
La gran dimensión del fútbol como juego y como deporte es la competición. La capacidad para superar a un adversario es el motivo principal por el cual el fútbol se estructuró como deporte y se diversificó en su disciplina compleja hasta elevarse a la cima de los deportes de equipo.
Pero dentro de esta competitividad existen algunas fases que se han de ir recorriendo hasta culminar en el desenlace final, que es convertir a un colectivo cohesionado en competente para confrontar a un rival y ganarle dentro de todo el compendio de posibilidades que ofrece el juego.
En un equipo de fútbol, como LDA, el jugador debe competir en primer lugar consigo mismo. El jugador ha de desarrollar las estructuras básicas necesarias para evolucionar y adaptar sus potencialidades en términos de destrezas y habilidades, capacidades cognitivas y talentos condicionales que le permitan comportarse como lo que es, un jugador profesional, adaptativo y dinámico con capacidad para crecer dentro del ámbito de la incertidumbre.
Esto supone, que el jugador se entrena para desarrollarse en todos los campos en los que el juego le requiere y le exige. Por lo tanto, el jugador adaptará sus capacidades competitivas a un espacio delimitado dentro del contexto general del equipo, enmarcado dentro de una estrategia operativa en la que se le definirán las misiones tácticas específicas para cada partido.
Es por ello, que en el proceso de entrenamiento, la competitividad de las sesiones deben facilitar y dinamizar este tipo de conductas para determinar quiénes son los candidatos más idóneos en cada momento para ocupar la posición correspondiente, en función de los propios objetivos competitivos que tiene la LDA como equipo y en contraste a las características particulares de los adversarios que se van a confrontar.
En cada práctica, el entrenador debe ser capaz de abstraer del rendimiento general del grupo, la capacitación individual de cada jugador en cada puesto para poder elegir al idóneo. Esta idoneidad vendrá marcada por parámetros y variables que pueden diferir en función a las características de los rivales.
Finalmente, competir implica aceptar el duelo con un rival al que se ha de superar. Es necesario vivir el desafío, sentir el duelo, establecer competencia con un rival para ganarle, superarle, sabiendo que el mayor rival es uno mismo. Uno se enfrenta consigo mismo por ser capaz de expresar todo su talento ante la mayor exigencia y dificultad, también bajo cualquier circunstancia. Las armas en ese duelo son claras: esfuerzo, trabajo y competencia emocional para gestionar con eficacia el examen que supone cada entrenamiento y cada partido. Ganar consiste en ser capaz de desatar la excelencia, desarrollar el mejor trabajo, expresar el talento en su amplitud, gestionar con eficacia, ser competente. Es un examen diario consigo mismo por elevar el nivel de calidad del propio trabajo que va poniendo en disposición de superar a adversarios desde el hábito de trabajar más y mejor cada día.
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