Meses atrás, cuando la campaña política hacia el 2026 aún no iniciaba formalmente, comentábamos en esta página que ya algunos partidos y aspirantes parecían haberse dado por vencidos sin haberse movido siquiera el balón. Incluso mencionamos que estas podrían considerarse como las primeras elecciones parlamentarias bajo la actual Constitución, en vista de que la Presidencia parecía ni siquiera estar en disputa.
¿Qué ha cambiado? En esencia, nada. Aún los científicos del mundo no logran descubrir la manera de hacer entender a las fracciones legislativas de Liberación y Frente Amplio que su estrategia de golpear incesantemente al presidente de la República, con argumentos o sin ellos, está condenada al fracaso. Ni siquiera ahora, a seis semanas de las elecciones, y con sus candidatos presidenciales rechazados o ignorados por la ciudadanía, han tenido la inteligencia de entender que haciendo lo mismo no van a lograr resultados diferentes. Ya vamos casi por Navidad y todavía la izquierda parlamentaria anda haciendo contorsionismos jurídicos y políticos para ver si logran rasurarle ocho o diez semanas al periodo de Rodrigo Chaves (algo que nos hace recordar con ironía lo complacientes que fueron estos mismos dos partidos cuando decidieron hacerse los tontos con la solicitud judicial de levantamiento del fuero contra Carlos Alvarado por el caso UPAD, que corrieron raudamente a engavetar).
Además de una torpeza casi enfermiza, esto refleja una deficiencia más profunda: la nula autocrítica y la incapacidad de reinventarse, de la añeja casta política. Liberación Nacional, por ejemplo, todavía parece estar usando el infame “Memorándum del Miedo” de 2007 como manual de campaña: a estas alturas aún insiste en presentarse como la encarnación unigénita de la democracia, y al oponente de turno como un engendro del demonio que empujará a Costa Rica a una “dictadura” (la misma cantaleta de Figueres, Álvarez Desanti, Johnny Araya y Laura Chinchilla). Un discurso muy poco efectivo cuando la ciudadanía ya hace años les perdió el miedo, y aún menos cuando recuerdan al propio Liberación mirando para otro lado mientras el PAC dejaba al país sin garantías constitucionales. ¡Valientes “defensores” de la “democracia”!
Su socio hiperactivo en el Congreso, el Frente Amplio, no fanfarronea tanto de sus credenciales “democráticas” porque enseguida sus coqueteos con el sandinismo, el régimen venezolano y la vetusta “revolución” cubana salen a flote, de modo que su candidato ha optado por hacer una campaña que funcionaría mejor si estuviera aspirando a la presidencia de un colegio. Hasta irónico resulta que el partido que más se jacta de su “intelecto” y “preparación” haya terminado tomando como referente al impresentable “intelectual” Bad Bunny.
Otro elemento que no cambia: la candidatura presidencial que logra crecer es aquella a la que sus oponentes se encargan involuntariamente de hacerle la campaña. El asedio contra un Presidente con índices de popularidad inéditos en este siglo (algo que sus propios enemigos admiten, o no insistirían tanto en “traérselo abajo”) no ha hecho otra cosa que atrincherar a sus partidarios. No en vano todos los sondeos y encuestas de opinión publicados durante la campaña (incluso los de las universidades públicas, que revisaremos en breve) concuerdan en destacar el ascenso galopante de la candidata oficialista Laura Fernández, que de agosto a la fecha ha triplicado su base de apoyo, oscilando entre el 31% que le atribuye IDESPO-UNA y el 38% publicado por OPOL. Se trata, de hecho, de la única candidatura que ha mostrado una tendencia creciente, atizada por el buen cuidado que tiene Fernández de nombrar constantemente al presidente y venderse abiertamente como su continuadora. En contraste, el anémico respaldo a la candidatura del “liberacionista” Álvaro Ramos se ha desgastado durante el mismo periodo de un 8% a un 6%, dependiendo de la encuesta, y si conserva aún el segundo lugar, es porque sus contendientes más visibles se empeñan en autodestruirse, o bien porque representan alternativas aún más indeseables. Ramos se acerca paso a paso al margen de error, y su partido hacia la irrelevancia política: no sólo luce condenado a la derrota por cuarta vez consecutiva, sino a perder también el control del Congreso que ostenta desde 2006. Caso análogo el de Fabricio Alvarado, en rápida decadencia y presa de la desesperación al ver que su otrora “voto duro” pareciera haber migrado en masa hacia el oficialismo o hacia otras candidaturas como la de Fernando Zamora (PNG), y que ahora navega en un mar de disonancias, sin saber si le sirve más aplacar e intentar recapturar a sus antiguos (y desilusionados) seguidores, o sonar como el Frente Amplio despotricando frontalmente contra el presidente. Y ni hablar del PUSC con Juan Carlos Hidalgo (“Perro de Yeso” lo llamó un diputado de su propio partido), carente de olfato político y de conexión alguna con los votantes.
