La música es cultura, el reguetón es basura

A pesar de que recientemente algunos músicos y artistas lo cuestionan con fuerza, ha tomado la mayoría de los espacios difusivos. De manera pasmosa tiene la admiración de muchos, quienes obviamente carecen de discurso para fundamentar su preferencia musical. Pero no nos engañemos. Existe la falacia ad populum (decir que algo es correcto o bueno solo porque les gusta a grandes masas), y estamos ante un claro ejemplo de ello. El reguetón y el trap incumplen las más elementales características y tareas del arte musical, a lo más calificarían de vulgar ruido, aunque de hecho hay ruidos mejores (los cantos de ballena de hecho son grabados y demuestran ser más agradables). Además, este menjurje resulta lesivo socialmente y constituye un signo distintivo de la crisis contemporánea.

Una de las misiones del arte musical radica en expresar y cuestionar mundos, ya sean psicológicos, sociales, políticos, entre otros. Esto nos permite toda una serie de operaciones profundamente humanas, por ejemplo, la catarsis psicológica y la crítica social y política (diferente de la propuesta política, cuya índole dista del arte). A su vez todo ello tiene una enorme relevancia. La abismal mayoría de los colectivos humanos no se compone de filósofos, psicólogos o sociólogos analizando al individuo o a la sociedad, sino de personas con otras características y ocupaciones. ¿Qué puede conducir al hombre común a ser capaz de tan trascendentales tareas? El arte ¿Quién invita a vastos conglomerados a reflexionar mientras éstos se divierten? El artista. Los temas artísticos ni son cosa baladí ni deben descuidarse. La música tiene importantes funciones sociales. De hecho, los artistas (entre ellos los músicos) son uno de los pilares de la crítica, tarea clave para mantener en buenas condiciones a esa realidad perfectible llamada sociedad moderna (junto con la prensa, los partidos políticos, los escritores e intelectuales, y las organizaciones civiles).

Pero lo dicho debe entenderse en el más amplio de los sentidos, el rock no tiene el monopolio de ello (aunque asume esas tareas). Según se cree comúnmente, criticar al reguetón es acción de los fans del heavy metal, no obstante, ese argumento ejemplifica la falacia de la falsa dicotomía, pues hay muchas otras aristas y posibilidades. Aquí defendemos la música (nunca jamás otra cosa), y lo hacemos en un sentido amplio. Porque desde muy distintos géneros musicales se cumplía con el cometido. Richie Spice nos ubicaba en los terrenos de la pobreza y la marginalidad con su canción Youth dem cold. Jay-Z hablaba sin ataduras sobre la vida en los ghettos estadounidenses (It’s a hard knock life), dando otro matiz a una sociedad tan tendiente a auto-idealizarse. En asqueroso contraste, Bad Bunny espeta “canciones” (sic) en las cuales el protagonista se queja porque no puede darle un Ferrari a su novia (…). The Clash fue un ícono de la integración racial en el Reino Unido, Pearl Jam discursa sobre el bullying (Jeremy) y acerca de la vida moderna (Porch), Alice in Chains denuncia los efectos de la guerra (Rooster), Los Ramones cantó a la resiliencia humana (I believe in miracles), The Who abordó el mundo del abuso infantil, Pink Floyd pinta laberintos psicológicos, Megadeth (cuyo líder se volvió cristiano) advierte sobre infiernos posibles dada la dominación tecnológica (me refiero al álbum Endgame). En brutal contraste, el reguetón repite 300 veces meras imbecilidades como “…dale más gasolina”, o “…dale, don dale”, o “¡ …llegaron los aparatos!”. La música es cultura, el reguetón es basura.

Algunos quizás acusarán a este escrito de desechar la música que trata otros temas, por ejemplo, románticos. En realidad, no ocurre tal cosa. Las relaciones de pareja pueden abarcarse desde su complejidad. Las bellas muchachas de la buena banda rock-pop japonesa Scandal delinean estos vínculos como algo intrincado, ambiguo, carente de respuestas lisas (¿Cabe afirmar que esas relaciones sean lo contrario a dichas descripciones?); esto podría defenderse como una representación válida. En las antípodas de todo ello hallamos las composiciones de Karol G, que hablan de “parquearse y emborracharse” y tener sexo (a lo sumo esto equivaldría a una representación de un encuentro sexual comercial, y una representación por demás estúpida y ultra-simplona). Porque el reguetón se ensaña en particular contra las damas, ya sea pisoteándolas con sus letras, o bien mediante cantantes femeninas que se encargan de representarlas de la peor manera. Lamentablemente miles escuchan y repiten las canciones idiotas de Karol G, pero pocos consideran las profundas y hermosas letras de Zone (ej. Akashi), otro grupo femenino de Japón.

