Esta semana las redes sociales se llenaron de etiquetas políticas: conservadores, indecisos, progresistas, verdaderos opositores. Cada figura pública levanta su bandera, defiende su espacio y busca protagonismo. Fabricio Alvarado protege su terreno, Laura Fernández ondea la bandera conservadora, Claudia Dobles gana visibilidad frente a Ariel Robles y Luis Amador se autoproclama como la oposición auténtica. Todos hablan, todos prometen, todos juegan su papel en la arena política. Pero mientras tanto, ¿quién habla por el costarricense común? ¿Quién entiende lo que realmente nos importa?
Porque el ciudadano no está pensando en ideologías, está pensando en cómo llegar a casa sin miedo, en cómo pagar la gasolina, en cómo evitar que el carro se le rompa por los huecos o las calles que parecen ríos. Lo que queremos es simple: seguridad, trabajo, educación, y dignidad. Queremos volver a la Costa Rica donde se comían tres tiempos sin preocupación, donde la escuela pública era motivo de orgullo y donde el “Pura Vida” no era solo una frase turística, sino una forma real de vivir.
Hoy vivimos en un país donde salir de noche da miedo, donde las noticias hablan más de asesinatos que de oportunidades, donde los hospitales colapsan y las carreteras se caen a pedazos. Canadá acaba de emitir una alerta de viaje por la inseguridad, y mientras tanto los políticos se enfrascan en debates sobre etiquetas ideológicas. Nadie quiere hablar del problema que todos sentimos en el estómago: que la vida se ha vuelto más cara, más insegura y más incierta.
Los políticos parecen seguir atrapados en un juego antiguo, donde lo importante es ganar la próxima elección, no reconstruir el país. Pero los ticos estamos cansados. Ya no queremos promesas, queremos resultados. Queremos caminar sin miedo, queremos ver a nuestros hijos estudiar con ilusión, queremos dejar de ver cómo la corrupción, la ineficiencia y la indiferencia se roban nuestro futuro.
El 55% de los costarricenses aún no sabe por quién votará. No porque no les importe el país, sino porque ya no creen en nadie. Ese silencio no es apatía, es una súplica: alguien, por favor, escúchenos. Queremos líderes que dejen de hablar de sí mismos y empiecen a hablar de nosotros. Que comprendan que el país no se arregla con discursos, sino con trabajo, con humildad y con visión.
Costa Rica no necesita otra campaña, necesita una causa. Necesita que nos devuelvan la fe, la esperanza y el orgullo de decir “soy tico” sin sentir que vivimos en un país al borde del colapso.
La política ya cambió, aunque muchos no lo entiendan. Los costarricenses ya no queremos izquierda o derecha: queremos soluciones. Queremos sentir que hay futuro. Queremos recuperar lo que nos pertenece: nuestra tranquilidad, nuestra confianza, nuestra Pura Vida.
Porque sí, Costa Rica: mientras ellos pelean por banderas, el pueblo lucha por sobrevivir.