La oposición en fuga y el nacimiento de un nuevo poder político

» Por Milton Madriz Cedeño - Politólogo, experto en gobernanza y política pública

La política electoral costarricense de las últimas semanas no se ha definido por la confrontación de ideas, sino por la evidencia de un cambio estructural que muchos se resisten a aceptar. La oposición tradicional ya no compite. Apenas sobrevive. Su discurso es errático, reactivo y cargado de una ansiedad que delata más miedo que convicción. En ciencia política este fenómeno es conocido. Cuando un bloque pierde hegemonía deja de proponer y empieza a gritar. Deja de liderar y se limita a obstaculizar.

En ese paisaje sobresale con claridad Laura Fernández. No por estridencia, sino por contraste. Mientras la oposición exhibe una política defensiva, ella encarna una política de avance. Mientras otros reaccionan con furia, ella actúa con dirección. Su fortaleza no es coyuntural. Es estructural. Fernández ocupa hoy el espacio que la teoría política denomina liderazgo de realineamiento, el que emerge cuando las viejas coaliciones se agotan y el electorado busca una nueva arquitectura de poder.

Las debilidades de la oposición son visibles desde cualquier marco analítico serio. Carecen de relato coherente, no tienen identidad ideológica definida y confunden crítica con destrucción. Se apoyan en élites desgastadas en lugar de construir nuevas bases sociales. Han perdido la capacidad de generar esperanza y cuando un partido pierde la capacidad de ilusionar, deja de ser partido y se convierte en archivo. Liberación Nacional, la Unidad Social Cristiana, el PAC y sus satélites funcionan hoy como estructuras inerciales. Existen por costumbre institucional, no por vitalidad política. Es el mismo patrón observado en sistemas partidarios en fase de colapso, desde Italia tras la caída de la Primera República hasta el desgaste del bipartidismo clásico en varias democracias occidentales.

Laura Fernández capitaliza una serie de fortalezas que ningún aparato tradicional puede fabricar. Tiene claridad discursiva, una narrativa de cambio sin odio y una ventaja decisiva en el contexto actual, credibilidad. En un electorado cansado de promesas huecas, la legitimidad ya no se construye con historia, sino con desempeño. Max Weber lo advirtió con precisión. Cuando la legitimidad tradicional se erosiona y la legal se vuelve formalismo, emerge la legitimidad basada en resultados. Hoy la ciudadanía vota menos por siglas y más por eficacia.

Lo que está en juego no es solo una elección. Es la descomposición de un régimen de partidos que durante décadas funcionó como un mafioso cartel político, repartiendo cuotas de poder en magistraturas, contralorías, fiscalías y juntas directivas. Ese entramado, que durante años se presentó como institucionalidad democrática, hoy es percibido como una red de autoprotección de élites. Laura Fernández representa algo más profundo que una candidatura. Simboliza el final de la cooptación silenciosa del Estado por una casta que convirtió la independencia de poderes en reparto de botín elegante.

Por eso la reacción es tan virulenta. No la atacan por sus ideas, la atacan porque amenaza un sistema de inmunidades no escritas. El verdadero miedo no es perder una elección, es perder el control de los refugios históricos del poder. Magistraturas blindadas, contralorías funcionales, fiscalías selectivas. Todo ese andamiaje que permitió durante años que los mismos apellidos rotaran entre el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial y los órganos de control empieza a resquebrajarse. No es casualidad que los más furiosos sean los más cómodos del viejo régimen.

Desde una perspectiva científica, la decadencia de Liberación Nacional y de los demás partidos tradicionales no es una consigna emocional, es una tendencia estructural. Los sistemas de partidos colapsan cuando coinciden tres factores: pérdida de confianza ciudadana, incapacidad de renovación interna y desconexión generacional. Los tres están presentes hoy en Costa Rica. Las nuevas generaciones no sienten lealtad por siglas asociadas a escándalos. Los liderazgos históricos no supieron retirarse a tiempo. Y las dirigencias actuales carecen de épica y de proyecto. El resultado es previsible. Los viejos partidos no morirán en un solo acto, se irán desangrando elección tras elección hasta convertirse en piezas de museo político.

A este proceso se suma el agotamiento de los partidos confesionales (a esos que se creen sacrosantos). En una democracia moderna, las organizaciones políticas definidas por una fe terminan chocando con la pluralidad constitucional. No porque la religión no merezca respeto, sino porque el Estado no puede ser catecismo. La política requiere programas públicos, no púlpitos. La mezcla entre dogma y poder ha producido históricamente más intolerancia que justicia social. Su declive no es persecución, es evolución institucional.

En medio de este reacomodo histórico aparecen los viejos derrotados de siempre, ahora en versión más patética. No aceptan que ya perdieron porque nunca aprendieron a competir sin ventaja estructural. Se aferran a encuestas que ya no les creen ni sus militantes. Gritan fraude moral donde solo hay rechazo ciudadano. Se escandalizan cuando el pueblo decide sin pedir permiso a los comités centrales. La reciente reaparición de Carlos Alvarado intentando dar lecciones políticas confirmó su irrelevancia y aborrecimiento. Su intervención no debilitó al gobierno, debilitó aún más su propio legado y arrastró innecesariamente a Claudia Dobles a un terreno donde el descrédito pesa más que cualquier discurso bien intencionado.

La política es implacable con quienes no saben retirarse. Los perdedores dignos aceptan el veredicto social y dan paso a una nueva generación. Los perdedores soberbios insisten, patalean y se convierten en caricatura histórica. Hoy la oposición tradicional pertenece al segundo grupo. No lucha por el país, lucha por no desaparecer. Y cuando un actor político lucha solo por sobrevivir, deja de ser actor y se vuelve obstáculo.

Laura Fernández no es solo una candidata fuerte. Es el síntoma de un cambio mayor. El fin de la política de club privado. El cierre de la era de los carteles partidarios. El inicio de una etapa donde el poder ya no se hereda, se gana. Donde la autoridad ya no se impone por apellido, se construye con resultados. Donde la democracia deja de ser un ritual de siglas y se convierte en una competencia real de proyectos.

Los que no entiendan esto seguirán gritando desde la orilla de la historia. Los que sí lo entienden ya están caminando hacia el centro del nuevo poder.

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