“Just like the Pied Piper
Led rats through the streets
We dance like marionettes
Swaying to the symphony”
Megadeth, Symphony of destruction
“No te traiciones a ti mismo.
Yo soy la tormenta
que arrastra la falsa tranquilidad.
Yo soy la llama
Arde una vez más”.
Show-Ya, 私は嵐 – Watashi wa arashi
Esta campaña ha sido peculiar y trascendental. Quedan pocos días para decidir y un alto porcentaje aún no lo ha hecho. El abstencionismo no fue ni es buena opción. Según Adela Cortina los ciudadanos deben siempre comprometerse con lo público, pues así se otorga buena salud al sistema democrático. Votar viene a ser algo tremendamente básico en dicho panorama. La tarea debe realizarse a conciencia, evitando los lugares comunes y aplicando rigor a la hora de pensar sobre las diferentes candidaturas. Porque hoy día una opción (el FA) implica pasar a ser una dictadura de izquierda, otras tres son partidos sumamente corruptos y dañinos, y otro partido tiene varias acusaciones de ser un movimiento autoritario de derecha (algunos de esos señalamientos resultan válidos). Este artículo pretende brindar insumos para una elección racional.
1-El pasado SÍ cuenta
Decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco que nuestras acciones repetidas (nuestro bagaje, diríamos hoy) nos confieren un carácter. Consultar sobre qué hizo antes una persona constituye una labor sumamente básica en cualquier empresa o institución pública y una tarea primordial en recursos humanos. No obstante, un partido ultra corrupto ha dicho, frente a denuncias, que no debemos “vivir en el pasado”. Su candidata, Claudia Dobles, sin asomo alguno de vergüenza y con la cara bien dura, defendió este adefesio en los debates. ¡Por supuesto que el pasado debe considerarse a la hora de elegir! Si unas personas aspiran al puesto de gerente de una empresa, y está en usted, está en sus manos decidir, ¿Le daría el trabajo a gente con la hoja de delincuencia manchada? ¿A aspirantes de quienes sus patronos anteriores dan pésimas referencias? ¿A personas que fueron parte de gerencias acusadas de altísima corrupción y en las cuáles nada hicieron para evitar los abusos? ¿A quiénes dañaron a otros? ¿A quiénes quisieron beneficiar a sus amigos a costillas de lo ajeno, por ejemplo, haciéndolos servirse de un tren público? El pasado SÍ importa, pues está en juego nada más y nada menos que la gerencia de todo el país (y usted, ciudadano o ciudadana, detenta la jefatura por un día, usted decide a quién nombrar). Quienes añoran una ciudadanía sin memoria son aquellos a quienes el pasado incomoda muchísimo porque atestigua sus muchos crímenes y latrocinios.
Y el asunto resulta más diáfano, pues otros candidatos y candidatas sí pasan el escrutinio sobre qué hicieron antes, algunos partidos no tienen la hoja de delincuencia sucia ni el expediente poluto, y además son muchísimo más capaces. No premiemos al corrupto ni a la corrupta, aunque se disfracen, hagan fiestas en La California y usen nombres nuevos; además del mal ejemplo, el peligro de reincidencia resulta altísimo y deberemos pagar caro como sociedad el cometer esa crasa estupidez.
2-No basarse en las encuestas
Lamentablemente muchas personas gustan de “votar a ganar”. Esto denota una inmensa irresponsabilidad y una gran pereza mental. Debemos votar por los candidatos que, tras nuestro análisis, nos parezcan los mejores, sin importar su éxito en los sondeos públicos. Pues se juega no una justa deportiva, sino el destino común por cuatro largos años. Ciertamente algunos han repuntado merced a méritos, porque los encuestados se enteraron de que esos aspirantes ofrecían buenas ideas y soluciones reales a los problemas. Sin embargo, ciertos candidatos están altos estadísticamente dados sus rasgos sociopáticos, su capacidad de manipular y de convencer sin aportar nada positivo, y otros se benefician de la simple tradición (dos partidos grandes tienen acólitos férreos, individuos anuentes a apoyar a quien sea siempre y cuando pertenezca a alguna de esas respectivas agrupaciones, no les importa si el candidato es un completo bufón o un advenedizo sin principios). Lo relevante no es si alguien “puede ganar”, sino las consecuencias previsibles de tal fenómeno.
