La talibanización de los ideales

En política y en la sociedad en general no existen espacios que queden vacíos, cuando el Estado por ejemplo deja de lado los intereses del pueblo, alguien toma su lugar, llámese grupos pro Derechos Humanos, agrupaciones religiosas o en el peor de los casos, el crimen organizado.

La pasada campaña electoral; ante la cual los resultados aún no los terminamos de digerir, es un reflejo de esta sustitución del Estado como garante de la protección de las poblaciones a nivel nacional. Los altos porcentajes de abstencionismo en las zonas costeras del país; 40.77% en Guanacaste, 44.5% en Puntarenas y 42.97% en Limón, demuestran que ya la política tradicional perdió efecto sobre las regiones que ya de por sí se consideran las más olvidadas del país y han buscado salidas políticas alternas como solución a sus problemas, de este modo son regiones con altos índices de criminalidad y donde están además los focos de pobreza más profundos dentro de los indicadores nacionales, hay una dura competencia por la población de esas regiones, no tanto entre las fuerzas del Estado y el crimen organizado, sino entre las iglesias contra los grupos criminales, buscando los primeros la forma de rescatar a los ciudadanos de las garras de los delincuentes.

Reflejo de lo anterior, es la cantidad de diputados con formación religiosa que estarán ocupando las curules de esas provincias durante el período 2018 – 2022, cuando se le pregunta a algunos electores por qué se decantaron por esta posibilidad, sus respuestas oscilaban en “valores y principios cristianos”, pero también en demostrar que en algunos sitios donde los poderes políticos no llegaban, las iglesias (en general no solo evangélicas) cubrían ciertas de sus necesidades básicas y en su labor misionera atrapaban a los grupos más carentes de recursos. Esto sin duda tiene una doble compensación para los grupos religiosos, por un lado, cumplen con su labor espiritual de saciar al “desamparado” y por el otro, les sirve para llevar su mensaje “evangelizador” e ideológico.

Es evidente que, ante el vacío de poder de la política tradicional, los religiosos sin restricciones legales asumen el rol de representatividad. Poco o nada interesa si además de su formación teológica; si es que cuentan con ella, se especialicen en algún área no espiritual, se les ha premiado por temas subjetivos y cargados de un efecto ideológico en ocasiones carente de bases o manipuladas a conveniencia, no pensando además en temas urgentes para el país que nos afecta en general.

La protección de la “familia tradicional”, la guerra contra las guías sexuales, la lucha contra una goebbeliana “ideología de género” y la oposición al matrimonio igualitario han sido los argumentos bajo los cuales han podido echar mano del empoderamiento que durante estos años gestaron al ubicarse estratégicamente en esas zonas del país que se comportan políticamente de dos modos principalmente; o se decantan completamente de la política (caso de los altos porcentajes de abstencionismo) o se van al ala dura de la ideología.

El resultado inmediato de esto ha sido, la “talibanización” de la discusión a niveles sumamente estériles, que han atomizado la opinión pública y ponen en riesgo ahora, no solamente la elección presidencial o el eventual gobierno en temas de atención inmediata como el déficit fiscal, sino que también ponen en riesgo la formación académica de los niños, por la oposición a guías sexuales sobre las cuales algunos padres muestran un desconocimiento profundo de los contenidos y que no asumen que al igual que las clases de religión en las escuelas, son opcionales. La formación sexual tiene una cláusula que permite que sus hijos estén exentos de estas, pero que, ante la oposición ideológica, quieren generalizar el tema a una crisis nacional para oponerse en el nombre de todos.

De lo anterior; y aunque no se compara, esta labor se parece como en algunos países del Medio Oriente y el Norte de África donde, ante el abandono por parte del Estado a regiones carentes de recursos de subsistencia, las posiciones de poder las han asumido en muchos casos grupos radicales, quienes brindan soporte social y económico a cambio de adhesión y lealtad a sus conceptos ideológicos nutridos de principios religiosos profundamente violentos y, aunque no se puede comparar por la diferencia en los contextos, en definitivo la falta de diálogo transparente y claro sobre los diversos temas sociales, empiezan a generar un caldo de cultivo al odio, con posiciones que terminan por favorecer, las alas más duras y poco heterodoxas de la sociedad, llevándose en su galope a los grupos de posiciones intermedias más conciliadores y polarizando sin ninguna duda a la opinión pública.

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