Nadie es más que nadie: ¡Cómo el surco y la fe forjaron la libertad del tico!

» Por Dragos Dolanescu Valenciano - Doctor en psicología de la Universidad Alcalá de Henares.

Siempre se ha dicho que Costa Rica es la “excepción” de Hispanoamérica por su estabilidad y paz. Sin embargo, para entender nuestra democracia no debemos mirar hacia afuera, sino hacia más adentro: a nuestra identidad mestiza y a la herencia cultural que nos define. Nuestra libertad no es un accidente; es el fruto de una fusión única de valores.

La “Democracia Rural” el mestizaje en el surco

A diferencia de otros virreinatos donde se establecieron rígidas jerarquías, en la provincia de Costa Rica el mestizaje se dio en el campo. Al no existir grandes riquezas minerales ni mano de obra esclavizada masiva, el español, el mestizo y el indígena ( siglos después llegaron los afroamericanos y orientales) se vieron obligados a trabajar la tierra juntos.

Esta convivencia en el surco eliminó las distancias sociales que en otros países provocaron guerras civiles eternas. Así nació el igualitarismo tico: esa noción de que “nadie es más que nadie”, o como decía mi Ágüelo Gerardo allá en San Carlos “no brinque tanto que el suelo está parejos pa’ todos”.

Nuestra democracia no se firmó en un papel; se labró en el campo por un pueblo que compartía la misma mesa y la misma sangre.

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El legado de la Ley y la Institucionalidad

A menudo se ignora que nuestra vocación civilista proviene directamente del Derecho Hispánico. España trasladó a América una estructura de cabildos y leyes que priorizaban el orden jurídico. Los costarricenses heredamos esa “obsesión” por la legalidad.

Mientras otros buscaban la figura del caudillo fuerte, el tico —enriquecido por la formación intelectual de la cultura europea— buscó siempre el refugio de la ley. La democracia costarricense es el resultado de aplicar la institucionalidad occidental a la escala humana y sencilla de una población mestiza.

La Fe y el Cabildo: Semilleros del Bien Común, la fe cristiana no solo trajo espiritualidad, sino que funcionó como el verdadero pegamento social, la argamasa de la identidad costarricense. En la sencillez de nuestros pueblos, la Parroquia y el Cabildo Abierto eran el corazón de la vida pública; allí no solo se rezaba, se deliberaba. Fue en esos espacios de encuentro donde se fraguó la doctrina del “bien común”, la idea de que el progreso solo es legítimo si nos alcanza a todos.

A través de las parroquias, se sembró la noción de que cada individuo posee una dignidad sagrada, mientras que el cabildo nos entrenó en el civismo. Este tejido social, unido por la lengua española que unificó nuestro pensamiento, permitió que Costa Rica fuera pionera en apostar por la educación gratuita y obligatoria en el siglo XIX.

Un pueblo que aprendió a dialogar frente al templo y a decidir en el cabildo es un pueblo difícil de dividir.

Contra la fragmentación actual, el remedio la síntesis total

Hoy, corrientes ideológicas extranjeras intentan convencernos a los costarricenses, que nuestra democracia es un sistema de “opresión” heredado del pasado. Buscan dividirnos en grupos de víctimas y victimarios según nuestra etnia. Pero la historia y la ciencia nos dicen lo contrario: nuestra democracia funciona porque somos una síntesis.

Identificarnos únicamente con una parte de nuestro origen es renunciar a la totalidad de nuestra fuerza. El éxito de Costa Rica radica en que supimos tomar la disciplina y las leyes de Europa, la resistencia y el amor a la tierra del mundo indígena, la vitalidad y la fuerza del aporte africano, y la perseverancia y el espíritu emprendedor de la herencia oriental, que llegaron todos para engrandecer nuestra historia patria a través de la cultura y una integración ejemplar.

A modo de conclusión estimado lector,

Nuestra democracia es el testimonio más grande de que la Hispanidad en Costa Rica no fue una derrota, sino una victoria de la convivencia. Al reconocer nuestra herencia completa —lengua, fe y mestizaje de múltiples mundos— protegemos los cimientos de nuestra libertad. Somos un pueblo por cuyas venas corre la historia de naciones que decidieron dejar de pelear para empezar a construir un hogar común.

“¿Sentís que ese valor de que ‘nadie es más que nadie’ sigue vivo en nosotros los costarricenses , o estamos dejando que nos dividan?”

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