Aunque hoy los hechos que conocemos como la Shoá parezcan encajar con claridad, como piezas perfectamente ordenadas de un enorme rompecabezas, durante su desarrollo no se vivieron de ese modo. No fue una historia lineal ni evidente para quienes la atravesaron. Lo que hoy entendemos como un todo fueron, en realidad, piezas dispersas que la historiografía logró reconstruir con el tiempo. Así pudimos comprender las fases del ascenso de una dictadura, de un líder carismático y de grupos extremistas que lograron transformar sociedades que se creían estables y civilizadas en auténticas maquinarias de terror y destrucción.
Por eso es relativamente común que quienes comienzan a adentrarse en el estudio de este genocidio se pregunten: “Si estaba tan claro que Hitler quería destruir a los judíos, ¿por qué no huyeron?” La respuesta es simple y perturbadora: no estaba tan claro. Y, sobre todo, no se consideraba posible.
Cada ajuste de tuerca del nazismo durante sus doce años en el poder fue tan sutil como violento. Medidas graduales, normalizadas, envueltas en discursos de orden, patria y protección nacional. Incluso en las últimas etapas del exterminio, mientras algunos judíos eran transportados en vagones rumbo a Treblinka o Majdanek, los testimonios de los sobrevivientes coinciden una y otra vez en una misma sensación: la imposibilidad de creer en un crimen de tal magnitud. La propaganda, el hambre, el frío y el agotamiento distorsionaban la percepción de la realidad hasta volver la fantasía más verosímil que la verdad.
Antes incluso de consolidar su política racial y de exterminio de minorías, la primera gran movida del nazismo fue la anulación de las garantías individuales y la persecución sistemática de los opositores políticos, todo bajo el pretexto de proteger a la nación y a la patria. Por eso la Shoá sigue siendo tan relevante hoy. Porque es un espejo.
Un espejo de nuestra conciencia que nos grita: “Si ves cómo empieza, puedes entender cómo termina”.
No estamos, al menos no aún, frente a un desafío de la magnitud del vivido entre 1933 y 1945. Pero si los matices de aquel proceso nos enseñan algo, es que no debemos desdeñar las señales. No podemos desviar la mirada ni fingir que lo que ocurre —o podría ocurrir— no forma parte de nuestra responsabilidad individual y colectiva.
Ayer, en el calendario civil, se recordaron 81 años del fin del proceso de exterminio sistemático de judíos a manos del nazismo y de una Europa que se creía civilizada. Y aunque el Holocausto fue —y seguirá siendo— el mayor crimen cometido en la historia de la humanidad, también es necesario recordar que, en medio de esa oscuridad, hubo personas que no se dejaron arrastrar por líderes carismáticos, mentiras ni propaganda. Personas que no temieron arriesgar su vida para salvar a otros: los Justos entre las Naciones.
Rezo para que en mi país, y en el mundo, sigan existiendo personas capaces de mirar de frente las amenazas del presente. Personas que no confundan prudencia con silencio, ni neutralidad con responsabilidad. Personas que entiendan que la defensa de la democracia no comienza cuando ya es tarde, sino cuando todavía parece exagerado preocuparse. Porque la historia no avanza de golpe: avanza cuando cedemos un poco, cuando toleramos lo intolerable, cuando dejamos pasar lo que incomoda pensando que no es asunto nuestro. Y cuando finalmente comprendemos la magnitud del daño, muchas veces ya no queda margen para actuar.
Recordar la Shoá no es solo un acto de memoria hacia el pasado; es una advertencia para el presente. Nos recuerda que las libertades no desaparecen de un día para otro, que el autoritarismo suele llegar envuelto en promesas de orden, y que la pasividad también es una forma de elección. Por eso, hoy más que nunca, no mirar, no decir y no actuar también tiene consecuencias.
Recordemos, finalmente, las palabras del sacerdote Martin Niemöller, escritas en aquel contexto:
“Cuando finalmente vinieron por mí, ya no había nadie para protestar”.