
Unas, las formales, conforman más del 87% del total de los empleadores del sector privado, pero aún así son las pymes que no son vistas con el respeto que se merece dentro del sistema financiero, hacendario y, en general, burocrático del país, de hecho se llega a menospreciar su existencia al punto de que la tendencia espera una apertura por cada cierre de negocio.
Otras están en las sombras, son más de 1 millón de personas que se ubican en la informalidad, es decir, con alguna actividad productiva pero alejado de la burocracia gracias a dos elementos básicamente, a lo complejo que significa entrar y mantenerse en el sector formal y al elevado costo productivo que eso les significaría. Si bien ambas razones no son argumentos válidos en una sociedad solidaria que tiene un modelo teórico de colaboración social a base de los aportes de la formalidad, es un excusa dolorosa que nos hace ver que ese modelo teórico no está funcionando.
Si el gobierno como un todo trabajara como un simple facilitador que confía en los beneficios del crecimiento económico de todos y no como socio celoso y desconfiado que necesita tener controlado cada movimiento con cuanto control cruzado pueda encontrar podríamos pensar fácilmente que no sólo el parque empresarial formal se podría duplicar, sino que el porcentaje de personas en el desempleo se podría reducir sustancialmente.
Con sólo ver el ejemplo de las pymes del encadenamiento productivo turístico, comercial e incluso burocrático estaríamos hablando de locales con puertas abiertas, con una fuerte dinámica de materias primas y con consumo fortalecido.
Puntualmente, las pymes turísticas podrían emplear formalmente a más de 250 mil personas si hoy se activara una política de rescate de esa actividad. Con esos números sería fácil pensar que el parque empresarial pyme debería tener un ecosistema capaz de darle sostenibilidad, seguridad y estabilidad, pero la realidad es que la ruta crítica es tan complicada por la pandemia del Covid-19 y del PAC que ese paso no parece estar tan cercano de darse.
Las pymes deberían ser foco de atención, incluso deberían tener un modelo de inversión diferenciado desde el gobierno, no el simplificado que resulta limitado en sus alcances, que le permita no ser tan sensibles a los efectos del entorno y donde se pueda abrir rápido y crecer fuerte.
Mientras eso pasa, ya sea con la consolidación de una Ventanilla única donde el inversor presente los mínimos trámites posibles que le permita abrir de forma inmediata al tiempo que la intranet del gobierno valida los documentos o pide aclaración de los mismos, así como con un sistema fiscal y parafiscal creado para vivir y no para morir, la dura realidad es que las pymes tienen dos caras, la formal que lucha por vivir y la informal que lucha para sobrevivir.
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