Peor que un dictador: quienes lo defienden

» Por Fernando Ulloa - Politólogo y Director de Programa IPADES

En los últimos días, el mundo ha sido testigo de un evento que marca un hito en la lucha contra la tiranía en América Latina: la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, quien ahora enfrenta cargos por narcoterrorismo en Nueva York. Esta operación, anunciada por el presidente Donald Trump el 3 de enero de 2026, ha desatado una oleada de críticas contra el supuesto “intervencionismo” de Estados Unidos.

Sin embargo, este artículo busca desmantelar los argumentos de aquellos que condenan esta acción, sosteniendo que peor que un dictador son sus defensores ideológicos, quienes perpetúan el sufrimiento de millones en nombre de un antiimperialismo hipócrita. Para personas racionales, este tema no es especialmente difícil de comprender: un régimen dictatorial con presos políticos, cuyos mecanismos coercitivos incluyen la tortura, la violación y otros crímenes de lesa humanidad, así como éxodos masivos de ciudadanos que huyen por no poder sobrevivir en su propio país, es un caso evidente de intervención, casi como si de una cirugía se tratase. Es preciso cercenar el cáncer que ha estado destruyendo la estructura social. Aun así, existen personas —no venezolanas, por cierto— que defienden un régimen de este estilo.

Es a estas personas a quienes va dirigido este artículo: a quienes hacen manifestaciones frente a embajadas estadounidenses para pedir la libertad del dictador Maduro; quienes, desde la academia, usan sofismas con tintes marxistas para argumentar a favor del régimen venezolano y en contra de la intervención del presidente Donald J. Trump y de los Estados Unidos de América. Y aquellos, que desde plataformas como las redes sociales llenan de mensajes a favor de un régimen tiránico, es a quienes va dirigido el presente artículo. No con motivos de convencerles, sino de dejarles sin excusa ante un hecho tan relevante y aprobado por la comunidad internacional.

El contexto: una captura justificada

“Al revisar el celular, la pantalla era un mosaico de pánico. Grupos de amigos y familiares escribían frenéticamente, conscientes de que yo estaba en la calle. Aturdido, intenté filtrar la vorágine informativa. Las noticias que llegaban eran una mezcla paradójica de esperanza geopolítica y terror inmediato. Caracas era escenario de una acción militar extranjera y directa. Al menos ocho helicópteros militares estadounidenses sobrevolaban el eje Caracas-Miranda-La Guaira, ejecutando ataques quirúrgicos sobre objetivos militares”. (Pacheco, 2026, párr. 6)

Para entender la necesidad de esta intervención, conviene recordar el historial de Maduro. Desde que asumió el poder en 2013, bajo un proceso marcado por denuncias de fraude electoral frente a su contrincante Henrique Capriles, con una ventaja dudosa de 1,49%, Venezuela ha colapsado con su régimen: hiperinflación, escasez de alimentos y medicinas, una crisis humanitaria que ha obligado a más de 7 millones de personas a huir del país. Maduro ha sido acusado de fraudes electorales, represión violenta contra opositores y vínculos con el narcotráfico. En 2020, el Departamento de Justicia de EE. UU. lo acusó formalmente de conspirar para inundar el mercado estadounidense con cocaína, convirtiéndolo en un “narco–dictador” que utiliza el Estado venezolano como fachada para carteles criminales. Un gran jurado estadounidense lo ha señalado como uno de los líderes del Cártel de los Soles, una organización criminal que ha hecho alianzas con otros regímenes de izquierda latinoamericanos para abusar del poder en instituciones legítimas de sus respectivos Estados y, con ello, traficar drogas hacia Norteamérica.

A ello se suman los crímenes de lesa humanidad. Alrededor de 17.000 ciudadanos venezolanos han sido encarcelados por razones políticas, muchos de ellos en El Helicoide, un complejo arquitectónico de Caracas destinado, en la práctica, a ser un centro de reclusión de presos políticos donde se cometen algunas de las peores torturas y violaciones a la dignidad humana. Éxodos masivos han marcado el régimen de Maduro: más de 7 millones de venezolanos han debido abandonar su país para buscar un lugar que les reciba y les permita simplemente sobrevivir; algo que en su propia tierra se había vuelto una odisea. Solo para las elecciones del 2024, se reporta que tras el fraude electoral alrededor de 2.000 venezolanos fueron detenidos arbitrariamente, y con ello sometidos a tortura y violaciones. (Swissinfo.ch, 2026)

La reciente operación estadounidense no es un capricho imperialista, sino una respuesta a años de impunidad. Los golpes contra embarcaciones venezolanas que transportaban drogas y la captura de Maduro, representan un ataque directo a un régimen que ha desafiado abiertamente el orden internacional. Trump ha declarado que Estados Unidos “dirigirá” la transición en Venezuela, un paso que, aunque controvertido, podría abrir la puerta a elecciones libres y al fin de la miseria.

Desmantelando las críticas al intervencionismo

Los críticos del intervencionismo estadounidense conforman un bloque variopinto: desde gobiernos aliados de Maduro, como Rusia y China, hasta intelectuales progresistas en Occidente que ven en toda acción de Washington un eco del colonialismo. Sus argumentos principales son previsibles: violación de la soberanía venezolana, falta de justificación legal internacional y peligro de un precedente para nuevas intervenciones.

