La pseudoizquierda sin catecismo y el regreso del orden democrático

» Por M.Sc. Milton Madriz Cedeño - Politólogo, experto en gestión pública y gobernanza

Hay momentos en que la política deja de ser conversación estética y vuelve a ser lo que siempre fue, una disputa por el orden social, por la seguridad del ciudadano, por el sentido de nación y por el derecho a prosperar sin que el Estado se convierta en un obstáculo existencial. Occidente está entrando de nuevo en uno de esos momentos.

El giro a la derecha no es una moda ni un exabrupto electoral, es una reacción sistémica a tres fenómenos acumulados, inseguridad, fatiga económica y saturación cultural. Cuando la gente siente que el delito sube, que el costo de vida aprieta y que desde arriba se le intenta reeducar con catecismos identitarios, el voto deja de premiar el discurso bonito y empieza a premiar la capacidad de imponer orden y producir resultados.

Conviene decirlo sin eufemismos. Gran parte de la izquierda progre-woke se quedó sin agenda porque cambió el gobierno por la prédica moral, la gestión por el sermón y la política por el activismo performativo. Cuando el ciudadano pide calles seguras y empleo, responder con moralina identitaria, obstruccionismo parlamentario y guerras culturales importadas no es progresismo, es desconexión.

Esa izquierda progre-woke, en rigor, ya ni siquiera es izquierda en el sentido clásico. No guarda relación intelectual ni programática con la tradición de Marx o Lenin, ni con la vieja socialdemocracia europea que discutía Estado, producción, estructura social, conflicto distributivo y organización del poder. Esa tradición, centrada en clases y economía política, ha sido sustituida por un conglomerado de identidades ofendidas y ONGs bien financiadas que renuncian a pensar el poder, el desarrollo histórico y el progreso material.

Lo que domina hoy es un activismo sin teoría de Estado, sin proyecto de sociedad y sin una idea mínimamente seria de lo que significa desarrollo. Es un rejuntado de robaagendas que saquea causas ajenas, se disfraza de progresista, woke, ambientalista, feminista, derechos LGTB+ o interseccional según dicte la moda del mes, pero es incapaz de formular una sola política pública estructural. Su radicalidad se agota en hashtags, comunicados de prensa y vetos parlamentarios. No construye Estado, no diseña sociedad, no articula progreso.

La pseudoizquierda sin brújula de Estado

La pseudoizquierda progre desconfía del mercado, pero vive instalada en el consumo premium, critica el sistema y no sale de Starbucks, insulta al capitalismo desde becas internacionales, cátedras bien pagadas y ONG financiadas por los mismos capitales que dice detestar. Su discurso contra el privilegio se sostiene, precisamente, en privilegios heredados de una época que ya no existe para la mayoría, pero que administra como renta moral. Predica austeridad social y practica privilegio personal, predica igualdad y cultiva jerarquías morales, predica inclusión y ejerce excomunión sistemática contra quien ose disentir.

Esa hipocresía no es folclore, es combustible electoral para el hartazgo. Es el núcleo de la desconexión, élites que viven como nuevos ricos con estética de sacrificio, que predican redistribución sin renunciar a nada y denuncian la desigualdad desde posiciones de poder cultural y mediático que defienden con ferocidad corporativa. La ciudadanía ve la contradicción y vota en consecuencia.

En teoría política, esto se entiende como sustitución de lo material por lo simbólico, de la economía por la identidad performativa, de la transformación social por la censura moral. Cuando la política se convierte en teatro, la ciudadanía termina pidiendo de vuelta lo básico, seguridad, trabajo, servicios públicos que funcionen y reglas que se cumplan. En ciencia política, además, las democracias no solo se desgastan por excesos del Ejecutivo, también se deterioran por la parálisis de actores cuyo oficio es vetar y obstruir. Cuando el sistema se convierte en un club de frenos sin costo político, el resultado es inmovilismo y reformas tardías justo cuando más se necesitan.

La izquierda progre-woke funciona exactamente así, no como fuerza de transformación, sino como maquinaria de obstrucción. Su capital político es impedir, no construir, su identidad es el veto, no la propuesta. Cuando esa dinámica se enquista, el sistema democrático entra en fatiga, la gente siente que votar no cambia nada porque las decisiones nunca se ejecutan, y aparece la demanda por liderazgos capaces de atravesar el bloqueo.

Europa, América Latina y el reacomodo del eje político

En Europa, el reacomodo posterior a los comicios al Parlamento Europeo de 2024 mostró que el centro retuvo el control institucional, pero el eje político se movió. Las derechas crecieron en influencia y empujaron el debate hacia migración, seguridad y soberanía regulatoria, no por nostalgia, sino por presión social concreta ante crimen organizado, inmigración irregular, economías estancadas y energía cara. El giro no fue doctrinario, fue pragmático, el votante premió a quienes ofrecían orden frente a quienes prometían utopías identitarias.

