¡Laura Fernández y la continuidad que no pide permiso!

» Por Milton Madriz Cedeño - Politólogo, experto en gestión pública y gobernanza

Las encuestas no votan, pero sí revelan dónde está parada la conversación pública. En los últimos tres meses, la tendencia ha sido consistente. En noviembre, el IDESPO de la Universidad Nacional colocó a Laura Fernández al frente con 28,1 por ciento. En diciembre, la misma medición la mostró subiendo a 32,8 por ciento. Hoy, 22 de enero de 2026, el IDESPO vuelve a medir y la ubica con 39,9 por ciento de intención de voto entre quienes dicen estar decididos a votar, con indecisos todavía relevantes, 35,2 por ciento. No es una profecía, pero sí una señal de dirección.

Esto no es un accidente estadístico. En ciencia política, cuando una candidatura captura el centro del conflicto y logra ordenar el debate público a su favor, tiende a consolidarse. Laura Fernández no compite solo por simpatía personal, compite por continuidad de rumbo. Y ese rumbo tiene un nombre que irrita a la vieja política, Rodrigo Chaves. La encuesta del CIEP de la UCR ha registrado una aprobación presidencial del 58 por ciento. Ese capital político suele transferirse cuando la ciudadanía interpreta que el rumbo general del gobierno ha sido útil para su vida cotidiana y para la estabilidad del país.

Hablar de logros exige higiene intelectual. Hay que poner números sobre la mesa y, sobre todo, fuentes. En el frente macroeconómico, el Fondo Monetario Internacional ha señalado un progreso económico notable, con crecimiento robusto y deuda pública cayendo de forma sostenida a niveles por debajo del 60 por ciento del PIB. En 2025, el mismo FMI aprobó para Costa Rica una Línea de Crédito Flexible por 1.500 millones de dólares, un instrumento reservado para países con marcos de política fuertes y credibilidad macroeconómica. En castellano llano, el país pasó de pedir permiso a inspirar confianza.

En empleo, el INEC reportó para el tercer trimestre de 2025 una tasa de desempleo de 5,7 por ciento. En finanzas públicas, el Ministerio de Hacienda reportó para agosto de 2025 un déficit financiero equivalente a 2,1 por ciento del PIB, con mejora frente al mismo periodo del año anterior. En octubre de 2025, S&P Global Ratings subió la calificación soberana de Costa Rica a BB desde BB menos. Estos datos no son propaganda, son termómetros institucionales, y su convergencia importa porque reduce vulnerabilidades y amplía margen de maniobra para políticas públicas con sentido.

Esto no borra los desafíos cotidianos. Un país puede mejorar en macro y, aun así, tener bolsillos tensos, zonas con rezagos y sectores que sienten que la recuperación no les llega. Precisamente por eso la continuidad importa. Sin estabilidad fiscal y credibilidad, el Estado vuelve al viejo vicio. Promete con una mano y endeuda con la otra. Luego llega la factura, siempre en el peor momento y siempre pagada por el ciudadano común, mientras los de siempre se esconden detrás de excusas ideológicas y manuales de moralina selectiva.

Ahora bien, Laura Fernández no se juega solo en Zapote. Se juega también en Cuesta de Moras. Aquí entra una lección elemental del poder moderno. George Tsebelis lo explica con su enfoque de jugadores de veto. Cuando aumentan los actores con capacidad de bloquear, y cuando están lejos entre sí, crece la probabilidad de parálisis. En términos ticos, más fragmentación legislativa equivale a más bloqueo y a menos reformas, incluso cuando el país las necesita con urgencia. La encuesta del IDESPO también recuerda el dato decisivo. En intención legislativa, Pueblo Soberano lidera con 35,5 por ciento, pero la indecisión ronda el 33 por ciento, mientras PLN marca 8,2 por ciento, Frente Amplio 6,8 por ciento y CAC 3,8 por ciento. Ese mapa es el manual de instrucciones de la parálisis.

James Madison lo resumió con un realismo incómodo. Si los hombres fueran ángeles, no haría falta gobierno. Como no lo somos, la arquitectura del poder importa. Los controles deben existir, pero también debe existir capacidad de gobernar. Un Ejecutivo sin respaldo legislativo suficiente termina atrapado en vetos cruzados, en chantajes encubiertos y en una política de migajas. En ese terreno, las reformas se deforman en transacciones y se hunden en la arena movediza de la politiquería.

Por eso el cierre es directo y sin eufemismos. El día de las elecciones no hay que quebrar el voto. Si el electorado quiere continuidad, reformas profundas y el desmantelamiento real de la casta corrupta que se atrincheró durante décadas, entonces debe votar de forma coherente. Costa Rica necesita a Laura Fernández en la Presidencia y necesita por igual a sus 57 diputados en la Asamblea Legislativa para Pueblo Soberano. Sin Asamblea no hay reformas. Sin reformas, el país vuelve a la rueda de la misma casta canalla, la misma red clientelar y el mismo deterioro institucional que tantos costarricenses ya aprendieron a identificar. ¡Costa Rica maduró!

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