Este 2025 he sido crítico. Muy crítico. No por moda, no por protagonismo, sino por convicción. Mis publicaciones de este año generaron miles de interacciones —más de 3.000— y eso me confirmó algo importante: lo que está pasando en nuestro país no deja indiferente a la gente. Hay preocupación, hay interés y, sobre todo, hay conversación.
Por eso no quise cerrar el año con un simple “Feliz Año Nuevo”. No porque no lo sienta, sino porque no quiero pasar desapercibido en un momento donde el país merece reflexión, incluso en diciembre, cuando muchos están en modo toros, fiesta o cierre de año.
Sé que para algunos este mes es sinónimo de descanso, pero también sé —y lo confirmé recientemente— que la política se está colando en las conversaciones más cotidianas. Lo viví en carne propia cuando me reuní con mi generación del colegio. Sin buscarlo, sin provocarlo, el tema político salió en la mesa. Y lo que más me llamó la atención no fue la discusión, sino el nivel de información y preocupación que manejan muchos costarricenses al pensar en su voto.
Y eso dice mucho del momento que vivimos. Aunque hoy estoy alejado del ruedo político formal, sigo siendo un ciudadano atento. He sido crítico durante todo el año porque creo que callar ante lo que no funciona es una forma de complicidad. Pero también quiero ser claro: la crítica no tiene que venir cargada de odio ni de fanatismo.
No tengo nada en contra de Rodrigo Chaves ni de Laura Fernández. No son mis candidaturas favoritas, y decirlo no me convierte en enemigo de nadie. En una democracia madura, disentir no debería ser visto como traición, sino como ejercicio responsable.
Lo que sí me preocupa —y lo he dicho reiteradamente en mis publicaciones— es que muchas veces se confunde liderazgo con confrontación, firmeza con improvisación y popularidad con capacidad real de gobernar.
Más allá de partidos, nombres o preferencias, hay una verdad que no cambia: al final todos somos ticos.
Todos estamos bajo la misma bandera blanca, azul y roja. Y gobierne quien gobierne, mañana hay que levantarse a ganarse el arroz y los frijoles.
Eso es lo que nos iguala. Eso es lo que debería hacernos más responsables al momento de elegir. No se trata de desear que “mi candidato gane”, sino de que gane el mejor, porque el impacto no lo sufre un grupo político, lo sufre el país entero.
Este no es un mensaje para arruinar las fiestas. Al contrario. Es una invitación a que, entre cenas, comidas y brindis, hablemos con respeto, con información y con conciencia. Que discutamos sin rompernos como sociedad. Que entendamos que pensar distinto no nos hace menos costarricenses.
Cierro el año convencido de algo:
La reflexión ya empezó. Está en las mesas, en las conversaciones y en las preocupaciones reales de la gente.
Mi deseo para el 2026 no es solo un “feliz año”, sino un año de mejores decisiones, de su amigo Kirk Salazar Cruz.
Que escojamos bien.
Y que gane, de verdad, el mejor.