Los tontos útiles en la política: una constante histórica

» Por Joseph Alfonso Rivera Cheves - Abogado penalista y analista en temas de derechos humanos y laborales

En la historia de la política existe una figura que atraviesa fronteras, ideologías y épocas: el tonto útil. Un actor secundario que, convencido de estar escribiendo la historia, termina siendo apenas una nota al pie. Son quienes prestan su voz, su entusiasmo o su prestigio a causas que, en realidad, los utilizan para fines ajenos.

Origen del término

El concepto suele atribuirse a Vladimir Ilich Lenin, quien describía así a intelectuales y simpatizantes occidentales que defendían a la Revolución Soviética sin pertenecer al comunismo.

Aunque no hay una cita textual documentada en sus obras, el término quedó instalado como categoría política. Lenin sí dejó claro que “la mejor manera de controlar la oposición es liderarla uno mismo” (Lenin, Obras Escogidas, 1920), frase que ilustra cómo el poder se nutre de quienes, sin darse cuenta, actúan bajo su control.

La utilidad del ingenuo

El sociólogo Raymond Aron advertía que “la política es el arte de lo posible, pero también de lo manipulable” (Aron, Introducción a la filosofía política, 1965). Esa manipulabilidad se materializa en los tontos útiles: figuras que creen estar influyendo, cuando en realidad son influenciadas.

El politólogo Giovanni Sartori lo diría con crudeza: “la democracia muere cuando los ciudadanos se convierten en rebaño” (Teoría de la democracia, 1987).

En la práctica, el tonto útil puede ser el diputado que repite un eslogan vacío, el dirigente comunal que defiende proyectos contrarios al interés público, o el ciudadano que comparte propaganda sin contrastar fuentes.

Ejemplos actuales

En América Latina abundan ejemplos. En Costa Rica los vemos cuando líderes locales se alinean con agendas corporativas disfrazadas de progreso, o cuando partidos políticos reclutan figuras mediáticas sin formación, que luego votan sin criterio propio.

En el plano internacional, los hay en movimientos nacionalistas, progresistas o conservadores: todos los bandos encuentran utilidad en la ingenuidad o la vanidad ajena.

El riesgo democrático

El peligro no es menor. Como advierte Hannah Arendt, “la mayor parte del mal en este mundo es obra de gente que nunca se decidió a ser buena o mala” (Eichmann en Jerusalén, 1963).

La banalidad de esa adhesión acrítica erosiona las democracias, pues convierte a las instituciones en cajas de resonancia de discursos prefabricados.

Enseñanza

Los tontos útiles no desaparecen; se reciclan. Pasan de ser intelectuales en los años treinta a influencers en el siglo XXI. El problema no es su existencia, sino la pasividad de una sociedad que, en lugar de cuestionar, aplaude.

Como recordaba Sartori, “la democracia no se sostiene en la emoción, sino en la razón crítica”. Y es precisamente ahí donde los tontos útiles representan un lujo que la política contemporánea ya no puede permitirse.

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