
La educación es dinámica, porque su fundamento es el ser humano en relación. El ser humano es incapaz de ser conceptualizado y la relación es una muestra de su misterio, pues es siempre un ser “siendo” en una salida sin regreso del yo llamado por el otro. La educación, por tanto, no debe ser ajena a ese quién, toda educación se dirige a la vida, de lo contrario es contra-natura. Sin embargo, más allá de su vocación originaria, la educación ha sido asumida como motivo del discurso político demagógico, esto como una acción propia del modelo político vigente, con el propósito de lograr sostenerse en el poder por conducto de la polarización entre las clases sociales. La clase política dominante ha comprendido que dividiendo el rebaño e inventando lobos feroces, puede inventar una falsa acción ciudadana, cuando lo que realmente está gestando es una angustia ciudadana.
El tema educativo no es discusión que corresponda solamente a los educadores, no vamos a diseñar un endeble argumento como suelen hacer los ingenuos políticos que validan a franjas poblacionales para opinar de temas. En lo que sí hay que ser contundente es que “zapatero a tus zapatos”, por lo que los principales promovedores de la discusión sobre el tema educativo deben ser los educadores, esto implica una constante (dinámica) confrontación de la realidad en la que viven.
Repensar una Nueva Escuela Normal, implica una metáfora, que debemos abrazar, no como una cosa institucional (res burócrata), sino más bien, como un ardor en el pecho del educador. Es lamentable escuchar a los educadores decir, que la escuela no es como antes, es lamentable escuchar a los educadores ahogados en procesos de control interno que poco les falta para solicitar estadísticas de lo absurdo, lamentable es escuchar a los educadores sentirse quemados ante la llama del amorfo sistema que ha dejado de ver a la persona por mirar el capital, fomentando un sistema de instrucción árido.
Hablemos del nacimiento de una Nueva Escuela Normal, como un no-lugar de encuentro, reviviendo a nuestros próceres de la educación, viviendo principios que en palabras y acciones diseminan la luz de justicia, igualdad, libertad y fraternidad. Volvamos a los ecos del radiante Omar Dengo, a la vigorosa palabra de Joaquin García Monge, a la tenacidad de Carmen Lyra. Hagamos nacer de sus discursos nuevas palabras que sean la luz de la nueva patria que construiremos de las cenizas de este bicentenario de República, que ha caído en manos de aquellos que oprimen la faja del pueblo (faja que ha sido colocada en su yugular).
Educadores de Costa Rica, hagamos de cada teorema una revolución, de cada poema una República, de cada canción un plato de comida. No hay indicador más valioso en nuestra labor que la sonrisa, que el abrazo, que la vivencia que hay entre las personas que componemos la arquitectura educativa, hay experiencias de aprendizaje que no pueden ser evaluadas y que habitan fuera de los contenidos. Esas son las que siempre huelen a humanidad, y que claman por justicia social.
Educadores, volvamos a la relación, esa es nuestra dinámica, esa es nuestra vocación, salir de la angustia ciudadana y afirmar la libertad de espíritu y búsqueda incesante de la libertad; tomemos las redes, los medios de comunicación, las salas de profesores, los pasillos, las calles, pero sobretodo el corazón de nuestros pupilos, que si algo merece la pena en este país, es lograr construir una esperanza en estas generaciones venideras para superar la noche oscura de la política de mercado en la que en día. Educadores que la angustia nunca nos alcance, sepamos ser libres y no siervos capitalizados, porque donde hay un educador hay esperanza, aunque duela.
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