
Era diciembre de 1998 y atrás quedaba la corbata verde y los almuerzos de sánguche, Ginger Ale y Derby Suave. El cole, finalmente, había acabado y yo me debatía entre estudiar Ingeniería Mecánica o Historia.
En la radio, Chayanne aseguraba que lo había intentado todo y que, por si fuera poco, estaba dispuesto a dejar su credo, su pasado y su religión con tal de que la mae, esa mae que podía ser cualquier ser amado del universo, sin más, se quedara. El país estaba gobernado por Miguel Ángel Rodríguez y mis papás empezaban a sospechar de esas canciones de Silvio Rodríguez y de las letras de ese otro chileno que mataron los militares. Sospechaban, también, de la biografía del Che Guevara que pedí para el cumpleaños, de los comentarios donde yo solía pronunciar insistentemente la palabra “burgués” y, sobre todo, de esos libros de tapa roja que leía en las noches.
La suspicacia de mi mamá nunca fallaba.
Primero, allá por el año 96, fue algo tipo: “Yo creo que Fabi anda fumando”. Y sí, fumaba.
¡Fumaba montones!
Y en 1998 era algo aún más fatídico: “Yo creo que Fabi anda leyendo cosas de comunismo”.
Decidí, entonces, que quería trabajar como peón antes de entrar a la U.
Conocer cómo vivía la clase trabajadora.
Padecer los rigores de sus vidas.
Adolescente, feo y tonto, me creía Jack London en “La gente del abismo”.
Me creía Orwell en “Vagabundo en Londres y París”.
Pero aquello no era París ni Londres, por supuesto. Era San Blas, al norte de Cartago. Y no trabajaría para una oscura corporación de industriales decimonónicos, sino para el papá de uno de mis mejores amigos.
Teníamos que erigir una cerca de púas a lo largo de unos 200 metros.
Diego, Manuel y yo.
Un pickup nos recogía poco antes de las 6 de la mañana y, luego, nos llevaba de vuelta a Cartago a eso de las 3 de la tarde.
Al cabo de dos días tenía las manos destrozadas.
Mi abuelo, al verme las manos convertidas en una mazorca de ampollas, fue a su bodega de herramientas y me dio unos guantes de trabajo. “Son americanos, muy buenos”, añadió. Y claro que eran buenos. Es más, buenísimos. Los conservaba desde los años 40 y ya para fines de siglo XX, en diciembre de 1998, no pasaban de ser una especie de modelo de yeso que impedía cualquier flexión de las falanges.
El procedimiento de trabajo era más o menos así: Manuel, a modo de avanzadilla, chapeaba y removía obstáculos, mientras Diego y yo, atrás, poníamos los postes.
Desde el primer día la cosa pintó mal: Manuel le voló un machetazo a una manguera de agua que alimentaba las casas del frente. La relación con los vecinos, naturalmente, empezó a ponerse tensa.
Por ahí una protesta.
Una discusión.
Amenazas.
Miradas con mal brillo.
Enjaches.
Después vinieron los pequeños complots terroristas de los carajillos. Y, en algún momento, incluso, nos expropiaron las herramientas. Pero nunca, nunca jamás imaginamos que el conflicto escalaría a nivel de guerra bacteriológica.
Veintidós años después comprendo que todo fue minuciosamente calculado: una señora que confraterniza, que gana nuestra confianza, que nos cuenta sus penurias, que nos conmueve.
Llega un mal día en que la dichosa señora aprovecha nuestro cansancio y la asoleada de mediodía y lanza la ofensiva: “Muchachos, les hice un poquito de fresco de limón”.
Diego y Manuel, inteligentemente, fingieron beber.
Yo, que me creía el Che, que me creía el Cid en ese poema donde le agarra la mano a un leproso, me lo mandé todo.
Casi un litro de limonada corcor.
Al día siguiente estaba con fiebre y tenaces espasmos abdominales. Permanentes comparecencias ante el inodoro. Exámenes. Citas médicas. Y el frío diagnóstico de Luis Arrieta: “Este chavalo tiene una infección bien pegada. ¿Tomaste o comiste algo en algún lugar raro?”.
Tiempo después leí El bacilo, un cuento de H.G. Wells en el que un anarquista intenta envenenar las aguas de Londres, y supe que yo definitivamente no tengo pasta de revolucionario.
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