En el contexto actual de creciente inseguridad ciudadana, es imprescindible elevar el nivel del debate público para abordar soluciones sostenibles y estructurales. Si bien la reacción inmediata frente al aumento de la criminalidad suele concentrarse en medidas punitivas o de carácter represivo, es necesario ir más allá del síntoma y atender las causas profundas que alimentan este fenómeno. En esta línea, la evidencia internacional y los estudios en ciencias sociales coinciden en un punto fundamental: la educación integral es la herramienta más efectiva y sostenible para prevenir la violencia y la delincuencia.
Numerosos informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) han establecido una correlación clara entre el nivel educativo de una sociedad y sus índices de criminalidad. Países con sistemas educativos sólidos, que promueven la inclusión, el pensamiento crítico y la equidad social, tienden a presentar menores niveles de violencia y corrupción. La educación, cuando es concebida como un proceso integral desde la infancia —no solo técnico, sino también ético, cívico y emocional—, fortalece la cohesión social y reduce las condiciones de exclusión que muchas veces derivan en conductas delictivas.
Sin embargo, conviene ser honestos: la educación es una respuesta de mediano y largo plazo. Requiere continuidad en las políticas públicas, inversión sostenida, voluntad política y compromiso intergeneracional. Por ello, el ciudadano común que hoy sufre asaltos, robos o amenazas a su integridad, necesita también respuestas inmediatas que restituyan su derecho a la seguridad.
En este sentido, si bien aumentar la capacidad carcelaria o endurecer penas no representa por sí solo una solución integral, sí puede funcionar como medida disuasiva y como una señal clara de que el Estado no tolerará la impunidad. Porque la impunidad —esa sensación generalizada de que el crimen no tiene consecuencias— es uno de los principales factores que deterioran la confianza social y agravan la percepción de inseguridad. Literalmente esta minando la democracia y la fe en el sistema de justicia y las instituciones.
Una estrategia inteligente para enfrentar este problema debe, entonces, combinar dos elementos esenciales: educación y justicia efectiva. La educación debe ser la herramienta transformadora que construya ciudadanos libres, críticos y responsables. Pero al mismo tiempo, la lucha contra la impunidad debe ser la antorcha que garantice que la ley se aplica, que el delito se investiga y que la víctima recibe reparación.
No hay disyuntiva entre educar y sancionar. Son dos caras de una misma moneda. Apostar por la educación como vía estructural de transformación social no significa renunciar al principio de legalidad ni a la aplicación firme de la justicia. Más bien, es precisamente esa combinación la que permite construir sociedades más equitativas, donde los derechos se protegen y las obligaciones se respetan.
Solo si logramos formar ciudadanos conscientes desde la infancia, y al mismo tiempo garantizar un sistema de justicia que no tolere la impunidad, podremos avanzar hacia una seguridad auténtica, que no dependa de la fuerza bruta ni del miedo, sino de la confianza, la prevención y el imperio de la ley. Esa es la ruta: más educación, menos impunidad. Ambas son condiciones necesarias para una paz social duradera.