Nos robaron la libertad

Imagen generada con IA.

En Costa Rica, la educación pública nos ha hecho creer que somos un país libre. Sin embargo, si analizamos esta premisa con pensamiento crítico, podríamos concluir que es solo parcialmente cierta. Para comprender a fondo este tema, es necesario acudir primero a la definición de lo que realmente significa libertad.

En la tradición occidental, la libertad se define como la capacidad de la razón para autodeterminarse y elegir, sin estar sujeta a la voluntad de otros ni a coerción externa. Es actuar conforme a la propia voluntad, respetando los límites que hacen posible la convivencia. Se trata de un concepto multifacético que abarca la libertad física, la libertad de pensamiento (o libre albedrío), la libertad política y la capacidad de asumir la responsabilidad por las propias acciones.

A partir de esta definición tan esclarecedora, podemos formular una pregunta esencial: ¿somos los costarricenses verdaderamente libres? La respuesta debe ser contundente: no lo somos.

Como afirmaba el premio Nobel de Economía Friedrich Hayek, la verdadera libertad es la ausencia de toda coerción arbitraria de terceros contra un individuo. Y para comprender por qué no somos plenamente conscientes de la pérdida de esa libertad, debemos analizar el papel natural del Estado y la razón por la cual es indispensable limitar su poder.

Para el filósofo John Locke, el rol fundamental del Estado es proteger los derechos naturales del ser humano: la vida, la libertad y la propiedad. El Estado no otorga derechos; simplemente los reconoce y los resguarda.

Por tanto, cuando el Estado deja de ser garante de esos derechos y se convierte en un juez arbitrario que otorga privilegios —como ocurre con los pensionados de lujo, las universidades públicas que, mediante el FEES, enriquecen a sus burócratas, o los múltiples beneficios de ciertos grupos de poder— a costa del trabajo de los ciudadanos que pagan con sus impuestos esa “fiesta” del sector público, entonces podemos afirmar, sin duda alguna, que no somos realmente libres.

De ahí que, si queremos debatir sobre la fundación de una Tercera República, esta discusión debe partir del reconocimiento del rol natural del Estado y de la defensa irrenunciable de los derechos fundamentales del ciudadano. Solo así podremos recuperar la libertad que, poco a poco, nos han robado.

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