En América Latina el patrón es similar, aunque con ingredientes propios, crimen transnacional, economías que no despegan al ritmo que la gente necesita y descrédito profundo de élites políticas que agotaron su crédito moral. En ese contexto han emergido liderazgos diversos que capitalizan una demanda básica, Estado que proteja, economía que funcione y un discurso menos avergonzado de la nación y de la autoridad. Comparten un rasgo central, rechazan la agenda simbólica progre y priorizan resultados tangibles, seguridad sobre seminarios, inversión sobre indignación, crecimiento sobre culpa. Eso no es regresión histórica, es corrección de rumbo frente a una izquierda que dejó de gobernar para dedicarse a predicar.

Costa Rica, el veredicto contra la agenda simbólica

En Costa Rica este fenómeno quedó claro en las urnas. El 1 de febrero de 2026, el electorado eligió continuidad con Laura Fernández en primera vuelta, con un resultado suficientemente amplio para evitar balotaje y confirmar un mandato de orden y seguridad. El tema central de la campaña fue la seguridad en un país que dejó de sentirse excepción pacífica y empezó a sentirse vulnerable frente al crimen organizado.

El desempeño de la candidata progresista Claudia Dobles, con un porcentaje muy reducido del voto, fue algo más que una derrota, fue una señal de colapso de una marca política asociada al moralismo tecnocrático y a la incapacidad para ofrecer respuestas contundentes sobre seguridad y costo de vida. El electorado castigó la agenda simbólica, castigó la desconexión, castigó la soberbia pedagógica de una élite que pretendía seguir dictando catecismos a una sociedad cada vez más angustiada por problemas concretos.

El cuatrienio legislativo reciente dejó, además, una radiografía severa del Frente Amplio. Desde su fracción, convirtió el gesto de oponerse en identidad política, más pendiente del aplauso de nicho que de construir mayorías para reformas concretas. Oponerse es legítimo en democracia; convertir la oposición en oficio permanente, sin propuesta seria de Estado y sociedad, es parasitismo institucional; y esto es inmoral.

Cuatro años bastaron para mostrar un balance pobre, burlas constantes, bloqueos sistemáticos de lo que no controlaban, preservación celosa de la zona de confort de sus propias élites militantes. No impulsaron reformas estructurales, no diseñaron políticas públicas de impacto, no articularon una visión de país. Su legado fue el gesto y la tribuna de indignación. El electorado lo leyó así y la izquierda progre costarricense se hundió en porcentajes marginales. No fue un accidente, fue un veredicto.

El nuevo mandato, orden democrático con método

El realineamiento que recorre Occidente no es un capricho ideológico, es una reacción frente a una pseudoizquierda que agotó su crédito moral y hoy actúa más como policía del lenguaje que como actor de transformación material. El voto se desplaza hacia identidad, valores, crecimiento, eficiencia, libertad y soberanía práctica, no hacia sermones de culpa administrados desde arriba.

La ciudadanía no está pidiendo un Estado más grande, sino un Estado más competente. No reclama catecismos de culpa, exige el derecho a vivir tranquila y a prosperar sin que una élite de sermón administre su vida cotidiana. No rechaza la democracia, rechaza la burocracia moral que cierta izquierda instaló como sustituto del debate político serio.

El giro a la derecha no garantiza nada por sí mismo. La derecha puede fracasar si confunde autoridad con arbitrariedad o soberanía con capricho, pero puede triunfar si entiende que el mandato recibido no es ideológico, sino operativo. El mandato es claro, funcionar, proteger, producir, crecer, gobernar con eficacia visible.

La diferencia entre un proyecto de orden democrático y un proyecto de poder vacío es el método. Inteligencia institucional, reformas técnicamente sólidas, control responsable sobre las instituciones clave, metas públicas verificables y rendición de cuentas real, esa es la línea que separa el populismo estridente de la gobernanza efectiva.

En Costa Rica, el gobierno de Laura Fernández tiene la oportunidad de demostrar que se puede gobernar desde el centro derecha con eficacia, respeto institucional y resultados concretos. Si logra ejecutar una política de seguridad con inteligencia y legalidad, modernizar el Estado sin clientelismo y sostener el crecimiento con inversión productiva, validará el giro no solo en las urnas, sino en la historia.

El debate serio ya no es la caricatura de derecha contra izquierda. El debate serio es eficacia contra parálisis, seguridad ciudadana contra impunidad, prosperidad productiva contra populismo, nación con rumbo contra ideología sin brújula. Es progreso material contra regresión simbólica, gobierno que funciona contra activismo que bloquea, democracia que resuelve contra democracia que sermonea.

Si Costa Rica aprovecha el mandato de 2026 para ejecutar con método y resultados, se sumará con peso propio a una tendencia más amplia en Occidente, la vuelta de la política a los temas duros. Cuando vuelven los temas duros, la propaganda cae como maquillaje bajo la lluvia. Lo que queda es lo que siempre cuenta, calles más seguras, economía que crece, instituciones que responden y ciudadanos que sienten que el Estado está de su lado y no en su contra.

¡Eso no es autoritarismo! ¡Eso es democracia que funciona, y es lo que el pueblo costarricense demandó en las urnas!

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