa postura generó fracturas profundas dentro del PUSC y ha provocado la reacción crítica de varias figuras, lo cual coloca en grave cuestión su capacidad para gobernar Costa Rica.
Más allá de las diferencias personales o ideológicas, lo preocupante es la forma en que Hidalgo ha gestionado la disidencia interna. En lugar de fomentar el diálogo y la pluralidad, ha optado por imponer su criterio y condicionar la participación de quienes no se alinean con su visión. Esa actitud, paradójicamente, reproduce los rasgos autoritarios que él mismo suele señalar en otros actores políticos.
A esto se suma su falta de experiencia ejecutiva. Hidalgo no ha ocupado cargos de dirección en instituciones públicas ni en la empresa privada, y carece de una trayectoria que respalde su capacidad de gestión. Su ascenso político, sustentado principalmente en la exposición mediática y el apoyo circunstancial de algunos dirigentes, no parece suficiente para proyectar liderazgo ni credibilidad ante el electorado.
En un contexto donde el PUSC enfrenta una pérdida sostenida de militancia, alcaldes y figuras históricas, la conducción de este partido por parte de Hidalgo y su grupo ha hecho quedar al PUSC irrelevante en el panorama político nacional.
La política, más que un espacio de poder, debería ser un ejercicio de responsabilidad y servicio a los demás. Costa Rica necesita liderazgos que construyan, no que dividan; que escuchen antes de imponer, y que entiendan que la autoridad se gana con experiencia, coherencia y resultados, no con imposiciones ni protagonismo.