Palabras dulces: Azúcar por fuera, veneno por dentro

» Por Luis Fernando Allen Forbes - Director ejecutivo Asociación Salvemos El Río Pacuare

En tiempos donde la apariencia pesa más que la coherencia, hemos convertido la dulzura verbal en una especie de moneda social. Una sonrisa bien colocada, un elogio oportuno o una frase envuelta en ternura parecen valer más que cualquier acto concreto.

Nunca confíes en palabras dulces, sus sonrisas y halagos pueden sonar bien, pero muy a menudo esconden intereses propios y promesas que no se cumplirán.

Sin embargo, pocas cosas resultan tan peligrosas como confiar ciegamente en palabras suaves. La dulzura en los labios, cuando no nace de la verdad, se convierte en una trampa seductora: azúcar por fuera, veneno por dentro.

La humanidad ha desarrollado una fascinación por lo agradable. Somos una sociedad que huye del conflicto, del desacuerdo y de la sinceridad cruda. Preferimos ser anestesiados por discursos que calman, aunque no sean ciertos, antes que enfrentar verdades que incomodan pero liberan.

Las frases más peligrosas rara vez son las que gritan, sino las que acarician. Un halago exagerado, un “puedes confiar en mí”, un “nunca te fallaré”… Dichos con la entonación adecuada, pueden convertirse en herramientas finas de manipulación emocional.

La diferencia entre hablar bonito y hablar con verdad es abismal. La verdad tiene aristas, raspa, y duele, pero es limpia. En cambio, las palabras dulces que no están respaldadas por acciones solo sirven para esconder intenciones poco nobles. La sinceridad no necesita azúcar; la manipulación, sí.

Vivimos además en una cultura que premia la imagen por encima de la autenticidad. Las redes sociales se han convertido en vitrinas de sonrisas perfectas, mensajes motivacionales y discursos de empatía que muchas veces son pura utilería. La presión por “gustar” ha hecho que lo amable supere a lo honesto. En ambientes laborales, familiares e incluso afectivos, la diplomacia vacía se aplaude mientras la franqueza se castiga.

El problema es que, a fuerza de tanta dulzura superficial, hemos perdido la capacidad de distinguir la miel de la máscara. Escuchamos lo que queremos oír, no lo que deberíamos escuchar. Le damos más valor a un elogio instantáneo que a una conducta consistente. Preferimos la promesa brillante al compromiso silencioso.

Las acciones no necesitan adornos; las mentiras sí. Una persona auténtica tiene una coherencia que se puede verificar: hace lo que dice, sostiene lo que promete y actúa igual cuando nadie la observa. En cambio, quien busca manipular necesita endulzar su discurso, suavizar sus intenciones y esconder, detrás de una sonrisa, lo que su corazón realmente carga.

En un entorno saturado de discursos diseñados para agradar, la verdadera responsabilidad recae en aprender a distinguir la forma del fondo.

Al final, cada ciudadano debe decidir qué peso dar a cada palabra y cuánta verdad hay detrás de cada gesto. Porque incluso las promesas más suaves pueden ocultar intenciones complejas; comprender esa complejidad es, hoy más que nunca, parte del reto de vivir informados.

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