Mi posición contundente contra el mal llamado “Impuesto a casas de lujo”

» Por Francisco Llobet Soto - Estudiante de la carrera de Ciencias Políticas, UCR

Quiero comenzar este escrito haciendo saber que estoy certero del hecho de que habrá muchos que no estén de acuerdo con lo que estoy por escribir. Están en todo su derecho de sentirse así. Por supuesto que soy consciente de que con este escrito no podré, de ninguna manera, alterar el estado socioeconómico de nuestro país, ni mucho menos, pero, al fin y al cabo, considero que hay muchos que coinciden con el criterio que estoy por expresar; es precisamente por ellos que redacto estas palabras. Por los trabajadores independientes, por los emprendedores, por los pequeños empresarios, y por los sectores emergentes de nuestro aparato productivo.

Introductoriamente, hay que esclarecer un detalle crucial para poder referirse al tema de vivienda. Me refiero a que una casa de 108 millones de colones, jamás puede, bajo ningún esquema racional de medición, considerarse una “casa de lujo”. ¿Por qué? El fenómeno se puede explicar desde muchas aristas, y en relación con diversos temas, pero lo podemos sintetizar con el alto costo de la vida. Durante los últimos años, como país hemos venido sufriendo un aumento desproporcionado en el costo de la vida, y en el tipo de cambio. Nuestra posición internacional en mediciones en cuanto a precios de los productos para el consumidor, da vergüenza, y continúa con una tendencia al aumento. Ponerse un emprendimiento es muy difícil, por no decir imposible. Hay una cantidad exagerada de cargas sociales altísimas, y de impuestos absurdos – de los cuales el Estado prácticamente no recauda nada. Las políticas monetarias implementadas por las últimas dos administraciones han generado una fuerte tendencia hacia la inflación. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, el hueco fiscal que heredó Carlos Alvarado de Luis Guillermo Solís? ¿Cómo olvidar, de igual forma, la pésima respuesta dada por Carlos Alvarado y por el Banco Central, la cual radicaba en imprimir billetes sin control, y sin plan de contingencia? Basta con revisar las cifras del IPC, más muchos continúan defendiendo la asfixia generalizada contra el sector privado. Lo más probable es que estos temas no sean fáciles de entender ni de manejar para aquellos que piensan que la economía es meterse a Twitter o Facebook a opinar sobre temas que no entienden, y publicar frases retóricas sin ningún sustento lógico de fondo, como la tendenciosa: “Eat the Rich”. Me refiero a las personas que no entienden el funcionamiento del mercado de valores, la ley de oferta y demanda, el tipo de cambios, la curva de Laffer, o que no se pueden poner a funcionar las maquinitas sin una fuerte justificación macroeconómica, como una recesión de gran escala; igual opinan, como si el dinero fuera un recurso inagotable, y no uno finito.

Independientemente de todos estos factores, me referiré a la noción errada, ya sea voluntaria o involuntariamente, de que una casa de 108 millones de colones es una casa de lujo. Cualquier persona que crea que en Costa Rica una vivienda cuyo costo radique en una cantidad parecida a la aquí expuesta, solamente podría pertenecer a los más adinerados, no entiende ni el concepto de inflación, ni la compleja situación inmobiliaria en nuestro país. El costo promedio para alquilar una casa de 45 metros cuadrados en Costa Rica, en una zona medianamente urbanizada, es mayor a los 225 mil colones al mes. Por supuesto que la compra directa de una vivienda implica muchísimos más costos y sacrificios, que implican más trabajo por parte del individuo, y sacrificios en otros campos de la economía. Si se ahorra para poder comprar vivienda digna, va a tener que aplicarse austeridad en casi todo el resto de gastos corrientes. La persona promedio debe recurrir al crédito para poder realizar estos pagos, lo cual genera endeudamiento.

Este supuesto “impuesto a las casas de lujo”, de lo que se encargaría sería de meterle más trabas a los sectores productivos emergentes, y deterioraría la posibilidad de grupos vulnerables de mejorar su condición, de comprar casa, y de invertir dinero en otro montón de actividades. Contraproducentemente, serían los integrantes de los círculos más adinerados – los ricos, o los burgueses, si se quisiera – quienes se verían menos afectados por este impuesto. Las personas del quintil social más favorable van a tener dinero, no importa qué. No es a ellos a quienes se les está garroteando, ni quienes dejarán de comprar casa. Ellos pagarán ese impuesto, si toca pagarlo – en defensa del impuesto, es prácticamente imposible de evadir. El problema viene siendo que se desincentivará al pequeño empresario, al agricultor, al obrero del día a día. No importa cuanto trabajen, nunca será suficiente, ya que la vivienda relativamente digna será cada vez más costosa; bajo el falso pretexto de que es un bien exclusivo para los ricos.

Desmitificando el la terminología común, este impuesto sería injusta y profundamente elitista. Esta devaluación del término “casa de lujo” condenará a la mayoría de trabajadores costarricenses a una esclavitud financiera. Por más que trabajen, se les imposibilitará acceder a las condiciones primas para desarrollarse integralmente, y se verán sumidos y suprimidos cada vez más en la miseria, en las deudas, y hasta en el hambre. La desigualdad es un problema importante de resolver. La desigualdad no conlleva pobreza únicamente, también inseguridad y violencia. Podemos discutir todo lo que queramos sobre esta problemática y de cómo abordarla, pero al final del día, hay dos posibles escenarios si la política contra la desigualdad se muestra efectiva. El primero, el modelo canadiense; 31,20 en el índice de Gini, con una proyección de pobreza de un 6% por ciento para el año 2030. O el modelo cubano, con un 40,70 en el Índice de Gini, la mejor cifra de la región, por ende, el país menos desigual; con entre un 40% – 51% de la población en algún grado de pobreza (según fuentes externas, el gobierno no deja medir, y presenta cifras distintas). ¿La gran diferencia? En Canadá todos son igualmente prósperos. En Cuba todos son igualmente pobres.

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El autor es estudiante de segundo año de la carrera de Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica. Graduado del Colegio Saint Paul en San Rafael de Alajuela, donde participé escribiendo y actuando de múltiples representaciones teatrales, tanto en inglés como en español. Soy un muchacho de 19 años apasionado por la política y por el cine. Políticamente milito en el Partido Liberación Nacional; participando por primera vez en la renovación de estructuras del 2021, encabezando una papeleta distrital. Esta papeleta fue la segunda más votada en Alajuela. En 2018 participé en la Olimpiada Nacional de Filosofía, donde se me pidió escribir un ensayo, quedando de tercer lugar. He podido participar en actividades mediáticas organizadas por la UCR; en Canal 15 y Radio U.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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