En el mundo nos consideran una democracia ejemplar. Nuestros visitantes admiran la paz social y la naturaleza que respiramos a diario. Los organismos internacionales nos ponen como ejemplo de la sociedad independiente, soberana, democrática, desmilitarizada y ecológica que desearían ver en otras naciones menos afortunadas. Somos una referencia positiva para el mundo. Eso nos hace sentirnos muy orgullosos de nuestra querida Costa Rica.
Sin embargo, como nada es perfecto y los costarricenses somos expertos en encontrar el pelo en la sopa, vivimos quejándonos de lo que tenemos. Aseguramos que los problemas de corrupción, delincuencia, falta de trabajo, burocrática ineficiente con privilegios legales exagerados, impuestos mal utilizados e infraestructura deficiente han hecho imposible vivir en este país. Desde la perspectiva de esos costarricenses, pareciera que vivimos en un país diferente al que otros admiran.
Negar la existencia de los problemas apuntados sería ingenuo. Están presentes en nuestras vidas, por todos lados. Los medios de comunicación escritos, orales y audiovisuales se encargan de recordarnos su existencia todos los días. Algunos hasta tres veces al día.
Todos los costarricenses somos conscientes de la existencia de esos problemas. Diferimos u poco en la forma de percibirlos. Para unos, esas cuestiones apenas existen, para otros son pan de cada día. Otros, los peores, se aprovechan de la situación y las convierten en medios de subsistencia. Esos pasa en todas las sociedades occidentales.
El problema es que los inconvenientes señalados han impactado en forma negativa la noción que tenemos del sistema político nacional. Ese descontento se aprecia en dos fenómenos sociales que son perjudiciales para la democracia costarricense.
El primero, el abstencionismo. Cada cuatro años nos preguntamos cuánto subirá el porcentaje de las personas que desatenderán el deber cívico de votar, ignorando que el sufragio es importante porque constituye la forma básica de participar en la toma de decisiones que afectan al conglomerado social y legitima el sistema democrático que escogimos para convivir.
No está de más recordar que debemos votar cada vez que el Tribunal Supremo de Elecciones nos convoque para ese fin, porque es la única forma de garantizar la continuidad de la democracia que disfrutamos.
El segundo fenómeno, más nocivo que el primero, es la falta de participación activa de los ciudadanos en los procesos políticos electorales y, consecuentemente, en el manejo de los asuntos políticos nacionales. En general, los costarricenses creemos que la participación democrática se agota con el voto y dejamos de lado la actividad política.
Externamos nuestro descontento con las instituciones y figuras políticas nacionales, pero hacemos muy poco para renovar las bases de nuestro sistema político o insertarnos en las mismas y colaborar según nuestras capacidades y expectativas.
El otro día, comentando los resultados del reciente proceso de elecciones internas que realizó un partido político para escoger candidato presidencial y miembros de juntas cantonales, un grupo de amigos que ronda los cuarenta años comenzó una conversación sobre política nacional y las opciones electorales para el próximo año.
Hablamos de los defectos de las asociaciones políticos y sus representantes, enfocando las críticas en aquellas agrupaciones y personas que calificamos como “los mismos de siempre”. Aunque todos manifestaron su preocupación por el futuro del país y el manejo de los asuntos públicos, ninguno mostró interés en formar parte de las estructuras democráticas previstas en la Constitución Política y participar activamente en la búsqueda de soluciones para los problemas del país.
Desafortunadamente, esa situación se repite en la mayoría de nuestras conversaciones políticas. Se critica a las personas que están involucrados en la dinámica política, que logran alcanzar puestos de elección popular y que toman –u omiten tomar- las decisiones que marcan el rumbo de nuestra sociedad, ignorando que todos tenemos el deber de participar en la administración de nuestros intereses.
Tengo claro que muchos costarricenses han alcanzado el límite de tolerancia que pueden tener con las agrupaciones y las figuras políticas nacionales. Nuestra memoria colectiva está repleta de recuerdos negativos sobre el comportamiento de los políticos y su gestión de los bienes y servicios públicos. Y los recuerdos son como las manzanas, uno malo puede dañar los demás.
La mayor parte de la sociedad costarricense se enfoca en los aspectos negativos de la labor realizada por los partidos políticos y sus representantes, olvidando las cosas positivas que nos han ayudado a alcanzar a lo largo de casi doscientos años de vida independiente.
Por supuesto que nuestros políticos han cometido errores, y por ello debemos exigirles las responsabilidades administrativas y judiciales que correspondan; pero no podemos olvidar que ellos no son los únicos responsables de los problemas que enfrentamos en la actualidad, ni son los únicos que deben tomar las decisiones necesarias para superarlos y alcanzar la Costa Rica que deseamos. Todos los costarricense somos responsables del país que tenemos y todos debemos trabajar para solucionar nuestros problemas.
Es imprescindible comprender que una actitud crítica responsable debe ir acompañada de una mente abierta al cambio y dos manos dispuestas a trabajar, porque la palabra sin acción no produce resultados. La solución de nuestra insatisfacción política está en la participación activa. No en la crítica vacía. Si queremos que algo cambie, debemos actuar para cambiarlo. Es necesario que cada costarricense busque su sitio en la estructura social y política de este país, y empiece a aportar ideas y trabajo para construir el país que satisfaga las exigencias de todos sus críticos.
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