
Estamos viviendo un cúmulo de ocurrencias tributarias por todos lados. Entristece saber que solo por la vía del aumento de la recaudación es como nuestras autoridades pretenden solucionar un enorme déficit fiscal de añeja presencia, acentuado por expansivas políticas en el gasto público desde hace varios años.
Pagamos impuestos cuando comemos, cuando compramos cualquier bien o servicio, pagamos impuesto al echar combustible al vehículo, al vestirnos, al comprar una propiedad inmueble, al traspasar un vehículo o adquirir uno nuevo. Tributamos también una parte de nuestro salario o de nuestra pensión cada mes; al salir del país por cualquier frontera también nos tasan. Para cualquier gestión municipal o del gobierno central nos exigen timbres que no son más impuestos velados. Pagamos impuestos municipales por cualquier actividad que emprendamos y a lo largo de la existencia de la misma. Nos cobran impuestos en los restaurantes, en las sodas, en los cines, en los espectáculos públicos. En resumen, no hay actividad, bien o servicio, sobre el cual no exista una carga tributaria por pequeña o grande que sea.
Ahora nos pretenden gravar el acceso a la educación y a la salud privada, prácticas a las cuales recurrimos no por lujos o vanidades, sino obligados por el deterioro de esos servicios públicos cada vez más ineficientes.
Sin embargo, hay una casta de dirigentes, que disponen de los dineros que todos aportamos, para seguir empobreciéndonos. A los que menos tienen los castigan con una carga tributaria basada en impuestos indirectos, pues la maraña de directrices, decretos y leyes, creadas por ellos o por presiones de gremios, nunca llega a afectarlos de manera directa.
Y a propósito de esas desigualdades creadas al amparo de una “supuesta legalidad”, quiero finalizar esta breve disgregación con algunas expresiones de Alberto Medina Méndez, escritor y bloguista argentino, consultor en Comunicación, en su artículo Fabricantes de Pobreza, “las naciones que lograron vencer el subdesarrollo no lo hicieron construyendo una industria de dádivas, ni gestando un huracán de privilegios, ni tampoco planteando condiciones ideales para esa sociedad injusta, en la que, los que se esfuerzan, obtiene lo mismo que los que no lo hacen”.
Así no es la ruta hacia el verdadero desarrollo.
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