Otro punto problemático radica en la falibilidad de las encuestas. La realidad más cruda dicta que son veinte partidos, usted y los demás pueden elegir a cualquiera, nada está escrito y ninguno tiene impedimento de ganar. Sin embargo, muchos toman las encuestas por criterio de verdad. Los entes encuestadores no son Dios, pueden fallar. Peor aún, cabe la posibilidad de los intereses creados. Y todavía más peligroso, pueden estar amañadas las encuestas a propósito, previo pago a la empresa privada del estudio. De esto último ya se ventiló algo a la luz pública. Y, tema aparte, sobre sesgos marcados, basta decir que ni Harvard ni la Universidad Católica de Lovaina, ni la Universidad de Oxford, ni la de Tokio pondrían jamás a un militante comprobado y activo de un partido político a liderar institutos que sondean opinión electoral; siendo muy generosos nos limitamos a decir que no se ve ni huele nada bien (dato “curioso” es que justamente los partidos de esos académicos de la UCR y de la UNA siempre puntúan alto en las encuestas que hacen las U públicas, gracias a lo cual son luego invitados a debates y obtienen mayor presencia mediática).
3-Analizar múltiples fuentes
La elección de por quién votar debe ser rigurosa. Falta al sentido común sustentar la escogencia en solo uno o dos periódicos. Hay un medio por ahí que beneficia a una candidata dado que ella, cuando tuvo algún poder estatal, quiso darles pingües ganancias haciendo que un tren parara justamente en su parque de eventos, y porque le dieron el dinero de la CCSS en forma de bonos. Otro periódico tiene un rancio matrimonio con la izquierda radical, incluso al punto de defender a la cruenta dictadura venezolana contra viento y marea, este medio es contrario a los derechos humanos y así debe ser conceptualizado. Estas situaciones imponen el deber de la criticidad y de tomar conclusiones sobre la base de la consulta a múltiples fuentes, en aras de poder superar los diferentes sesgos que uno y otro medio presentan. Y desde luego, hay que leer los programas de gobierno, algunos partidos se las dan de genios, pero sus programas tienen inmensos vacíos y fallas.
4-Hacer primar la razón, no la emoción
Para escoger partido debemos hacer primar el criterio racional por sobre la mera emotividad. A nivel de nosotros mismos, no es criterio votar por un candidato solo debido a que mis amigos o mi familia me lo recomiendan o porque al hacer ello “me vuelvo más popular”. Debo dar lo mejor de mí analizando la información que recabo, no abandonarme a la sensación cómoda de ser aprobado. Lo que está en juego es si tendré oportunidades en mi futuro, si podré encontrar trabajo cuando lo busque, o si el barrio donde vivo resurge o caso contrario se hunde en la inseguridad; nada de esto me lo puede dar ni mi familia ni mis amigos, sino la política nacional, dado ello ni amistades ni familiares deben ser considerados a la hora de elegir.
En síntesis, este primero de febrero será fatal comportarse como ratas bajo la guía de un flautista, de un demagogo o una demagoga, ello irá en detrimento nuestro, en perjuicio de la sociedad y en beneficio de unos pocos. Tampoco deben guiarnos las emociones o la pereza. De forma contraria, deberemos ser disruptivos, capaces de analizar autónomamente, siendo tormentas y llamaradas que, con nuestro ejemplo, inspiremos a otros a ser críticos y a ser sujetos de sus vidas, para que ardan las praderas de la opacidad, la manipulación, el conformismo y la omisión. Ya discursaba Herman Hesse en su obra Demian sobre la relevancia de pensar por sí mismo y no seguir ciegamente al rebaño. Hoy más que nunca es tiempo de poner en práctica tal principio.