
La sociedad costarricense es muy diversa. Eso la hace rica especialmente en términos sociológicos y culturales. Sin embargo el país presenta una gran fragmentación sin ningún hilo conductor, es decir, sin una propuesta nacional que enebre esa diversidad con algún sentido. Una cosa es la pluralidad socio cultural y política, y otra la atomización desvertebrada de la sociedad. Estamos viviendo una especie de explosión alocada de sectores y de expresiones institucionales individualizados que dificulta encontrar un propósito común en medio de la multiplicidad. Hay un cruce caótico de energías en el ámbito nacional sin una matriz. Al Estado, por ejemplo, se lo están comiendo los intereses fragmentados, muchos de ellos sobradamente egoístas y mezquinos. No hay referentes integradores en el plano político, aunque tengamos algunos en otros ámbitos nacionales, como por ejemplo, en el deporte y en el científico. Nadie está iluminando la vida política del país. No hay faros con verdadero liderazgo político que atraigan por su lucidez intelectual y su comportamiento ejemplar al conglomerado social. Tampoco hay expresiones organizativas realmente relevantes con esa atracción y proyección. La consecuencia de ello es que el divisionismo está ganando la batalla a la necesidad de articular una idea común de país que sirva para unirnos en medio de la diversidad. Mediciones reiteradas de opinión indican que Costa Rica carece de rumbo.
La situación del país objetivamente es delicada en muchos ámbitos, y el ciudadano está desabrido sin poder ver con claridad una salida. Las elecciones pasan y se eligen candidatos sin que eso sea garantía de avanzar en una dirección que satisfaga a la ciudadanía. Mucha gente se siente maltratada por las mentiras, el cinismo y las promesas incumplidas de quienes llegan al poder. Hay una atmósfera de pesimismo contaminada y contaminante.
La mayoría de los acuerdos políticos que se han plasmado representan meras yuxtaposiciones de proyectos e ideas inventariadas sin una visión integral, que pudieran ser fruto de un debate abierto sano e inteligente de la sociedad que queremos o que soñamos. Los acuerdos, por cierto débiles, que se fraguan con las mejores intenciones de algunos costarricenses o agrupaciones, son una especie de representación de carros de diferentes modelos colocados en línea, sin una verdadera cosmovisión nacional ampliamente discutida.
La división a que aludo se expresa en los factores reales de poder, quienes compiten cada uno por su lado, a menudo con armas innobles y agravadas, en los sectores sociales y productivos incapaces de ponerse de acuerdo, en la burocracia administrativa donde los funcionarios tienen como prioridad salvar su individualidad en detrimento de los objetivos institucionales, y ni se diga, en las organizaciones políticas que se combaten entre sí de modo estéril por los suculentos manjares del poder egoísta.
Así entonces en medio de ese aire enrarecido, Costa Rica anda merodeando dos cosas; una salida a los problemas que tiene, y una búsqueda de orientación.
Con algún nivel de esperanza, el costarricense acude a las urnas cada cuatro años para elegir un nuevo gobierno. Pero muy pronto viene el desaliento. Quienes llegan al Gobierno pareciera que están atrapados por los factores reales del poder, por sus incompetencias propias, sus comportamientos corruptos y cínicos, sus tráficos de influencias, sus fallidas promesas, y terminan desacreditados a pesar del gasto de publicidad que siempre realizan, para dejar en el imaginario colectivo una imagen positiva de gobierno.
Las elecciones no están significando una salida a los problemas que tiene Costa Rica. En repetidos casos los nuevos gobiernos no hacen más que agravar problemas que la sociedad viene padeciendo. Los representantes en vez de unirse y de unir al país en torno a una propuesta nacional de mediano y largo plazo, se especializan en dividir y en jugar su rol con visión cortoplacista referida generalmente a las próximas elecciones.
Tampoco los diputados que se eligen cada cuatro años están representando con su trabajo una salida a los problemas nacionales. La Asamblea Legislativa ha perdido nivel de competencia política y la calidad de los miembros que la integran a veces resulta deplorable. En ese contexto es hartamente difícil pensar que se puedan discutir con profundidad y serenidad los grandes temas que nos agobian como país. Muchas leyes que se han aprobado son verdaderas ocurrencias. El ciudadano sabe que hay diputados que no leen, no estudian, no deliberan y no proponen nada sustancial. En la Asamblea Legislativa no se discute en serio los grandes problemas porque el cálculo electoral, el personalismo exacerbado, y el interés de las agrupaciones prevalece sobre el interés nacional.
La institucionalidad vigente, entiéndase Gobierno, Asamblea Legislativa, partidos e Instituciones Públicas salvo contadas excepciones han perdido la confianza de la ciudadanía, y su quehacer no está sirviendo para resolver las demandas de la población. Hay un descontento generalizado, que incluso cruza por el Poder Judicial, lo cual es muy grave. Es difícil que de esa Institucionalidad pueda generarse la salida que anda rumeando el costarricense con cierta angustia.