Primero, la soberanía. ¿De qué soberanía hablamos cuando Maduro ha convertido a Venezuela en un Estado fallido? La soberanía no puede ser un escudo para dictadores que mutilan a su pueblo. Criticar la intervención ignorando las violaciones sistemáticas de derechos humanos —torturas, ejecuciones extrajudiciales, censura— equivale a defender el status quo de la opresión. Aliados de Maduro han condenado esta acción como un “acto ilegal de agresión”, pero ¿acaso no es ilegal el régimen que ha robado elecciones y se ha aliado con organizaciones terroristas? La verdadera agresión es la que Maduro ha infligido a su propio pueblo durante más de una década.

Segundo, la supuesta falta de justificación legal. Los detractores apelan al derecho internacional, pero olvidan que Maduro ya era un fugitivo buscado por EE.UU. desde 2020, y que él mismo ha violado la ley internacional con crímenes de lesa humanidad por los cuales debe enfrentar a la justicia. Esta captura no constituye una invasión a gran escala, sino una operación quirúrgica contra un criminal internacional. Compararla con intervenciones pasadas en América Latina —como en Panamá por ejemplo— oculta el contexto: aquí no hay una ocupación, sino un esfuerzo por desmontar un régimen criminal y abrir la puerta a la restauración democrática. Además, el “precedente” que tanto temen podría tener un efecto positivo: disuadir a otros tiranos de aliarse con el crimen organizado. En última instancia, si el derecho internacional es la preocupación se debe recordar que con el historial de Maduro cualquier tribunal de justicia del mundo puede iniciar investigaciones y enjuiciarlo. (BBC News Mundo, 2020)

Tercero, el antiimperialismo selectivo. Muchos críticos condenan a EE.UU, pero callan ante las intervenciones de Rusia en Ucrania o la expansión de China en el Mar del Sur chino, y minimizan las amenazas de China sobre Taiwán. Este doble discurso revela que su oposición no está motivada por una preocupación genuina por la soberanía, sino por afinidades ideológicas: defienden a Maduro porque lo ven como un baluarte contra el “imperio yanqui”, ignorando que su régimen ha empobrecido a Venezuela mientras él y su élite viven del crimen organizado, y el saqueo del petróleo.

Los defensores son peores

Aquí radica el tema central: peor que un dictador son aquellos que lo defienden. Maduro es producto de su propia ambición y corrupción, pero sus apologistas —intelectuales, políticos y activistas— le otorgan legitimidad moral e intelectual. Ellos perpetúan el mito de que Maduro es un líder antiimperialista cuando, en realidad, es un cleptócrata que ha destruido una nación rica en petróleo y ha permitido el saqueo sistemático de su riqueza. Al criticar la intervención, estos defensores prolongan el sufrimiento: cada día que Maduro permanecía en el poder, una nación sedienta de justicia seguía muriendo de hambre y represión.

La historia ofrece ejemplos elocuentes. Peor que Hitler fueron los colaboracionistas que justificaron su expansión; peor que Stalin, los intelectuales occidentales que negaron la existencia del Gulag. En Venezuela, los defensores de Maduro son cómplices morales de la crisis. Su retórica anti intervencionista no busca la paz, sino preservar un régimen afín a sus causas ideológicas, aun a costa de vidas humanas de hermanos venezolanos.

Hacia un futuro sin tiranos

La captura de Maduro no lo resuelve todo: Venezuela enfrenta un camino incierto hacia la reconstrucción. Delcy Rodríguez -una mandataria chavista- le ha sustituido en la silla presidencial de Miraflores, y queda por ver si este proceso culminará con la instauración como presidente de Edmundo González Urrutia, ganador de las elecciones de 2024 que fueron robadas por Maduro y su régimen. O bien, elecciones a mediano/largo plazo

En lugar de condenar automáticamente todo intervencionismo, deberíamos cuestionar por qué tantos siguen defendiendo a dictadores. Solo cuando rechacemos a sus apologistas podremos avanzar hacia un mundo en el que la justicia prevalezca sobre la ideología ciega de izquierda.

Bibliografía

BBC News Mundo. (2020, 17 septiembre). Crisis en Venezuela: qué consecuencias puede tener el informe de la ONU que acusa a Maduro de crímenes de lesa humanidad . BBC News Mundo.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-54190475

Pacheco Bermúdez, E. (2026, enero 3). Crónica de un madrugonazo en Caracas. Medium. https://medium.com/@edgarpachecobermudez/cr%C3%B3nica-de-un-madrugonazo-en-caracas-3dcf80e0c83b

Swissinfo.ch. (2025). La CIDH acusa a Maduro de llevar a cabo “asesinatos, desapariciones breves y torturas”. swissinfo.ch.

https://www.swissinfo.ch/spa/la-cidh-acusa-a-maduro-de-llevar-a-cabo-%22asesinatos%2c-desapariciones-breves-y-torturas%22/88688167

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@nuevo.elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...

493.74

499.84

Últimas noticias

Edicto