Para participar en política electoral la ciudadanía debe organizarse en partidos, porque así lo mandan todavía la Constitución y la Ley, pese a que estas viejas y erosionadas agrupaciones han dejado de ser centros creíbles de pensamiento y acción política. El abstencionismo bienal de las urnas lo ha venido confirmando.
Tal monopolio para postular cargos de elección popular, tampoco coincide con la desconexión partidaria de la gente apenas termina un ciclo electoral, ni con el pobre desempeño de muchos representantes electos para solucionar problemas nacionales o locales.
En la supuesta “renovación” de las estructuras partidarias, calculada para acceder a deuda política y crear la ilusión de auténtico cambio para mejorar la oferta electoral y calidad de la representación, sigue prevaleciendo el tufo oligárquico que impide reales y nuevos liderazgos viables, más cercanos al pueblo y capacitados para satisfacer efectivamente sus necesidades.
Las Diputaciones son listas convenidas a nivel provincial, aunque en el ejercicio su carácter es nacional. Constitucionalmente, las principales atribuciones son legislativas y de control político, que habrían de orientarse hacia la constante búsqueda del mayor bienestar posible de todos los habitantes, lo que hace rato no ocurre con la intensidad e impacto esperados.
¿Entonces, porque los representantes se hacen llamar “Padres y Madres” de la Patria, y la gente en sus quejas les recuerda que lo son? Con la ayuda de la IA se encontraron varios antecedentes sobre el origen de esa figura.
En la Antigua Roma, el título honorífico “Pater Patriae” o “Padre de la Patria” estaba reservado a héroes de guerra y gobernantes, por considerarlos protectores y fundadores de los estados. Este reconocimiento fue evolucionando con las sociedades y comenzó a atribuirse a líderes y gestores independentistas, cuya fuerza, autoridad moral y política los volvía dignos del simbólico señorío.
Afortunadamente para la humanidad, abundan los casos de “Padres de la Patria”; algunos cercanos a nuestra compartida historia hemisférica son: Simón Bolívar, Miguel Hidalgo y José de San Martín; en Estados Unidos Washington y Jefferson. En otras latitudes es referente Gandhi, o en la Unión Europea lo son Adenauer y Churchill. Ya en Costa Rica, entre muchos: Carrillo, Mora Fernández, Castro Madriz y Juanito Mora.
Ahora, por la necesaria y merecida incursión de las mujeres en la vida política, y sin que su legítima lucha haya acabado, comenzó a hablarse de “Madres de la Patria”, aplicado a las que han contribuido de manera decidida a la formación y progreso de sus países y cultura.
La lista también es larga y solo es posible nombrar ciertos casos: Juana de Arco, Marie Curie, Simone de Beauvoir y Olimpia de Gouges. En nuestra Región: Juana Azurduy, Micaela Bastidas, Leona Vicario, y en Costa Rica, entre otras, Pacífica Fernández y Carmen Lyra, mientras que Eleanor Roosevelt y Rosa Parks lo siguen siendo en Estados Unidos.
En fin, todos ellos y ellas han sido determinantes en la construcción de sus naciones, democracias y prosperidad, de ahí que se acostumbra rendirles homenaje como personas excepcionales, históricas y simbólicas. Sus biografías se mitifican y son fuente de inspiración para las generaciones subsiguientes, mientras que sus imágenes suelen exhibirse en monumentos, sellos y billetes.
Más recientemente se ha tendido a identificar a los integrantes de los Parlamentos o Congresos como Padres y Madres (“per se”) de la Patria. Esta creencia, aunque se trate del “primer poder”, podría resultar una gran ligereza con solo atenerse a dichos antecedentes de la notable figura, cuya barda histórica quedó muy alta y lejana para que otros puedan alcanzarla con tanta facilidad.
Solo considérese una situación que no es exclusiva de Costa Rica: según la encuesta del CIEP de este mes, más del 80% de las personas mayores consultadas no siente afinidad ni simpatía por los partidos políticos; su calificación como instituciones es de un triste 3.6% y la del Legislativo de 4.5%, ambas valoraciones en una escala de 1 a 10.
Así las cosas, resulta sensato que cuando ciertos actores políticos y sociales estimen que son o llegarán a ser “Padres” o “Madres” de la Patria, y no pocos incautos lo sigan creyendo, primero se tenga en cuenta el fundamento de esta figura, propia de personas excepcionales que sí lograron transformar sus países y algunas hasta impactaron mundialmente. Hoy se necesita más de esos patriotas.