Entonces yo pregunto; ¿cuál es la salida? La respuesta no es fácil porque los problemas nacionales no tienen que ver solamente con el comportamiento o la incapacidad de las dirigencias políticas, ni con la deficiente gestión y prestación de servicios públicos de las instituciones. Hay una dimensión personal y colectiva como pueblo, de conductas, hábitos, usos y cultura en general de la población, que contribuye a la profundización de los problemas nacionales. La materia prima de la sociedad son sus habitantes, y muchos dirigentes que elegimos son el producto de la sociedad que tenemos con todas las virtudes y defectos. Si como población nos hemos perdido el respeto, si hemos hecho de la impuntualidad una ley, si disfrutamos criticando en los demás aquello que no cumplimos, si somos deshonestos en las cosas que hacemos, si somos mediocres en nuestros trabajos, si rendimos culto a la violencia, si evadimos el pago de nuestras obligaciones, si nos acostumbramos a mentir, en fin si hemos venido creando con nuestra conducta una cultura nacional de irresponsabilidad en los diversos ámbitos de la sociedad, de cinismo y de criticidad sin propuestas, y hasta de profunda indiferencia, es entones difícil que sin cambiar esa cultura que empieza con nuestros hábitos individuales, podamos encontrar una salida.
En ese contexto podríamos pensar que el cambio cultural personal y colectivo es condición fundamental para encontrar la salida y, con ella el salto cualitativo que requerimos como sociedad. Empero ese cambio no es de un día para otro, ni se hace sin la existencia de elementos o de acontecimientos inspiradores que impacten a la sociedad. Ya he dicho antes que hoy en día no tenemos líderes, que inspiren por su forma distinta de hacer las cosas y por su conducta ejemplarizante, ni tampoco existen partidos o entidades que no estén contaminadas por la desconfianza ciudadana.
¿Cuál podría ser un acontecimiento que nos pueda colocar en perspectiva de una salida y que conlleve además la definición de un nuevo rumbo nacional?
¿Será una nueva revolución? Creo que no. No existen las condiciones en Costa Rica para revivir episodios como los de 1948.
¿Será entonces la elección de un gobernante y de un partido que ilusionen con el cambio que el país reclama? Ese acontecimiento ya lo vivimos en la elección del 2014, y fue tristemente desaprovechado.
Quizás la única salida sea entonces convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para aprobar una nueva Carta Fundamental.
¿Por qué podría ser una salida la promulgación de una Nueva Constitución?
Primero porque es preciso visualizar una nueva integración, organización y funcionamiento de los poderes, rediseñando el Estado que ha perdido eficacidad, eficiencia, productividad y legitimidad. Esa nueva arquitectura que debería innovar la manera de relacionarse el Estado con la sociedad civil, solo es posible plantearla reflexiva y juiciosamente de manera integral en una Constituyente.
Segundo porque la nueva realidad del siglo XXI pareciera demanda una nueva legalidad, con una reflexión profunda de nuestra institucionalidad.
Tercero, porque la convocatoria para refundar Costa Rica por medio de la Norma Fundamental abre un espacio de participación no solo de las fuerzas políticas existentes sino de la sociedad en general sobre temas de fondo, por medio de propuestas e iniciativas que puedan ser entregadas a los constituyentes.
Cuarto, porque la Constituyente es el espacio idóneo, sereno, participativo, deliberativo, para que todos pensemos en el país y definamos en conjunto y mediante reglas claras un rumbo que se exprese en los nuevos contenidos constitucionales.
Quinto: Porque el mismo proceso constitucional concita al pueblo a proponer y a debatir en el marco de un proyecto país que no sea parcial sino integral. El proceso constitucional que debe ser formativo, es tan importante como el producto. Es una oportunidad para elevar la discusión pública de los temas nacionales.
Sexto: Porque el proceso permite que en la construcción de la nueva Costa Rica haya espacio para que se unan en ese propósito ciudadanos de todas las edades, sexo y religiones, así como de todas las banderas partidarias y personas independientes. Puede ser una oportunidad democrática de creación.
Sétimo: Porque la Constituyente representa una oportunidad para plantear una reforma estructural integral del Estado por la vía pacífica y democrática. Tenemos que parir una nueva visión política.
Octavo: Porque una Nueva Constitución tiene el valor agregado de crear esperanza, ilusión, renovación, y cambios culturales, intangibles todos, que son fundamentales para posibilitar el nacimiento de una nueva etapa en el desarrollo del país.
En resumen la Constituyente es sin duda una salida que debemos contemplar. Representa una opción para mejorar el país, manteniendo los valores, principios y garantías individuales, ambientales y sociales que hemos conquistado como pueblo, pero reformando de modo integral y estructural el Estado aparato, el cual no se encuentra a la altura de las necesidades y requerimientos que demanda la ciudadanía. Representa además la oportunidad de debatir y definir un rumbo país que estamos requiriendo, para que las decisiones y acciones que tomamos como Estado y como sociedad tengan sentido en la construcción de un nuevo horizonte de desarrollo democrático.
Quizás sea por eso, que en la reciente encuesta de la firma Borges y Asociados del mes de agosto del 2017, siete de cada diez costarricenses se hayan pronunciado a favor de que el país apruebe una nueva Constitución Política.
—
Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo y número de identificación al correo redaccion@elmundo.cr.