Columna Cantarrana

Noventas IV

El primer proceso globalizador ocurrió, precisamente, durante la Era de los Descubrimientos. Y si somos más precisos deberíamos decir que no se consolidó sino hasta la circunnavegación del globo. 

Ciertamente en la Antigüedad y en la Edad Media se experimentaron fabulosos fenómenos de integración y conectividad espacial, económica y cultural. Pero nunca antes estos fenómenos tuvieron una determinación tan concreta como lo es el carácter objetivamente global del viaje de Magallanes y Elcano. 

Durante los siglos XVI y XVII, por ejemplo, México y Lima tenían una conexión comercial mucho más dinámica con el Lejano Oriente que con la mismísima Europa. Así, el Galeón de Manila o la Nao china operó durante al menos 250 años y estableció, con mayor o menor suerte, eso que hoy conocemos como la cuenca del Pacífico. Las potencias disputaban rutas comerciales en los mares y mientras la Cofradía de los Hermanos singlaba en el Caribe, Francis Drake hacía lo propio en Valparaíso y en Arica. 

Cada época, desde luego, fabrica sus villanos. 

En los años noventa, bajo la hegemonía del consenso de Washington, se instaló un discurso análogo que exaltaba la integración económica y la facilitación del comercio. Se trataba, pues, de la era de la globalización y el mercado. 

El mundo entonces  cabía en un episodio de 90210 y en los alaridos impecables de Jon Secada. Costa Rica dejaba de ser una oficina pública con estatus de Nación y se convertía en una maquila con trabajadores subcontratados y taxistas que hacían las veces de colectivos a la entrada de un parque industrial. 

La crisis de la deuda había dejado una herida atroz y la memoria de las filas de los estancos y la nostalgia por el 8.60 se acuñaban en forma de rencor social. La ampliación de los márgenes del consumo agravaba, por supuesto, ese rencor social. Los tenis Broncos y las botas Bilsa empezaban a resultarnos, digámoslo así, polas, toda vez que apareciera un compañero con unas Nike Air o unas Reebok Pump. 

La apertura comercial, así, fue nuestra caída, fue el fruto prohibido: dejamos de ser inocentes cuando los productos importados nos echaron en cara que los productos nacionales, predominantemente, eran una porquería. 

Fue un proceso paulatino. Por ahí , de repente, alguien de la familia viajaba a “Los Estados” (porque modernizarse implicaba dejar de hablar de “La Yunai” y, en su lugar, hablar de “Los Estados”) y nos traía chocolates y chicles y tenis y suéteres y casetes de Nintendo. Por ahí, de repente, algún supermercado traía gaseosas importadas y uno entonces empezaba a coleccionar latas de refrescos. 

Fue la época del tetra-brik como novedad y de los relojes Swatch,  los festivales de Música Derby, el Verano Colgate y los anuncios de Belmont donde salía una muchacha preciosa que se llamaba María José. 

Y fue la época donde surgió ese otro tipo de interpelación a los sistemas hegemónicos universalmente conocida como piratería. 

Cada época, repito, fabrica sus villanos. 

Con todo, no estoy seguro de que las hazañas de Cavendish o Morgan tengan una jerarquía infinitamente mayor a la de esos audaces cinéfilos que se metían a las salas con una handycam de 8 mm o a la de esos tenaces contrabandistas que sorteaban puestos aduaneros en su camino de Paso Canoas a Chepe. Pero así como, seguramente, los ingleses y holandeses de los siglos XVI y XVII agradecieron la existencia de corsarios y bucaneros, nosotros, en la Cartago de los años noventa, agradecimos por las películas pirateadas de Van Damme y por las gorras de los Bulls que casi, casi parecían originales y que casi, casi anulaban el rencor social. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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