Cada vez que la izquierda pierde una elección, o cada vez que un gobierno de mercado empieza a darle resultados a la gente que antes no tenía nada, aparece el mismo librito de frases hechas: “hay que tender puentes”, “hay que dialogar”, “el extremismo está en ambos lados”. Es el lenguaje de quien ya perdió el argumento y necesita ganar tiempo. Y quien se lo compra, quien repite esa cantaleta como si fuera sabiduría de Estado, no está siendo moderado. Está siendo cómplice. La libertad no es un punto de la agenda que se negocia entre proyectos políticos igualmente legítimos. Es la condición sin la cual ningún otro derecho existe de verdad, y quien la pone sobre la mesa de negociación ya perdió antes de sentarse. Sin libertad no hay propiedad segura, no hay prensa que no tiemble, no hay elecciones limpias, no hay forma de disentir sin terminar en una celda, un exilio o una fosa común.
No hace falta apelar a la ideología para probarlo, los números condenan solos. El Fraser Institute lleva casi tres décadas midiendo la libertad económica en más de 160 países, y el patrón se repite año tras año sin una sola excepción: los países del cuartil más libre tienen un PIB per cápita varias veces superior al de los países del cuartil menos libre, una pobreza extrema que en los reportes más recientes apenas roza el 2%, frente a más del 50% en los países más intervenidos, y una esperanza de vida entre 14 y 17 años mayor. Es decir, nacer en un país donde el Estado decide cuánto podés producir, cuánto podés ganar y qué podés decir es, en promedio, nacer para morir más pobre y más joven.
Y si alguien todavía cree que el atraso de los países socialistas se debe al clima, a la cultura, a la herencia colonial o a las sanciones extranjeras, existen dos experimentos naturales que no dejan margen para la excusa, porque en ambos se partió del mismo pueblo, el mismo idioma y la misma historia. Corea se dividió en 1945 en dos mitades idénticas. Ochenta años después, el ingreso nacional bruto de Corea del Norte equivale apenas al 1,7% del de Corea del Sur. La misma sangre, el mismo pueblo, dos sistemas, y un abismo que ninguna potencia extranjera le impuso a Seúl.
También tenemos el ejemplo de Alemania que corrió el mismo experimento entre 1949 y 1989, la misma nación partida en dos por una línea ideológica, y para el año de la caída del Muro, el PIB per cápita de la Alemania comunista era apenas el 31% del de la Alemania capitalista. 35 años después de la reunificación, con billones de euros transferidos del oeste al este para cerrar esa brecha, el este alemán todavía no llega al 73% del ingreso del oeste. Ese es el costo real de cuatro décadas de socialismo real.
Y si Alemania nos enseña lo que cuesta sostener una economía dirigida durante cuatro décadas, en nuestro propio continente hay un caso que lo logró en mucho menos tiempo. Venezuela es el cadáver que la izquierda continental se niega a enterrar, porque no hizo falta una sola bomba extranjera para reducir a escombros la economía más rica de Sudamérica. En 2012 el PIB venezolano tocó su techo histórico, cerca de 372 mil millones de dólares. Para 2024 apenas alcanzaba los 82 mil millones, un derrumbe de casi el 80%, algo que ni siquiera la Gran Depresión estadounidense logró en tan poco tiempo. La inflación superó el 130.000% en 2018. La pobreza de ingresos pasó del 34% que tenía el país cuando Maduro asumió el poder a más del 82% una década después. Ocho millones de venezolanos huyeron, la migración forzada más grande que ha vivido América Latina en tiempos de paz.
Y para quien prefiera un ejemplo más reciente, ahí está Argentina. El kirchnerismo cerró 2023 con una inflación acumulada del 211% anual y con 19,5 millones de pobres, casi la mitad de la población, después de financiar la campaña electoral con un plan que emitió pesos sin ningún respaldo. En apenas dos años de ajuste fiscal, apertura comercial y fin de la maquinita de imprimir, esa misma inflación cayó a alrededor del 30% anual y la pobreza bajó a cerca del 28%. No hizo falta un plan quinquenal ni una revolución. Hizo falta, simplemente, dejar de gastar lo que no se tiene y dejar de fingir que imprimir dinero es lo mismo que crear riqueza.
Y aquí conviene decir algo sobre el manual de defensa que la izquierda repite cada vez que uno de sus experimentos fracasa, porque el patrón es idéntico en Caracas, en La Habana, en Managua y en cualquier tertulia universitaria. Primero llega la negación de los datos. Después la apelación a que ese no era el verdadero socialismo, que se traicionó la pureza del proyecto. Más tarde la excusa del bloqueo, la sanción o el imperialismo, sin importar que el desastre económico haya empezado años antes de que existiera sanción alguna. Y al final, cuando ya no queda nada que negar, la apelación a las intenciones por encima de los resultados, que al menos se intentó, que el PIB no lo dice todo, que la felicidad no se mide en dólares.
Es el mismo circuito retórico repetido durante un siglo entero, diseñado no para corregir el error sino para proteger la fe de quien lo cometió. A nadie se le exige que le pida perdón al liberalismo por Singapur, ni al capitalismo que se disculpe por Corea del Sur o por la Argentina de hoy, porque ahí los resultados hablan solos. Y por ello, es tan importante reconocer que no hace falta que un partido se declare marxista leninista para que pactar con él sea peligroso. Basta con que acepte la premisa de que el Estado tiene derecho a decidir por encima del individuo cuando lo considere necesario, por el bien común, por la emergencia, por la transición. Cada pacto que cede una parte de la libertad económica a cambio de paz social, cada alianza que normaliza el discurso de que la propiedad es sospechosa y el mercado es el enemigo, no es prudencia. Es la primera cuota de una hipoteca que termina pagándose con libertades.
La libertad no se mendiga ni se reparte a cuotas para calmar a nadie. Se defiende entera, cueste lo que cueste, aunque incomode, aunque cueste votos, aunque quienes prefieren pactar con el enemigo de siempre lo disfracen de madurez política. La historia ya hizo el experimento, una y otra vez, en cada continente, con cifras y con cadáveres. Quien todavía necesita que se lo repitan es porque no quiere ver la respuesta.