
Tengo 52 años de edad, oriunda de zona rural y residente de zona urbana, por lo que les puedo asegurar de que he sido testigo de grandes cambios en nuestra sociedad. Crecí en un pueblo donde casi todos pertenecíamos a hogares conformados por papá, mamá y hermanos. Nadie se divorciaba. Los chicos de madres solteras a menudo pertenecían a los sectores más pobres de la comunidad, pues la ausencia del padre implicaba un menor ingreso. Las familias eran numerosas, casi nadie tenía empleada porque las madres cuidaban a los hijos y los barrios eran hervideros de vida, ¡con tanto chiquillo jugando en las calles! Lo anterior no significaba perfección: todo lo contrario, ¡había problemas y muchos! Pero, la gente se tomaba muy en serio el asunto de darle a los hijos un hogar lo más estable posible.
La mayoría de las personas pasaditas de 30 años estaban casadas. Cuando cumplían los 30 en estado de soltería, eran automáticamente “solteronas”. Es decir, casarse era considerado un bien muy deseado. Yo también pensaba (y pienso) de esa manera. Recuerdo, en el colegio, un jueguillo tonto con un anillo de matrimonio colgado de un hilo: supuestamente nos indicaba la edad en que nos íbamos a casar. ¡Imagínense mi desazón cuando el bendito anillo no se movió conmigo! ¡Ni un ápice! ¡Casi me da un ataque! Bueno, años después me rebelé contra el destino del anillo y logré llegar al altar, con vestido blanco, corona, ramillete y toda la parafernalia completa. Una de las mejores decisiones que he tomado en toda mi vida, se los aseguro.
Bueno, más o menos en los años 80, al país se generalizó con fuerza la revolución sexual que se inició en Norteamérica y Europa en los 60. Con la píldora y otros métodos anticonceptivos, a las mujeres se nos vendió la idea de que por fin podíamos ser libres de hacer con el cuerpo lo que nos diera la gana (nunca compré esa idea, de por dicha). En esos años me vine a la ciudad, a estudiar en la UCR, en donde recibí el mejor adoctrinamiento posible. Se nos dijo que hombres y mujeres éramos iguales y que las mujeres podíamos hacer lo mismo que los hombres (¿¿de veras??). Aún recuerdo a la gente de la Asociación Demográfica Costarricense: “lo que es bueno para el ganso, es bueno para la gansa” (what??). Se nos trató de convencer de que era vergonzoso que una mujer deseara ser madre y esposa (“Susanita” era el apodo). Que la criatura en el vientre materno era un simple “cuerpito biológico” (¡horror de horrores!). Se nos vendió, sobre todo, el ideal de la mujer profesional, exitosa, guapa, adinerada, soltera y feliz. En caso de que estuviera casada, la profesión debía tener prioridad, pues dedicarse al hogar era un absoluto signo de enajenación.
Veamos la realidad de los hechos: Iguales en dignidad, hombres y mujeres somos divinamente diferentes, ¡en todo! El dimorfismo sexual se presenta desde nuestro primer instante en el vientre materno, lo que indica necesidades y aptitudes diferentes y complementarias. De ahí que, lo que lo que es bueno para el “ganso”, puede que no sea bueno para la “gansa” o viceversa. ¡Celebremos la diferencia y amémonos tal cual somos! Hombres y mujeres nos necesitamos unos a otros en la construcción de familias sólidas para nuestras futuras generaciones.
Ser madre y esposa es una labor terriblemente subestimada por la sociedad. El valor económico de las labores de la mujer en el hogar es incalculable. Una vez, cuando mis hijos estaban pequeños y yo los atendía a tiempo completo, hice un cálculo de lo que tendrían que pagarme por la calidad de mi labor y de mi disponibilidad, y resultó una suma altísima, ¡más que un diputado! ¡Casi igual a Barrenechea! En lugar de promover más y más guarderías, la sociedad se favorecería mucho más si educamos a nuestros jóvenes a ser mejores padres y madres, y si les facilitamos los espacios para que desempeñen de manera óptima esa gran labor.
