Por décadas, hemos sido víctimas de una fuerza, una fuerza que se visibiliza por los efectos que genera, una fuerza que decide sobre tu vida sin pedirte permiso y esta fuerza no es la del mercado (parafraseando a Adam Smith) ni la creatividad de la gente libre; es todo lo contrario, es una maquinaria diseñada para sostener el poder de unos pocos a costa del esfuerzo de todos, está detrás de cada impuesto nuevo, de cada trámite inútil, de cada ley que encarece tu vida; no se ve de manera explícita en las papeletas, pero está presente en cada decisión política que limita tus opciones y refuerza su control.
En nuestro país, esa fuerza ha adoptado la forma de los partidos y fracciones legislativas que, con discursos distintos pero resultados idénticos, han legislado durante décadas para engordar el aparato estatal y amarrar al ciudadano, han perfeccionado un modelo en el que el político siempre gana, el burócrata siempre se protege y el ciudadano siempre paga, no importa si los dos primeros visten el ropaje del “progreso social” o el disfraz del “orden y estabilidad”: al final, la receta es la misma, el ciudadano siempre es el que termina pagando.
En las últimas décadas, hemos visto cómo la Asamblea Legislativa ha sido una fábrica de leyes que cargan sobre el ciudadano las facturas del derroche político, la creación de instituciones que duplican funciones, el aumento de impuestos disfrazados de “solidaridad”, las regulaciones que ahogan al emprendedor y las normas que blindan privilegios a unos pocos, todo ha sido parte de una estrategia para sostener un sistema que vive de la dependencia.
Esta maquinaria sabe que un ciudadano libre, capaz de decidir y prosperar sin pedir permiso, es un riesgo para su poder, por eso bloquean reformas a favor del ciudadano que le darían más opciones laborales, frenan la simplificación de trámites que liberarían su tiempo y su dinero, y se oponen a todo cambio que reduzca el peso del Estado sobre su espalda.
La ideología que los guía —aunque muchos no sepan ni definirla— no está al servicio del ciudadano, sino de quien administra, es la creencia de que el ciudadano es incapaz de tomar decisiones sin ellos, que su vida, su salario y hasta sus libertades deben pasar por sus manos y si bien la palabra “ideología” puede sonar lejana, sus efectos los siente todos los días: en el precio de la gasolina, en las filas interminables para un servicio básico, en la angustia de fin de mes cuando el dinero no alcanza.
Mientras tanto, esa fuerza oscura se alimenta de la resignación del soberano, sabe que mientras éste discute sobre el último chisme político o se distrae con el circo en el Plenario, ellos seguirán aprobando lo que realmente les importa: más impuestos, más controles, más poder para ellos.
La realidad es que el motor del desarrollo nunca ha sido esa cúpula política, siempre ha sido el ciudadano que produce, innova y decide. El verdadero cambio no vendrá de quienes dependen de que nada cambie, sino de quienes se atreven a cuestionar y exigir.
Es necesario romper ese ciclo, dejar de aplaudir discursos y empezar a evaluar resultados. Es necesario exigir que la ley esté a favor y no contra del ciudadano, entender que la libertad no es un favor que le concede un político al soberano, sino un derecho que éste debe defender todos los días.
Porque mientras no lo hagamos, esa mano seguirá moviendo los hilos… y el ciudadano seguirá pagando la puesta en escena.