
Una democracia funcional en tanto régimen político promueve y facilita el diálogo como mecanismo para construir consensos, alcanzar acuerdos y sobre todo negociaciones entre actores políticos y sociales, que pese a su condición de minoría o mayoría, pluralidad y diferencias, están llamados a acometer el progreso nacional que es parte de la razón de la política.
El Estado democrático de Derecho favorece la participación ciudadana en el Gobierno y legitima al soberano para conversar con las autoridades públicas y electas, interactuar entre sí e intervenir en el proceso político en procura de respuestas institucionales a sus demandas insatisfechas y a los acumulados problemas socioeconómicos, culturales y ambientales.
El pueblo que deposita su confianza y delega su autoridad en las personas que elige en las urnas para que le represente con rectitud, eficiencia y eficacia, también reclama legítimamente su deber de perseverar en el diálogo auténtico y productivo que construye Patria, porque esta siempre ha de prevalecer frente a las autoridades transitorias, sus constantes y cuestionables conflictos y a las agendas separadas del interés público.
Una cultura verdaderamente democrática que reúne a gobernantes y gobernados está permeada por la igualdad política, libertad, legalidad, tolerancia y práctica diaria del diálogo, que apacigua en la confrontación y contribuye a desterrar la violencia como forma reprochable de hacer política.
El diálogo es un valor para la coexistencia en democracia y un método posible y deseable para sobreponerse a las discrepancias, que solo exige a los diversos actores políticos estar conscientes de su responsabilidad histórica para que prefieran la Patria y el desarrollo humano, superando situaciones de poder dividido y fragmentación parlamentaria.
Es en esos contextos que el diálogo muestra todo su potencial en la resolución de conflictos, dando lugar a formas colaborativas de la acción política, que incentivan la comprensión del otro o del diferente, porque además el soberano así repartió su poder. Basta con detener la obstrucción y mezquindades para equilibrar las posiciones, e identificar una agenda de mínimos que tenga en común el bienestar de los habitantes.
El diálogo político alimenta una sana convivencia civil como condición para el entendimiento de las diferencias, generación de acuerdos para la búsqueda de soluciones a los mismos problemas que afectan a la mayoría de la gente, que comienza a cansarse del monólogo, la amenaza y el engaño para obtener resultados políticos.
Para la filósofa alemana Hannah Arendt, la política “…representa la experiencia de compartir un «mundo común» por parte de una diversidad de sujetos…”. Es decir, para una coexistencia pacífica que abarca la dimensión de la política, no debe renunciarse a la búsqueda y práctica del dialogo entre los diferentes actores políticos y sociales, cuyas distintas expectativas y variados intereses, deben armonizarse y alinearse a su realidad común, que es la toma de decisiones para la solución de los graves problemas nacionales.
Mientras ello no suceda, la gobernabilidad democrática seguirá decayendo y gobernar será todavía más difícil, con pocos incentivos para coaliciones legislativas y escasos recursos para vencer egoístas bloqueos parlamentarios y de otra índole, y en tan inmerecido panorama para el pueblo, este continuará dudando de la democracia y las instituciones, de sus representantes y de la política en general, en un perverso juego donde nadie o muy pocos ganarán y la gran mayoría perderá. ¿Cajita blanca para mí?
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