Ahora bien, los jóvenes nuestros tienen un enorme desafío: la mayoría han crecido en hogares desintegrados. Con tasas de divorcio astronómicas, no tienen la menor idea de cómo formar hogares estables y matrimonios para toda la vida. En este sentido, la educación sería una herramienta fundamental en la formación de los jóvenes para el matrimonio. La sociedad se beneficiaría como un todo, pues es harto sabido que existe una relación entre el progreso económico y la nupcialidad. De hecho, el fortalecimiento del matrimonio tendría un carácter de urgencia en los sectores más pobres de la sociedad si quisiéramos favorecer el mejoramiento de sus condiciones de vida.
La idea de que la criatura en el vientre materno es un simple “cuerpito biológico” es quizá la cosa más estúpida que he escuchado en toda mi vida. Lo peor es que hay mucha gente que se lo cree y quiere hacer políticas con base en esa idea tan soberanamente estúpida. La verdad es que ese “cuerpito biológico” es un ser humano, ¡obvio!, pues no viene de un perro ni de un gato. Por lo tanto, como viene de un hombre y de una mujer, merece la misma dignidad de sus progenitores. ¡Hasta Condorito lo sabe! Esa gran estupidez la han utilizado para mitigar los sentimientos de culpa de millones de personas que han provocado abortos, pero no quita un hecho real y contundente: es un asesinato.
Otra idea, casi tan estúpida como la anterior, es la creencia de que los métodos anticonceptivos protegen a la gente de todo. La verdad es que no hay ningún método anticonceptivo 100% seguro, lo que ocasiona un sinfín de situaciones inesperadas, desde embarazos hasta infecciones de transmisión sexual crónicas y mortales. El uso masivo de anticonceptivos artificiales ha fragmentado el trinomio matrimonio-sexo-procreación, convirtiendo el sexo en una mercancía muy abundante y barata. Ya sabemos lo que ocurre cuando algo es abundante y barato: ¡No lo valoramos! Ahora tanto hombres como mujeres corren más riesgo que nunca de ser tratados como simples objetos sexuales. Y la cosificación sexual tiene relación con situaciones muy negativas como la ansiedad, la dependencia excesiva, los trastornos alimenticios, las adicciones y otros problemas graves.
Y termino con el gran cuento de la mujer profesional: exitosa, guapa, adinerada, soltera y feliz. ¡Ese tipo de mujeres casi no existen! Como dice el Dr. Jordan Peterson, hay una gran diferencia entre trabajo y carrera profesional. La mayoría de la gente tiene un trabajo, pues desarrollar una carrera profesional significa combinar pasión, vocación, realización personal, ingreso adecuado y alta productividad…. Y, ¡casi nadie lo logra! Sucede que muchas mujeres caen en la trampa de que ser madre y esposa es pura enajenación, se dedican con ahínco al trabajo y, al final, tienen sólo eso, trabajo. No son tan guapas ni tan adineradas ni tan felices como quisieran. Y les llega la menopausia… Solas… Sin hijos… Sin marido… Con un perro, o dos, o tres… ¡No se dejen embaucar! Si quieren quedarse solteras, OK, pero, ¡piénsenlo muy bien! La soledad es un gran problema de las sociedades desarrolladas que pronto tendremos encima.
Así que, mujeres y hombres del mundo, ¡unámonos! ¡No más engaños! La revolución sexual ya demostró su rotundo fracaso en darnos la felicidad que buscábamos. Tratemos de ser mejores personas, busquemos cómo sanar nuestras heridas, busquemos cómo podemos amar y servir mejor al prójimo. Estaremos mejor preparados para cumplir el maravilloso juramento del matrimonio, para superar los inevitables conflictos de la vida conyugal, para ser fecundos en el amor y para dar lo mejor de nosotros a los hijos, que es dar lo mejor de nosotros a la sociedad, a la historia y a la vida misma. ¡Adelante! ¡La Revolución del Amor nos espera!
—
Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, fotocopia de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr.