En un artículo publicado en los Proceedings of the National Acedemy of Science titulado Arqueología como una ciencia social, varios arqueólogos norteamericanos e ingleses expusieron la tesis de que hoy en día la arqueología es una disciplina que ha aportado información muy relevante para entender la forma en que los seres humanos nos comportamos y organizamos. Debido a su relevancia actual, me basaré en algunas de las ideas principales expuestas en dicho artículo académico para exponer la pertinencia de la práctica arqueológica que se enseña y que se practica hoy en día en Costa Rica y en muchas partes del mundo.
Con frecuencia, los medios de comunicación populares y el público en general suelen concebir la arqueología como una labor de recuperación de elementos curiosos o anecdóticos de la historia más antigua o, si no, de los primeros ejemplos de creaciones humanas como el hallazgo del primer fuego creado y controlado por humanos, la escritura más antigua, la primera ciudad que surgió en el mundo o la evidencia más temprana de producción de cerveza, por solo mencionar algunos. No obstante, la arqueología es hoy en día mucho más que eso.
A primera vista, las cosas con las que trabajan los arqueólogos—fragmentos de cerámica, herramientas de piedra y montículos de tierra— podrían no parecer ideales para analizar sistemas sociales, procesos económicos o dinámicas políticas del pasado. Sin embargo, los avances metodológicos y técnicos de la arqueología durante los últimos sesenta años permiten ahora reconstruir con considerable detalle muchos fenómenos políticos y económicos del pasado. Las técnicas empleadas permiten ahora detectar y datar con mayor precisión las actividades humanas antiguas. Además, la nueva capacidad informática permite a los arqueólogos comparar patrones en la extraordinaria riqueza de pequeños hallazgos de sitios arqueológicos. Los avances metodológicos y conceptuales permiten, a su vez, utilizar estos nuevos datos para reconstruir muchos fenómenos de interés fundamental en las ciencias sociales, desde los orígenes de la desigualdad política y económica hasta el surgimiento de los estados, de las economías de mercado y de las instituciones políticas.
La arqueología ofrece una perspectiva única para el estudio de las sociedades humanas. En primer lugar, constituyen la única fuente de información sobre el pasado humano anterior a la invención de la escritura y al desarrollo de las tradiciones historiográficas. De este modo, la arqueología brinda a los investigadores acceso a la totalidad de la experiencia humana, incluyendo formas sociales distintas a las que han existido posterior a la presencia de la escritura en distintos continentes. En segundo lugar, la arqueología puede aportar información sobre todos los segmentos de la sociedad, incluyendo a la gente común, los campesinos, las clases bajas y los esclavos, grupos que a menudo quedan excluidos de los primeros relatos históricos. En tercer lugar, los hallazgos arqueológicos proporcionan una perspectiva a largo plazo sobre el cambio, documentando los orígenes de la agricultura, la Revolución Urbana y otras transformaciones sociales trascendentales. De hecho, la arqueología es crucial para el renovado interés en lo que hoy se denomina «Historia Profunda». En cuarto lugar, el uso habitual de métodos de métodos y análisis cuantitativos en la arqueología moderna permiten llegar a conclusiones rigurosas sobre las condiciones y los cambios del pasado. En quinto lugar, ahora contamos con datos arqueológicos de numerosas regiones del mundo, lo que permite un análisis comparativo sistemático de estos cambios y patrones sociales. En sexto lugar, la mayoría de las sociedades reconstruidas por los arqueólogos son independientes de la tradición cultural occidental, que ha sido objeto de análisis por parte de la mayoría de las otras ciencias sociales.
El trabajo de campo arqueológico en todo el mundo ha acumulado una considerable cantidad de datos sobre los asentamientos humanos —desde aldeas hasta ciudades— y su dinámica de cambio a lo largo del tiempo. Los datos empíricos demuestran que algunos aspectos considerados antiguos e intemporales (por ejemplo, las formas de vida comunitaria e interacción social en las aldeas urbanas) son, de hecho, adaptaciones modernas, mientras que otros rasgos de los asentamientos considerados innovaciones modernas (por ejemplo, los barrios marginales que rodean muchas ciudades en el mundo en desarrollo) tienen una antigüedad de milenios.
