
Las enfermedades virales e infecciosas han acompañado al género humano desde su existencia. En general, los altos niveles de contagio y la persistente aparición de rebrotes, ha conllevado al colapso demográfico de innumerables escenarios; que por la gravedad de la sintomatología de algunos de estos eventos, trascienden en el imaginario colectivo, como una de las más ingentes desgracias que ha doblegado a los habitantes del planeta desde larga data.
Empero, son innumerables los momentos históricos donde el espíritu de la Navidad ha convivido con el fantasma epidemiológico, así la de asumir la ardua tarea de apaciguar el dolor que han sufrido millones de personas en esos momentos; que por sus condiciones de vulnerabilidad y precariedad han sido presa fácil de la muerte y la desolación. Más aún, doblemente castigados por la sempiterna pandemia que deja a su paso la ingrata pobreza y desigualdad.
Sin duda, el balance de todos los tiempos de la historia, señalan que la Navidad ha deparado varios significados y emociones. Pues gracias al estado anímico que propicia una de las épocas más hermosas, ha servido en tiempos de gran dolor y abatimiento, de marco espiritual inspirador para la esperanza y echar a andar los más altos valores de la solidaridad y las buenas causas.
Especialmente, en los momentos difíciles en que vivimos, que valga estas fechas, como un parte aguas, que deje atrás la acritud y a la vez, que nos alborea el devenir de mejores tiempos. En particular, que nos imbuya a emendar nuestro egoísmo y nos de coraje para asumir una actitud de ayudar a los que hoy por hoy luchan por sobrevivir. Asimismo para erigir una sociedad más justa, que permita enrumbar al país hacia un norte inclusivo y con grandes oportunidades donde nadie sobre o se le excluya por omisión o falta de acción.
En virtud de lo anterior, como sociedad en tiempos extraños, estamos llamados a emprender acciones e iniciativas sustantivas y responsables, que conlleven a resolver los diferentes problemas. Por ende, ser capaces de establecer una dinámica constructiva, en la cual podamos escuchar y entender diferentes voces y no solo, aquellas que erran en la indiferencia, la descalificación y en los frívolos criterios utilitarios, que solo benefician a los sectores hegemónicos
Al acabar un año tan olvidable y plagado de episodios difíciles para el país, demos chance para acabar con las trincheras y emerger de ellas para finalizar con la incomprensión, la desidia, la soberbia, el egoísmo político y económico; entre un sinfín de problemas, aberraciones y vanidades que han venido arrastrando a la sociedad costarricense a escenarios irreconocibles y casi sin procedentes.
Bienvenido sean tiempos en que reflexionemos y reaccionemos de manera constructiva, sobre la importancia de salvaguardar la lógica histórica de la institucionalidad democrática basado en el bienestar de las mayorías y no de unos cuantos que supeditan todo en nombre del equilibrio financiero y del clientelismo.
En esa línea, comprometámonos a aunar esfuerzos para trabajar en procesos que afecten de manera colectiva el bien común. Para el logro del cometido, es importante convertirnos en agentes de acción ciudadana responsables de garantizar sus derechos, pero también conscientes de su obligación de abandonar la indiferencia y ser parte de la solución activa de los problemas nacionales.
Con esa visión, hay que sobrepasar el nivel de espectador y transformarnos en gestores de sano cambio; pues no basta la crítica razonada, la presión y todo pulso. Más que eso urge la participación efectiva de cada uno para fortalecer la institucionalidad democrática costarricense.
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