Columna El silencio NO es oro

OnlyFans: el burdel digital esclavizante que el feminismo convirtió en bandera

» Por María Lucía Arias - Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales

Hemos llegado al punto más bajo del relato moderno de “progreso”: en nombre de la “libertad” (o más bien libertinaje), se glorifica la prostitución digital; en nombre del feminismo, se promueve la cosificación voluntaria; y en nombre del empoderamiento, se convence a las mujeres jóvenes de que su cuerpo es un producto más del mercado. Ese es OnlyFans: convierte la intimidad en mercancía, la necesidad en virtud y la desesperación en negocio. Y lo hace con la complicidad absoluta de los discursos feministas, progresistas y relativistas que dominan la cultura popular.

OnlyFans es parte de una tendencia más amplia: la estetización de la decadencia. En vez de mostrar la prostitución como lo que es (una práctica traumática, peligrosa y humillante), se convierte en “contenido premium”, con luces, filtros y branding personal. La narrativa dice: “soy empresaria”, “esto es arte”, “tengo fans, no clientes”. Pero lo que hay detrás sigue siendo el mismo intercambio crudo: exposición íntima a cambio de dinero, mediado por una pantalla.

El feminismo radical ha logrado lo que ni el proxenetismo callejero ni la industria pornográfica tradicional lograron: convertir la prostitución en algo aspiracional. Es decir, ya no hablamos de prostitución, hablamos de “contenido premium”. Ya no hablamos de clientes, hablamos de “fans”. Ya no hablamos de proxenetas, sino de “agencias de manejo de cuentas”. El branding reemplaza la vergüenza, y la explotación se viste de emprendimiento.

La mentira más grande es el mito del dinero fácil. En las redes sociales se repite que cualquiera puede volverse millonaria en OnlyFans. La realidad es otra: la mayoría gana menos de $200 al mes, mientras el 1% superior concentra las ganancias. Incluyendo que ni siquiera controlan su “negocio”: agencias, managers y novios actúan como proxenetas digitales, llevándose hasta el 50% de los ingresos y presionando a cruzar límites.

Las consecuencias son inmediatas: ansiedad, presión constante, competencia feroz, y la necesidad de mostrar más y más para retener clientes aburridos porque no es solo tomarse unas fotos y recibir dinero cada mes. Las creadoras deben producir contenido constantemente, muchas veces cada vez más explícito o degradante, para mantener a flote una base de suscriptores que pagan apenas unos $5 mensuales, o incluso menos.

Además de exponerse, tienen que conversar con esos desconocidos, fingir cercanía, mantenerlos entretenidos y disponibles casi todo el tiempo. En ocasiones, ni siquiera lo hacen ellas mismas, sino que contratan empresas llamadas “chatters” que responden por ellas, quitándoles todavía más de sus ya bajos ingresos.

No es una forma fácil de ganar dinero. Es un trabajo emocionalmente agotador, que exige tiempo, exposición y hasta una cuota de humillación. Lo íntimo se convierte en espectáculo, lo sagrado en suscripción mensual, lo valioso en mercancía. A corto plazo, la autoestima se quiebra. A largo plazo, las cicatrices son permanentes: rechazo en relaciones serias, pérdida de oportunidades laborales, aislamiento social y una marca digital imborrable que persigue toda la vida. Internet no olvida, aunque ellas sí quisieran.

Aquí es donde aparece la gran paradoja que el feminismo evita reconocer: al reducir a la mujer a un objeto sexual “con consentimiento”, no la liberó, la devaluó. El cuerpo dejó de ser valioso y simbólico para convertirse en una simple mercancía, un bien de consumo con fecha de caducidad. Y cuando ya no es novedoso, no queda nada sólido que la sostenga. Ni dignidad, ni reputación, ni capital social. Solo un historial digital imborrable, como un tatuaje mal hecho que acompaña para siempre.

Se pierde el pudor, se pierde el sentido profundo del cuerpo, se diluye la feminidad como fuente de vida, de misterio, de dignidad. Y en ese proceso de reducción, también los hombres se ven afectados: dejan de ser esposos, padres o protectores, para convertirse en simples consumidores. Clientes. Así de simple.

Ahora hagamos el cálculo del costo de oportunidad: en Costa Rica, una mujer joven puede ganar esos mismos ₡106.000 en un mes trabajando medio tiempo como mesera, como cajera, o vendedora, sin degradarse ni dejar una marca imborrable en internet. ¿La diferencia? Una mantiene su dignidad intacta; la otra la subasta a 40 desconocidos.

No se trata de prohibir OnlyFans por decreto. Se trata de recuperar la cultura que haga innecesaria su existencia. Que la mujer no tenga que venderse para pagar la universidad. Que el cuerpo no sea contenido, sino templo. Que la familia vuelva a ser refugio, no obstáculo. Que la libertad incluya responsabilidad, virtud y trascendencia. El cuerpo ya no se alquila en la esquina. Ahora se vende en alta definición y por suscripción mensual.

El feminismo que alguna vez luchó por el derecho a estudiar y a decidir, hoy defiende el “derecho” a autoprostituirse en línea. Y ataca a quien lo critique. Probablemente después de este artículo me llamarán “represora” si digo que el cuerpo femenino no debe venderse, “mojigata” si hablo de dignidad y van a criticarme en comentarios si defiendo el pudor, la maternidad o la familia. Pero la moral no es enemiga de la libertad: es su base. Sin moral, la libertad se convierte en libertinaje, y el libertinaje en esclavitud de las pasiones.

OnlyFans no empodera. OnlyFans esteriliza. No libera, esclaviza con glamour. No dignifica, convierte lo íntimo en mercancía y suscripciones. Es el espejismo perfecto del feminismo moderno: un sistema que promete empoderamiento mientras condena a la mujer a ser mercancía, cliente tras cliente, like tras like.

Porque al final, no hay empoderamiento en vender la dignidad para pagar el alquiler. Y quien diga lo contrario, no está defendiendo a las mujeres. Está defendiendo el negocio.

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