Otros recurrirán a un pseudo argumento dizque social, defendiendo el supuesto origen humilde de los reguetoneros como algo capaz de legitimar su “música”, y a su vez, con tal adefesio discursivo, pasando a tachar de discriminadores a quienes adversamos al reguetón. Tal idea es falsa, más bien trap y reguetón dañan a los vulnerables, aunque los reguetoneros se victimicen y se escuden en sus supuestas raíces. Por una parte, no pocos de los verdaderos músicos provienen de barrios muy pobres, no estudiaron en la universidad y sobrevivieron a circunstancias muy adversas, y sin embargo nos legaron verdadera música, capaz de hacernos pensar. Podemos citar a Ray Charles, a Layne Staley (un poeta maldito contemporáneo atormentado por las drogas), a Syd Barrett (que padecía problemas psiquiátricos), a la mayoría de los músicos del jazz, a Tupac Shakur (“Yo no promuevo la realidad, solo la diagnostico”), y una amplia gama adicional. Por otra parte, defender que el reguetón es la voz legítima y genuina de los barrios miserables representa una clara felonía contra los sectores populares. Equivale a cerrar sus universos sociales, en cuya representación simbólica solo habría espacio para el materialismo extremo (los reguetoneros lo reivindican), la misoginia (también hay misandria en sus letras), la pura idiotez, y una sexualidad brutalizada. Pocos daños pueden ser peores para los pobres y los marginados que dejar de exponer y de tratar sus problemáticas y sustituir todo ello con relojes de oro, “perreos” y demás estupideces y superficialidades.

¿Por qué trap y reguetón reciben premios? Porque manda el “dios” dinero, no la calidad; no hay análisis desinteresados y científicos que defiendan la calidad del reguetón. ¿Por qué trap y reguetón dominan actualmente? Quizás el signo sea de una humanidad claudicante, renegadora de toda esperanza y de todo pensamiento, una especie desfalleciente. Pero la única y gran perdedora de una actitud así será la humanidad misma. Los desafíos y las desgracias no desaparecen solo por ignorarlas asumiendo un discurso animalizado. Las tragedias y los problemas continúan, como la atroz agresión militar de Rusia contra Ucrania, el racismo campeando en los Estados Unidos y cobrando víctimas afrodescendientes y asiáticas, las dictaduras criminales de Ortega, Díaz Canel y Maduro, Xi Jingping al mando de un Estado que hace palidecer los horrores de la novela 1984, los bestiales dilemas de la robotización (ej. un desempleo como nunca antes visto), la debacle climática y ambiental producida por el hombre, entre otros muchos más. Todo ello sigue ahí, pero a diferencia del pasado ya no tenemos a un Bob Marley denunciando, ni a un Jim Morrison criticando las guerras, ni a una Sinéad O’Connor encarando con valentía a la Iglesia católica, ni a un Michael Jackson cantando contra la destrucción del planeta; en su lugar tenemos burdos figurones presumiendo su ropa de millonario, “…por ti me porto bonito”, gatubelas locas por sexo, y el “junte para la historia” (…) (¡De quienes nunca se destacarán en esta por nada bueno!).

Un mundo secuestrado por el reguetón no resulta alentador. Aunada a la evidente destrucción de la música, tendremos una sociedad proclive a la total idiotez, carente de toda inspiración estética para pensar, siquiera con la mínima profundidad, la aventura humana en cualquiera de sus formas. Tendremos gente incapaz de interesarse por el mundo ni por los otros, personas ineptas para pensarse a sí mismas; eso si; contaremos con fanáticos de la imbecilidad y de la satisfacción inmediata y sin reparo ni mediación de las necesidades, ya sean estas legítimas o artificiales (el perfil de todo delincuente), porque eso es lo que a resumidas cuentas nos venden el trap y el reguetón. La música es cultura, el reguetón y el trap son basura.

Mientras tanto, quienes sí admiramos la verdadera música seguiremos escuchándola, sabiendo que posteriormente a 1960 quienes dan cátedra son Estados Unidos, el Reino Unido, Japón, y Jamaica.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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