Perdón, Sandra

Tiempo clima lluvias aguaceros tormenta San José

Ni por la mente se me pasaba este lunes cuando me disponía a ir hacia la Asamblea Legislativa que me toparía de frente con una mujer desesperada por huir de los malos tratos que al menos una decena de hombres le propiciaron en la capital.

Sandra, oriunda de Guanacaste tenía al menos 4 horas de caminar por el centro de San José en busca de buenos samaritanos que le ayudaran a ajustar los más de 4000 colones que le hacían falta para regresar a su provincia.

Con lágrimas en los ojos, que bien habrían podido confundirse con el intenso aguacero que estaba comenzando a caer en San José, me contó que en las paradas de los buses de Turrialba hizo una recarga telefónica, y que el dinero del pasaje del bus de regreso a Guanacaste se le cayó, sin percatarse de ello y sin que nadie se dignada a avisarle.

Sin ningún conocido en la capital que pudiera darle ayuda y sin nada en su cartera más que la cédula de identidad, la mujer comenzó a caminar y caminar, solicitando ayuda para recolectar el dinero.

Le pregunté si había solicitado ayuda a la Fuerza Pública, y me respondió que estos no quisieron ayudarla.

Asimismo, me contó que uno de los hombres a los que le pidió ayuda, en las afueras de un cajero automático, le dio 75 colones en monedas de 25 y 10 con las palabras “tome, puta muerta de hambre”. Ella se los devolvió con un “muchas gracias, seguro usted los necesita más que yo”.

Luego, otro hombre se ofreció a darle todo el dinero que le hacía falta, no sin antes intentar llevarla a un lugar apartado para abusar de ella. Sandra simplemente corrió, nuevamente sin nadie que le prestara ayuda.

Todo eso ocurrió en San José. En la capital del llamado “país más feliz del mundo”, donde la violencia se reproduce en nuestras calles, a vista y paciencia de todos y donde el egoísmo y el individualismo se han vuelto el pan de cada día a tal punto de que antes de “ayudar” lo hacemos de mala gana, con insultos, maldiciones o con miedo.

Ofrecí acompañarla a buscar algún oficial de la Fuerza Pública, para interceder por ella y que pudieran ayudarla a regresar a su hogar. Sin embargo tras caminar varias cuadras, ni un solo oficial de la Ley pudimos encontrar.

Pensaba durante el recorrido que a todos en alguna vez nos ha faltado 5 o 10 colones para el pasaje del bus, pero que no era comparable con lo que ella pasaba. Estaba en una ciudad que no conocía y nadie le prestaba ayuda o pretendían hacerlo tras herirla psicológica o físicamente.

Pensaba además que todas esas luchas, en redes sociales y las calles, eran necesarias. Que aunque en algún momento llegaran a causarnos incomodidad o cansancio por tener convicciones o actitudes que no son correctas, lo que le había ocurrido era un ejemplo de lo que pasan las mujeres diariamente en nuestro país, y el resto del mundo.

Al final, Sandra continuó caminando buscando ajustar el pasaje del bus de regreso a Guanacaste. Me despedí de ella pidiéndole disculpas, por ser una víctima más de una sociedad que rehusó ayudarle y en su lugar recurrió a agredirla, por ser una mujer que ni siquiera será parte de una estadística, por no haber logrado cambios profundos en la mentalidad de un país que busca alcanzar el desarrollo, con mentalidades y actitudes dignas de la era prehistórica.

Perdón, Sandra.

Nota del redactor: El nombre de la víctima fue cambiado por respeto a ella. 

 

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