Un elemento más que debe ser abordado es el uso (y abuso) de las encuestas. Los datos de todas las empresas e instituciones son unívocos en determinar que Fernández le saca a su más próximo seguidor al menos 25 puntos porcentuales, y también que el porcentaje de “indecisos” se va pareciendo más y más al porcentaje de abstencionismo de las últimas tres elecciones. No se necesita ser brujo, ni tampoco un doctorado en Estadística, para entender que probablemente ese porcentaje se repita o incluso aumente ante unas elecciones tan poco competitivas, lo que (por supuesto) favorecería muchísimo a la candidata oficialista, que tendría la mesa servida para ganar en primera ronda y con una importante mayoría en el Congreso (algo que ningún partido ha tenido desde 1994).
Sin embargo, por alguna misteriosa razón, las dos encuestadoras de las universidades públicas (CIEP-UCR e IDESPO-UNA) han optado por usar sus sondeos, no para medir, sino para construir una narrativa distorsionada y poco realista (abanicando el rumor de que “preseleccionan” las muestras para asegurarle a sus favoritos un número decoroso). A inicios de la campaña, la UCR dejó escapar un “sondeo” donde los candidatos del PLN y el Frente Amplio aparecían con porcentajes de apoyo fantásticos, al punto de que la propia Escuela de Estadística tuvo que “regañar” a sus colegas. Pero desde entonces, ha quedado clara la historia que quieren contar desde sus oficinas: dado que no pueden negar el crecimiento de Laura Fernández, lo disimulan hablando de una cantidad casi infinita de indecisos y de una “inminente” segunda ronda (como si el abstencionismo fuera a ser cero). Y por añadidura, borran de un plumazo todas las candidaturas que no sean “progres”, a las que atribuyen números ridículos si es que las mencionan del todo (casos de Fabricio Alvarado, Fernando Zamora, Natalia Díaz o José Aguilar, que sí muestran índices de apoyo en las encuestas que no vienen de las universidades).
¿Para qué hacen esto? Para sembrar la idea de que las únicas alternativas frente al oficialismo son Liberación, el Frente Amplio y… ¡el PAC! ¡El partido que desapareció en las elecciones pasadas, y que ahora viene disfrazado de “coalición”, con otra bandera y otro nombre, pero con el mismo matrimonio al frente, al peor estilo de Rosario Murillo, Xiomara Castro, Cristina Kirchner, Isabelita Perón o incluso Hillary Clinton, y hasta con el mal disimulado favoritismo de funcionarios llamados a la escrupulosa “neutralidad”! La candidata de dicho partido, favorecida por el “inflador” pero vive en una crisis de identidad continua: acepta y niega al mismo tiempo su procedencia, aspira a la Presidencia y a una diputación, pide plata por SINPE pero parece pagar bien por saturar las redes sociales con publicidad, apela continuamente a la manipulación emocional (al mejor estilo progre) pero sin sustancia, esconde a su aborrecido esposo, y atrae a políticos de rapiña que no encontraron espacio en el oficialismo y que ahora, lejos de sumarle, podrían ser el ancla que la hunda de nuevo en las profundidades (dicho sea de paso, me encantaría ver qué tiene que decir Ottón Solís ahora que es pública la adhesión del círculo de Rafael Ángel Calderón). Así las cosas, pareciera bastante claro que las encuestadoras de las universidades no están intentando “medir”, sino “inducir” una narrativa cuya supuesta “heroína” es la única de las cinco mujeres que aspiran a la Presidencia que carece completamente de cualquier experiencia previa en cargos públicos, y la heredera conyugal del mandato peor valorado del último siglo.
Llegamos así a la “última vuelta” de la carrera electoral: el mes de enero, decisivo en las últimas cinco contiendas. En ninguna de las anteriores había llegado una candidatura con tanta ventaja sobre sus oponentes, pero aún está por verse si Laura Fernández cometerá el error catastrófico por el que “Progrelandia” parece rezar, si la narrativa falsificada en torno al “PAC zombie” logra engañar a algún incauto, si Álvaro Ramos sale del letargo, si Fabricio Alvarado y Natalia Díaz consiguen frenar sus caídas, o si alguna candidatura “quijotesca” a la manera de Fernando Zamora o José Aguilar logra saltar del pelotón y emprender una carga que ponga “patas arriba” las elecciones. Por ahora, en temporada navideña y con el fin de año en ciernes, habrá oportunidad de “ver los toros desde la barrera”.