El concepto de aldea se ha idealizado a menudo como una forma de vida comunitaria atemporal y universal. Sin embargo, la investigación arqueológica ha demostrado que muchas características comúnmente asociadas con las aldeas tradicionales son, en realidad, adaptaciones recientes, mientras que algunos patrones de asentamiento considerados modernos han existido durante miles de años. La creciente evidencia proveniente de asentamientos antiguos demuestra que las primeras comunidades sedentarias eran mucho más diversas de lo que se creía, abarcando desde aldeas compactas de varios cientos de personas hasta asentamientos muy pequeños y dispersos.
Estos diferentes patrones de residencia crearon formas distintas de organización social y económica. Los asentamientos dispersos tendían a enfatizar la autosuficiencia familiar y la inversión intensiva en las tierras de cada unidad doméstica, mientras que las aldeas compactas fomentaban una interacción social más densa, una mayor cooperación en las labores agrícolas, la especialización económica y, en ocasiones, mayores niveles de conflicto. Una vez establecidos, cualquiera de los dos patrones de asentamiento podía persistir durante milenios, aunque podían producirse cambios entre ellos en función de las condiciones sociales y económicas cambiantes.
La evidencia arqueológica muestra que tanto las aldeas compactas como los asentamientos dispersos podían dar origen a grandes sociedades regionales jerárquicas, aunque sus trayectorias variaban considerablemente. Algunas regiones experimentaron un rápido aumento de la integración social en los pocos siglos posteriores a su sedentarismo, mientras que otras mantuvieron organizaciones aldeanas estables durante más de un milenio. Las tensiones sociales y la violencia dentro de las aldeas no necesariamente socavaban la cohesión comunitaria y podían gestionarse mediante el liderazgo o instituciones comunitarias sólidas. En general, el registro arqueológico revela que el desarrollo y las consecuencias de la vida aldeana eran mucho más diversos y complejos de lo que sugieren los modelos tradicionales, y que las “aldeas urbanas” modernas tienen poco en común con las antiguas formas de aldea.
También es común toparse con la asunción de que los asentamientos informales que rodean muchas ciudades del mundo en desarrollo (también llamados barrios marginales) son un fenómeno moderno. Si bien está muy extendida la idea de que «los asentamientos informales solo existen bajo el capitalismo», en realidad su historia es considerablemente más antigua, y los arqueólogos han cartografiado y excavado los restos de asentamientos informales en numerosas ciudades premodernas.
Además, las sociedades del pasado experimentaron fluctuaciones climáticas, sequías, erupciones volcánicas, cambios en el nivel del mar y degradación ambiental. La investigación arqueológica hoy en día revela cómo diferentes comunidades alrededor del mundo se adaptaron (o no) a estos desafíos. Un ejemplo notable es el caso del colapso maya hace unos 1200 años atrás. Múltiples factores políticos y ambientales hicieron colapsar una de las civilizaciones indígenas más notorias de América. La arqueología ha identificado entre esos factores la existencia de prolongadas sequías y la degradación ambiental producto de prácticas agrícolas intensivas y extensivas. Conocer cómo las sociedades del pasado lidiaron con estos cambios y eventos permite generar hoy en día nuevas y mejores formas de resiliencia, sostenibilidad y gestión de riesgos.
Conocer el origen y los procesos que han llevado a ser lo que hoy somos como humanidad no es algo que podamos reducir a datos anecdóticos o eruditos; no es información prescindible. Por el contrario, es (o debería de serlo) información esencial para cualquier tipo de planificación presente y futura.
En un próximo artículo expondré aportes específicos de la arqueología a la comprensión del pasado y el presente de lo que hoy denominamos Costa Rica.