Los fuegos de artificio de Rolando Araya

RolandoPor Javier Solís 

Una vez estuve  con unos amigos gallegos en un local de copas en La Coruña. Prácticamente a oscuras. Taburetes y mesas rústicas. Todo incómodo, sobre todo cuando uno tiene las piernas largas. Un gran fogón de leña en el centro con un trípode de hierro y un caldero grande de cerámica sobre los tizones ardiendo, sentado en tres piedras grandes. El humo tiraba por una rústica chimenea abierta en centro del techo. En el caldero hervían varios litros de orujo, el aguardiente de uva característico de la región, con su buena porción de azúcar. Cuando ya nos acostumbrábamos a la oscuridad, apareció un personaje alto, huesudo, con larga  barba cana y la cabeza cubierta por un capuchón blanco, que era parte de la túnica blanca que le tapaba hasta las puntas de los pies. Supuestamente un druida celta. Barría con la túnica de tela vasta el suelo de cerámica tosca roja a medida que avanzaba hasta el caldero. Del trípode cogió un cucharón, que los españoles llaman cazo, de largo mango también y también de cerámica. Comenzó a levantarlo un metro o más y dejar caer aquel alcohol de 50 o 60 grados de nuevo al caldero, que en su caída se evaporaba en múltiples e intensas llamas azules, rojas, verdes, blancas. Los estallidos claros y oscuros de las llamas, que parecían emanaciones solares en aquella densa oscuridad, alumbraban primero al druida, como si fuera un fantasma, el dueño de la luz, y proyectaban su sombra circularmente, a medida que él daba vuelta al caldero. Para los que quedábamos momentáneamente cubiertos por su sombra engrandecida la sensación era de exclusión, estar fuera de aquel akelarre.

Sí, akelarre. Lo he revivido desde el momento en que abrí el libro de Rolando Araya, Testigo de excepción, en el asiento del bus que me llevaba desde Puntarenas a Managua. Leí por horas sin parar y lo veía a él meter el cucharón en el orujo azucarado hirviendo y lanzar destellos de fuego a su voluntad que se estrellaban en mi conciencia gestos, palabras, sentencias, anécdotas, rostros, datos, ciudades criollas o lejanas de todo el mundo, personajes, conocidos todos, tanto nacionales como extranjeros, de proyección mundial y probablemente cuya historia está por escribiese. Una verdadera brujería. Creo que reviví los efectos del orujo tomado en esa ocasión. Llegué borracho de nombres, fechas, países, ciudades, vinos y puros y hechos a Managua. Las ondas de fuego y luz, mejor que en el Aprendiz de brujo de Paul Duccas, eran al mismo tiempo divertidas -¿quién no conoce el excepcional talento de cuenta cuentos de Rolando Araya?- eruditas, críticas, audaces, originales, ignoradas hasta ahora.

Digamos que este libro irá cobrando el valor de una fuente primaria de la historia, imposible de pasar por alto, a la hora de elaborar una visión crítica de los múltiples acontecimientos  y personajes a los que hace alusión el druida Rolando. Se convertirá en la referencia imprescindible. Muchos de los hechos narrados tienen o tendrán otra interpretación. El desafío para los historiadores será confirmar el testimonio primario de Rolando o aportar otros hechos que lo desmientan. ¿Son fuegos artificiales producidos por su magia apasionada o son el video fielmente grabado? ¿Estamos los contemporáneos bajo el efecto del orujo cuando nos estallan en la cara los últimos 75 años de nuestra historia?

Este juego de pólvora que es Testigo de excepción es un libro excepcional. Lo que hasta ahora se ha escrito sobre la vida de Costa Rica de los últimos 75 años es más historiográfico que lectura inteligente. Por ejemplo, sobre la personalidad más sobresaliente de la época, José Figueres, que ocupa la mayor porción del libro del druida Rolando, la única visión antropológica documentada de su persona es la de doña Enrietta Boggs, su primera esposa (Casada con una leyenda, don Pepe). Los mismos libros que tienen a Figures como autor son de una gran mediocridad, porque en realidad no los escribió él, como él mismo me lo dijo personalmente. Peor suerte han tenido Sanaría y Rafael Angel Calderón. Sólo se han publicado adulaciones. Con excepción del trabajo que lleva acabo Miguel Picado sobre Sanabria.

Testigo de excepción es, socialmente, una gran provocación. Ya quedamos pocos cotestigos de algunas de las anécdotas de Rolando. Pero sabemos que una nueva generación de historiadores está en la tarea. ¡Déjense provocar por el brujo Rolando!

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