En Israel se suelen traer historias bíblicas al presente para compararlas con los sucesos actuales. Algo que, por supuesto, no resulta descabellado si tomamos en cuenta que su historia es la historia del gran libro que dio origen a toda la cultura occidental. Incluso yo, sin ser judío, caigo en este anacronismo para ilustrar a una audiencia o a un grupo de lectores sobre cuáles son los devenires del Israel moderno, como si aquello resultara más sencillo. Por eso hay quienes comparan a Netanyahu con el peor rey de la historia de Israel (Manesés), a sus ministros Smotrich y Ben Gvir con los Zelotes del Segundo Templo, y al grupo de ortodoxos antisionistas con la secta de los Fariseos.
Resulta además tentador mirar atrás para tratar de extraer lecciones para el presente, las decisiones en ocasiones cuestionables de una parte de la cúpula militar israelí en torno a la Guerra contra Hamas en la Franja de Gaza encabezada por el Primer Ministro Netanyahu, la implicación de ministros ultranacionalistas que manipulan a la opinión publican y tratan de llevar a cabo sus proyectos personalistas y suicidas, y la realidad de la guerra sobre el terreno parece bucles del pasado que resuenan con fuerza en el presente inmediato, y como mínimo, deberían invitar a la reflexión.
Hay 3 historias que me gustaría contarle al lector, de pronto ustedes, al igual que yo, saquen alguna enseñanza o valor en esas historias bíblicas que en ocasiones son tomadas como mitos antiguos, pero que se revisten de una realidad impresionante cuando miramos con ojo crítico.
Masada y la decadencia de la resistencia
Estas historias no se quedan en simples comparaciones que saltan a la luz cada vez que el Estado judío entra en una crisis existencial o a sus puertas llama una calamidad nacional. Algunas unidades del Ejército de Defensa Israelí, entre ellas las de los paracaidistas, realizan ceremonias de juramentación en la cumbre del antiguo fuerte de Herodes, al unísono de “Masada no volverá a caer”.
Para el pueblo judío no es ajeno lo que Masada significó en su momento y lo que allí ocurrió: un suicidio colectivo precedido de una rebelión fallida por parte de una secta judía, la de los zelotes y su facción más radical de los Sicarios, que no solo se rebeló contra Roma, sino que forzó a su pueblo a una batalla infértil que se sabía perdida. Los zelotes y sicarios liderados por Eleazar ben Yair, quemaron las reservas de alimento en el interior de la ciudad amurallada mientras el asedio del general Tito, en tiempos del emperador Vespasiano, se intensificaba.
Los zelotes insistían en que una vez agotadas las reservas de agua y alimento, el pueblo judío lucharía contra el poder romano. Ocurrió lo contrario, una intensa hambruna acabó arrasando la ciudad y las murallas cayeron. Una vez dentro, los romanos secuestraron, violaron y robaron todo lo que pudieron. Desde lo alto de una montaña, el historiador Flavio Josefo escribía:
“Así crecían las miserias de Jerusalén cada día más; y los sediciosos se irritaban aún más por las calamidades que sufrían, incluso mientras la hambruna se cebaba en ellos mismos después de haber consumido al pueblo. Y, en verdad, la multitud de cadáveres que yacían amontonados unos sobre otros era una visión horrible, y producía un hedor pestilente, lo cual era un obstáculo para quienes intentaban salir de la ciudad y luchar contra el enemigo.” (Josefo, Guerra de los judíos, VI, 1)
La hambruna, la muerte y la peste eran tales, que ocurrieron actos de canibalismo, como testimonia el cronista:
“Hubo una mujer, de nombre María, hija de Eleazar, de la villa de Bethezuba… La miseria y el hambre la empujaron a un acto contra la naturaleza. Tomó a su hijo de pecho y dijo: ‘¡Pobre niño! En medio de la guerra, el hambre y la rebelión, ¿para qué he de criarte? Sé mi alimento y sé para los sediciosos un ejemplo de hasta dónde llega el hambre’. Y, diciendo esto, lo mató, lo asó y se comió la mitad, guardando el resto.” (Josefo, Guerra de los judíos, VI, 3, 4)
Aun así, el sufrimiento de los judíos no convenció a ben Yair de abandonar la lucha. Junto a unos novecientos zelotes, huyó de la ciudad y se atrincheró en la inexpugnable fortaleza de Masada. Durante tres años resistieron el cerco romano, hasta que la derrota se hizo inevitable. Fue entonces cuando, según relata Josefo, decidieron arrebatarse la vida antes que someterse al yugo de Roma. Masada, hoy más que nunca, representa un duro mensaje para todo el pueblo judío, pero principalmente para sus líderes políticos: hay una delgada línea que separa la determinación del sacrificio absoluto.
Sansón: la fuerza de la tragedia
Otra historia no menos perturbadora, por las semejanzas y lecciones que podemos extraer, es la de Sansón. El libro de Jueces 16 lo presenta como un juez de Israel con una misión especial desde su nacimiento: “Él comenzará a salvar a Israel de mano de los filisteos” (Jueces 13:5). Fue nazareo desde el vientre de su madre, consagrado a Dios bajo un voto que le imponía no cortar su cabello, no beber vino y no tocar cadáveres. Su vida fue una mezcla de actos de heroísmo descomunal y errores fatales que lo llevaron, inevitablemente, a un final tan glorioso como trágico.
