Columna El silencio NO es oro

Laura Fernández y sus 31 diputados: otro capítulo del manual de derrotas de la oposición

La derrota opositora de 2026 no fue un accidente ni una “mala noche electoral”. Fue una radiografía. Y lo que esa radiografía muestra incómoda porque apunta a una causa más profunda que el candidato de turno o el clima del momento: la oposición costarricense se presentó a estas elecciones sin una razón clara para existir como bloque político y, peor aún, sin una teoría mínima de cómo se gana una elección en 2026. En un país con una crisis de seguridad que domina el ánimo público, con hartazgo contra “los de siempre” y con un oficialismo que aprendió a convertir la política en un plebiscito emocional sobre orden y ruptura, la oposición llegó dividida, tibia y con marcas partidarias que ya activan anticuerpos antes de que el candidato abra la boca.

La victoria de Laura Fernández fue, sobre todo, una victoria aritmética en una cancha que la oposición decidió jugar con las manos atadas. Con un umbral del 40% para ganar en primera ronda, lo único que la oposición no podía hacer era pulverizarse en un menú infinito de candidaturas, cada una compitiendo por su microaudiencia, su ego, sus colores y su sigla. Y eso fue exactamente lo que hizo. Fue una contienda altamente fragmentada, con 20 candidaturas, mientras Fernández superó el umbral en primera ronda con alrededor de 48% y Álvaro Ramos quedó cerca de 33%. A partir de ahí, todo el discurso del “contexto imposible” suena más a excusa para no mirar el espejo.

La oposición quiere que el país crea que perdió contra una ola imparable. La verdad es que perdió contra su propia incapacidad de coordinarse a tiempo. Porque coordinación no significa amor ideológico, significa supervivencia electoral. Y ni siquiera pudieron hacer eso. Ya existía, desde mucho antes, la discusión pública sobre la necesidad de una coalición para enfrentar al oficialismo, y aun así la mayoría de partidos y figuras decidió marcar tarjeta por separado, como si estuvieran compitiendo por un puesto en la historia y no por el poder real. Lo grotesco es que cuando el miedo les tocó la puerta, sí reconocieron el problema… solo que tarde, y en público. El famoso “Antidebate” juntó a Ramos, Dobles, Robles e Hidalgo en una misma mesa, hablando ya de unidad, casi como confesión de culpa. El país no vio estadistas construyendo una alternativa, vio candidatos descubriendo en vivo lo que cualquier operador electoral entendía desde el inicio: que la dispersión era el camino más corto a la derrota.

Ahora, incluso si uno les regalara el argumento de que “no se podía hacer coalición”, queda el segundo pecado mortal: hablarle a un país que no existía. La elección terminó siendo un referéndum sobre seguridad y orden. ¿Y qué hizo la oposición con eso? Lo administró como si fuera un tema más del programa, no el corazón emocional de la campaña. No construyó una propuesta que dominara la conversación, no se apropió del lenguaje que la gente estaba usando en la calle, y encima dejó que el oficialismo monopolizara la narrativa del “orden” como si fuera su propiedad privada. Para colmo, parte de la oposición se aferró a un libreto que ya no asusta como antes: el “cuidado con la dictadura” dicho en abstracto, sin aterrizarlo a hechos cotidianos que la gente sienta en el cuerpo. Y cuando una sociedad está asustada por balaceras, narco y homicidios, hablarle como si estuviera en un seminario sobre erosión democrática sin conectar eso con su vida real es, políticamente, hablarle al vacío.

La tercera razón es la más cruel porque depende de reputación acumulada, es decir, ciertas siglas hoy restan. El mismo fenómeno se vio reflejado en el mapa legislativo: el Partido Pueblo Soberano obtuvo una mayoría enorme de diputaciones y el PLN quedó bastante atrás, con una oposición reducida y dispersa. Esto no es un detallito, es una señal de arrastre y de confianza. Y es que el votante promedio no está eligiendo entre “propuestas”; está eligiendo entre identidades políticas. Para un sector enorme del país, PLN, PUSC y todo el ecosistema que huela a “lo de antes” se sienten como la causa del estancamiento, aunque el diagnóstico sea debatible. Entonces, cuando la oposición se presenta otra vez con la misma estética, la misma liturgia del consenso, el mismo tono de gerencia, lo que el votante oye no es “seriedad”, oye “lo mismo de siempre”.

Pero lo que me llama genuinamente la atención es que esta vez la gente sí salió a votar. Se acabó la coartada cómoda del abstencionismo como explicación mágica. La participación rondó el 69% y el abstencionismo cayó cerca de 30%. O sea, la cancha estuvo llena. La oposición no perdió porque el país se quedó en casa; perdió porque, con más gente votando, el oficialismo fue el que se llevó la ola emocional y territorial. Y eso es devastador, porque significa que la oposición no solo no convenció indecisos: ni siquiera logró convertir el “aumento de participación” en un castigo al poder. Al revés, se convirtió en gasolina para la continuidad.

Con todo esto, la hipótesis se sostiene bastante bien: la oposición no perdió por mala suerte, perdió porque estructuralmente no sabe quién es. No sabe si quiere ser alternativa de orden sin complejos, o refugio moralista de “normalidad democrática”, o alianza técnica de administración pública, o plataforma de identidades culturales. Quiere ser todo a la vez para no perder nichos, y termina siendo nada para ganar mayorías. Se divide porque cada mini liderazgo prefiere su parcela a una arquitectura común. Habla como si el país estuviera en otra conversación. Y se presenta con marcas que ya generan rechazo antes de arrancar.

Lo más irónico es que, si esto no cambia, la oposición va a seguir haciendo lo mismo y después va a volver a sorprenderse con el mismo resultado. Va a culpar al populismo, a las redes, al miedo, a la polarización, a la prensa, al algoritmo, a lo que sea con tal de no aceptar lo esencial: en 2026, el oficialismo no solo ganó votos; ganó el derecho a contar la historia del país. Y la oposición, por incapacidad estratégica, le entregó la pluma.

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