La campaña electoral rumbo a las elecciones de 2026 arranca con un panorama tan incierto como predecible: la oficialista Laura Fernández encabeza las encuestas, pero su ventaja podría ser más frágil de lo que parece. Su rostro fresco y su discurso de continuidad han logrado capturar la atención de un sector importante del electorado, pero el país sigue dividido y mayoritariamente indeciso.
Según la encuesta del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica, publicada el 22 de octubre de 2025, Fernández lidera con un 25% de intención de voto entre quienes ya decidieron, muy por encima de Álvaro Ramos (7%), Claudia Dobles (3%) y Ariel Robles (3%). Sin embargo, más de la mitad del país —el 55%— aún no sabe por quién votar. Es decir, nada está decidido.
El entusiasmo del chavismo costarricense por Fernández parece ser una extensión del capital político del actual gobierno. Su candidatura encarna la idea de continuidad, eficiencia y estabilidad, pero también carga el riesgo de ser percibida como una figura más del aparato oficialista, sin espacio para la diferencia o el disenso. La pregunta de fondo es si la popularidad puede heredarse. Las encuestas miden intención de voto, no convicción, y Fernández deberá demostrar que su liderazgo no depende únicamente del respaldo institucional o del recuerdo del gobierno saliente. La gente vota por esperanza, no por inercia.
Aunque encabeza la carrera, Fernández está todavía lejos del 40% necesario para ganar en primera ronda. Ese umbral parece hoy un sueño más que una meta cercana. Costa Rica se ha convertido en un laboratorio electoral de la incertidumbre, donde los apoyos se diluyen con la misma rapidez con que se construyen. El desafío de Fernández no es sólo mantener su base, sino ampliarla hacia los sectores indecisos, especialmente entre mujeres jóvenes de 18 a 34 años, según el CIEP, quienes se muestran más críticas del oficialismo y más abiertas al cambio. Si no logra conectar con ese electorado, su ventaja podría evaporarse en los últimos tramos de la campaña.
Mientras tanto, el espacio opositor sigue difuso. ¿Será Natalia Díaz o Claudia Dobles quien logre aglutinar el voto del descontento? ¿O veremos surgir una nueva figura de última hora, como ha ocurrido en los últimos procesos? Por ahora, ninguna candidatura logra instalar un discurso que desafíe de verdad el relato del oficialismo. Pero en política, los vacíos se llenan rápido. Si la oposición encuentra una voz coherente que canalice el hastío y proponga renovación, la segunda ronda podría convertirse en un campo abierto.
Laura Fernández tiene hoy la ventaja, pero también la carga de las expectativas. Su popularidad actual puede ser un impulso o un espejismo. Dependerá de su capacidad para sostener el entusiasmo sin desgastarlo y de convencer a los indecisos de que su proyecto representa una renovación real, no una prolongación del poder. Costa Rica atraviesa una etapa de desconfianza y fatiga política. El voto está más volátil que nunca, y la ciudadanía parece menos dispuesta a seguir liderazgos sin cuestionarlos.
Por eso, más allá de nombres o simpatías, el reto que se aproxima es para todos los costarricenses: apostar por un voto informado, no emocional. Un voto que no se deje arrastrar por el impulso ni por la nostalgia, sino que piense en el país que queremos construir más allá de una encuesta o de un rostro momentáneamente popular. Porque la democracia se fortalece cuando se vota con conciencia, no con entusiasmo pasajero