Su caída comenzó con la traición de Dalila. El texto relata que “apremiándole ella cada día con sus palabras, y molestándole, su alma fue reducida a mortal angustia” (Jueces 16:16). Al final, Sansón cedió y reveló el secreto de su fuerza. Lo raparon, lo cegaron y lo llevaron cautivo a Gaza, donde lo exhibieron como trofeo y lo obligaron a moler grano como un esclavo, mientras sus enemigos celebraban su aparente derrota.
Pero la historia da un giro inesperado. Sansón, debilitado físicamente pero no derrotado en espíritu, empezó a recuperar el signo externo de su consagración: su cabello. Convocado como entretenimiento en el templo del dios Dagón, pidió ser colocado entre las dos columnas principales del edificio. Entonces clamó: “Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez” (Jueces 16:28). Con un esfuerzo sobrehumano derribó el templo, sepultando bajo sus escombros a miles de filisteos… y a sí mismo.
La Biblia enfatiza que en ese instante mató a más enemigos que en toda su vida, pero el costo fue absoluto: Sansón murió cumpliendo lo que él creía era su misión. La autodestrucción y la ruina fue el costo que se pagó por los errores que cometió, nada menos que en Gaza. El lector podrá estar o no de acuerdo con la alegoría, Sansón no es la representación en sí misma del Estado y el pueblo Judío, fue un solo hombre que hizo caer sobre sí las columnas con tal de destruir a sus enemigos, pero basta un solo hombre para tomar una mala decisión y que unos pocos lo acompañe al resonar de los tambores.
Quizá lo más inquietante es que, siglos después, Gaza sigue siendo escenario de conflictos y tragedias, donde aún resuena la lógica implacable de “si debo caer, que todos caigan conmigo”.
Israel -una vez más- en la encrucijada
No es la primera vez que el pueblo judío se enfrenta a dilemas existenciales que resultan determinantes para la continuidad de su tradición, su cultura y su ethos, no por ello dejan de ser difíciles y coyunturales para su supervivencia. Pese a ello, nadie debe dudar de que Israel y los judíos continuarán, pero la forma en que lo hagan depende de las decisiones que se tomen ahora.
Las recientes decisiones de Netanyahu y quienes le secundan, insertan a Israel en una posición muy compleja. La guerra que está enfrentando no se parece a ninguna que se haya enfrentado en el pasado antiguo y reciente; esta guerra está diseñada para perderla aunque se gane, ya Hamas en el pasado reciente ha demostrado tener una capacidad de resistencia muy amplia, las razones son diversas, pero la principal es el apoyo innegable que recibe de grupos afines y que forman parte del llamado mundo occidental, si bien es cierto ningún gobierno democrático que se precie le daría su adhesión a Hamas, tampoco ninguno de ellos apoyaría el desarrollo de la guerra tal cual se está librando en este momento.
Los lideres europeos con Macron a la cabeza, han amenazado a Israel en diferentes ocasiones de quitar no solo su apoyo militar, sino también diplomático, insisten en que, de continuar la guerra reconocerán a Palestina como un Estado aunque lo que haya ahí ni si quiera tenga una continuidad territorial o un gobierno que pueda liderar un grupo poblacional.
Mientras Israel resiste estas embestidas, Hamas resiste en los túneles con 50 rehenes a su haber, que, casi dos años después desde el 07 de octubre, han aguantado el sofoque militar y el asedio que Israel ha implementado, por eso parece que nada de que lo que está ocurriendo o vaya a ocurrir, cambie radicalmente en los próximos meses.
Hamas ha utilizado de forma estratégica los medios de comunicación y se ha convertido en los dueños de la opinión pública manejándola básicamente a su antojo, mientras Israel destruye sus túneles y da de baja terroristas, la imagen pública del Estado judío es mermada por el desfile de imágenes y noticias falsas que circulan en las redes y en las portadas de los principales medios de prensa. Y ahí es donde está el detalle, no hay guerra que se pueda ganar si no se cuenta con el respaldo de la opinión pública y sobre todo de tu misma población.
La tela de araña en la que se encuentra el pequeño David lo acerca cada vez más a su presa, cada decisión es un tejido más en el que Israel se enreda y no puede salir, parece ser que el pueblo de los milagros necesita uno ahorita misma. Cada hilo que teje la tela es una decisión; y cada decisión, un paso más hacia el punto donde escapar parece imposible.
Por ello, el análisis no se debe de centrar si Israel ganará o no está guerra, el verdadero dilema es donde quedará el pequeño David una vez que acabe.
La cuenta regresiva
Nunca ha habido un Israel independiente que haya superado la barrera de los ochenta años. Desde David hasta la conquista babilónica, desde los Macabeos hasta la llegada de Roma, y ahora, casi ochenta años desde la independencia lograda en gran parte gracias al sionismo. Puede parecer un dato cabalístico, pero no debería sorprendernos si los que hoy se asumen como profetas del apocalipsis —modernos y antiguos— siguen conduciendo a Israel hasta el borde del aislamiento y la fractura diplomática.
Nietzsche nos dejó varias frases para pensar, cierro con una que me resuena como una advertencia para estos tiempos: “Quien con monstruos lucha debe tener cuidado de no convertirse él mismo en monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.”
Hoy, Israel mira de frente al abismo. Y la pregunta es si, en su lucha por sobrevivir, logrará no convertirse en aquello que más teme. O si, como Sansón y los zelotes, descubrirá demasiado tarde que su victoria fue, en realidad, el principio de su propia destrucción.